César Rito Salinas
El hombre del cigarro
Puede ser que todo cambie, pero las cosas no cambian si se mantienen los miedos del pasado, antes que existiera mi voz ya estaba la voz del hombre montada en el aparato de sonido; el muro tenía una ventana de madera en lo alto, el sol descendía entre la nube de zancudos, un hombre con sombrero recargado en el muro fumaba. Las piedras, la tubería rota, remendada como un tobillo, todo aquello lo puedo ver como si recién sucediera. El jacal de lodo enrojecido donde una mujer hacía tortillas junto a dos rocas enormes, las cuales, mientras yo crecía, eran atacadas por lenguas de fuego. En el Templo arrancaron de mi cuerpo el alma de un ebrio. “Déjame, aquí vivo”, dijo el espectro mientras la anciana vestida de blanco hacía la oración para que regresara a su mundo.
Callejón de las cruces
El papel vuela cargado de palabras. Soy el brillo en la punta de la navaja, mi danza es muerte. Soy el aire frío que levanta bajo la ropa el pezón de la mujer, soy electricidad en el aire. Soy el piso con baba de borracho. Soy el borracho que discute con su sombra. Soy la sombra del borracho que se niega a caer, aferrado al muro. Soy el perro que husmea en el callejón, entre borrachos. Olor de orín seco soy. Soy el aire caliente que se arremolina en el callejón de las putas. Soy la mirada del ciego que pide limosna. Soy tu limosna solitaria que cae en la escudilla del ciego. Soy tu moneda que desprecias, y la entregas al ciego. La escudilla del ciego soy. Soy el ciego que escucha tus pasos, y extiende la mano. Soy la tarde en que el ciego se sienta en el callejón. Soy el zapato roto que nadie mira; cuido a la mujer que vende su cuerpo. Soy el padrote que mira por la ventana el trabajo de la mujer en el callejón, y sonríe. Soy el cigarro que espera cliente. Punta de tu lengua soy. Pared de enfrente soy, en mis manos aparecen las cuarteaduras. Grafiti soy; bote de cemento que canta. Soy callejón con susurros, marca del territorio soy. Ando en patines, dice. Cargo pistola, dice. Me llaman muerte, dice. Soy párpado de borracho que no duerme; labios resecos de borracho soy. Soy música de Rockola, soy el baile del simio. Chango soy, bailo mambo. Yo apago la luz cuando todos se marchan, cierro la puerta. Yo rompo cervezas. Soy zapato de charol. Soy gargajo que vuela entre colmillos. Cadena gruesa en el pecho soy, bastón y sombrero ando. Padrote. Sección de Nota Roja Soy, mi nombre aparecerá mañana.
Acordeón
La bestia que respira apretada contra mi pecho. Canta la torcaza al mediodía. Rebota la luz sobre piedras y espinos. La bestia respira sobre mi pecho, satisfecha. Escucha con claridad el río de sangre. Sé bien que la bestia acurrucada en mi pecho será el criminal que acecha. La acaricio con mis dedos mañana y tarde. Para que se mantenga quieta la alimento con mi corazón. Devora paciente pequeños cuadros de mi corazón que le brindo de tarde en tarde. Es lo único que la aquieta, el sonido de mi pecho. Como todo animal gusta que pase la punta de mis dedos entre sus costillas, blancas y negras, enormes.
El Diablo
Entre el aire que se arremolina apareció la moneda, muda como el bolsillo de los campesinos, sobria. Aullaron los perros, parpadeó la luz mercurial, la calle estaba sola, hacía frío, todavía no salían las ancianas por la leche que reparte el gobierno.
_ Pon el Diablo –dijo Margarito con mano temblorosa.



