jueves, abril 23, 2026

El arte de tomar un taller de grabado

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César Rito Salinas

A veces me da miedo la memoria.
En sus cóncavas grutas y palacios
(dijo San Agustín) hay tantas cosas.
Jorge Luis Borges, La historia de la noche

La ciudad crece sobre los muros coloniales, la luz -hay una temperatura irrepetible en cada puesta de sol, en cada hora del alba-, hay silencio y miradas, cuerpos que apuran el paso. ¿A dónde van con prisa? El natural de Oaxaca hace su mundo en casa, dedica sus horas a sus pensamientos que intentan interpretar en silencio el mundo que los rodea.
Desde San martín Mexicapan al centro atravieso tres espacios amplios, de puntual concentración de viandantes. Tomo la Ruta 20 en la Secundaria 106, que pasa por la Central. Desde la ventanilla del camión veo los rostros que andan apurados, algunos denotan preocupaciones. Mientras avanza el camión pienso en la forma en que he de integrar la voz del merolico: Para la sarna, los piojos la comezón; para la vergüenza que le deja en el cuerpo contagiar la sarna a su familia.
Las voces, sus giros, el tono que se asienta por calles amplias donde los aromas se confunden con la luz -el polvo que vuela libre. Caminar por las calles del centro deja paz, algo de calma aportan los laureles gigantes del zócalo, el quiosco morisco que se le vanta en medio del Jardín de la Constitución. La estructura de cantera retiene las voces de protesta que, desde el siglo XIX, resuenan frente a palacio de gobierno.
En el asilo de Los Tamayo pido la parada. Hay una loma que desciende en el camino hacia la calle de Porfirio Díaz, inhalo profundo por las dos cuadras que forman la calle de Allende, que desemboca en el Andador Turístico Alcalá. La luz de la tarde golpea la bandera del Vaticano que ondea en lo alto de la iglesia de Santo Domingo.
Atravieso con calma la calle amplia formada por lozas de cantera verde. Hay una luz que sale en contrapicado y acentúa el tono verde amarillento de la cantera de Santo Domingo. Atravieso con pasos lentos El Pañuelito -ya para ese momento la cantera ha hecho su trabajo, que consiste en formar la atmósfera antiestrés.
Salgo a la calle Reforma. En el 406, el Mercadito Gastro, las hojas del negro portón me reciben alegres.
En la planta alta del espacio donde se distribuyen diminutos puestos, la hilera de mesas redondas, al fondo el puro de cuadros. Levanto la mirada y allá arriba, en el tapanco, me espera con su sonrisa la maestra Zaira Luis.
Subo por las escaleras hechas con metal dispuesto con un diseño contra derrapes. Quien se inicia en las labores del grabado debe cumplir con una condición básica, mantener el pulso firma -la respiración en calma. La maestra Zaira con palabras precisas brinda las instrucciones. Impone l primera condición de su enseñanza: al hendir cuida tus manos -nunca pongas tu mano frente a la gubia,.
Entiendo que grabar significa prevenir accidentes, evitar la sangre. Mientras corren los minutos el cerebro entra en un sistema de repeticiones: hundir la herramienta sobre una superficie que podría resultar resbalosa. Grabar, también, significa un modelo -la imagen previa.
El grabado implica una disposición de las neuronas a la práctica de la repetición y el guro, el cambio, la variación de las repeticiones. Zaira no juzga, solo se dedica a prevenir accidentes. A veces, cuando entra en el sopor de la repetición la tarde, despega de la gubia de su grabado y menciona: no dejes la mano enfrente.
Y aquella voz que te cuida te hace volver a poner atención. Con las repeticiones, la práctica, se empuña firme y ligera la herramienta. Sobre la superficie hay curvas, líneas, círculos. Me ocurre que dibujo y no recuerdo de parte de que zona de mi cerebro salió esa imagen -pero percibo que la imagen me resulta ya conocida o que esa línea sabe mi nombre por una vieja relación con mi persona.
La gubis obedece al dibujo. El cerebro dialoga con el filo del acero, sin temor. Cuida de recoger tu basura, dice Zaira, porque no es conveniente que haya basura que se interponga entre el filo y tu dibujo.
Las horas pasan sin peso sobre la calle Reforma. No advierto cuando se encienden las luces, sin sentir descubro que ya a la tarde la cubren las sombras. Vuelvo a casa en urbano. Encuentro que mi cerebro alcanzó el descanso con el hecho de empuñar la herramienta tras la línea del dibujo. Puedo decir que encuentro la paz mientras grabo. Entiendo de regreso a casa que en las horas pasadas de la tarde me fue dado un sitio de privilegio que me acerca a la expresión del arte -un momento de la epifanía.

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