César Rito Salinas
UNO
Suenan las canciones del álbum King of the Tenor, de Ben Webster.
Catalina duerme, el sueño de la gata me brinda la oportunidad de acercarme a las letras. La gente quiere escribir la gran novela, el poema memorable, el ensayo que nos aclare puntos y comas sobre el tema nunca tratado.
La realidad es otra, uno escribe lo que puede no lo que quiere.
DOS
Soy renuente a dar talleres, lo reconozco.
Cuando me hacen la petición para que participe algunos amigos accedo por la amistad, pero tengo claro que la acción la realizo en contra de mi voluntad. Las palabras que traen dentro las personas no se pueden enseñar, se podrá instruir sobre técnicas, modelos de solución, el camino de las obras ya escritas, su lenguaje. Pero aquello que cada persona trae en su interior, jamás.
La gente se confunde -la confusión es propia del género humano-, se acerca a las letras como quien se acerca al sillón del sicólogo. En terapia. En espera de que las letras le salven la vida, lo quiten de la tristeza, le otorguen la alegría perdida desde los días de su infancia.
La ciudad se mantiene distante de talleres literarios, y hace bien.
¿Qué se requiere para elaborar una obra genial?
Tiempo.
Este es el gran problema. La gente busca familia, amigos, trabajo. Ka escritura te hunde en la silla frente al escritorio, te aleja de los amigos, familia, trabajo. Te demanda experiencias -alejado de los amigos, familia, trabajo.
Y mientras el que escribe se hunde en la pantalla, la vida sigue.
Sube el precio del gas, la luz, los servicios de telefonía. Las tortillas, la fruta, las verduras. Los hijos concluyen el ciclo escolar, hay reuniones en la escuela, días de clausura de cursos. Llegan las vacaciones.
Y uno ahí, sentado frete a la pantalla de extraña luz siniestra.
¿Cómo se le podría decir a la persona que nos acompaña en la mesa, come con nosotros, ocupa el baño, se viste, observa el paisaje tras la ventana metido en el más profundo de los silencios?
¿Cómo se le dice a la persona que te despierta en la madrugada porque quiere platicar un ratito contigo?
Algunas jóvenes madres de familia buscar hacer la poesía, escribir poemas. Pero aquello que sale de sus manos nace muerto, sin gracia para sus ojos.
Y buscan apoyo.
Eligen al poeta laureado y piden asesoría.
¿Qué se les puede decir?
El viejo poeta escribe, metido hasta las narices en los papeles. Una mañana, una tarde, hablan o mandan recado por el Messenger. Paran ese tiempo le falla la vista, la pierna, sufre de calambres, torceduras -no encuentra acomodo para su persona entre las horas veloces. Y responde el mensaje, saluda cortés.
Recibe la petición: -busco aprender los inicios de la poesía -dije la voz.
Y el viejo peta se acomoda en su silla, respira, hace preguntas.
¡Ya le dijiste de tu intención a tu marido? _No están a discusión con nadie mis decisiones, las tomo yo. ¿Estás decidida a ocupar todo tu tiempo en el poema?
_ Sí, enfrentaré lo que venga.
TRES
El viejo poeta en su habitación sopla, resopla, toma aire, se pregunta: ¿por qué la gente quiere sufrir por anticipado?
Afuera, tras la ventana, el cielo corre limpio de azul. Cantan las aves, de vez en vez se cuela hasta el escritorio del viejo poeta el sonido del motor en la calle.
Respira.
La vida es bella.
A veces no se entiende por qué la gente busca perder la calma , hundirse en mundos horribles, padecer zozobras, angustias.
Las palabras que hacen el poema están en tu corazón, fueron negadas por tu persona durante mucho tiempo, años, y buscan salir. Nunca lograste aniquilarlas, son sobrevivientes de tu mala cabeza, tercas.
–Quisiera escribir sobre cosas diferentes -dice la voz.
Oh, sí, entiendo -dice el viejo poeta. Y el día se hace gris, de tormenta. ¿Tienes un gato?
¿Qué tiene que ver un gato con mi deseo de escribir? Un gato te acompañará en la soledad que te espera cuando todos se marchen.
CUATRO
Los escritores -y los que intentan la escritura- lo saben, para escribir se necesita tiempo (y dinero para hacer la vida mientras corre el tiempo de las letras).
Pienso que es lo mismo para cualquier profesión, mientras se estudia.
Tiempo y dinero.
Con una diferencia. Para ser médico, arquitecto, chef, se requieren unos pocos años, no más de diez -pongamos por caso. Para escribir se necesita la condición de aprendiz durante toda la existencia. Cada libro demanda su tiempo, que no se realice ninguna otra actividad aparte de rascarte el ombligo frente a la pantalla.
Lo dijo Hemingway, para escribir se requiere de vicios, mujer, alcohol, dinero, mujeres. Para luego hacer la vida sin vicios, alcohol, dinero, mujeres.
Escribir es de tercos que actúan en su contra.
¿Saben ustedes de alguien que pase doce horas frente a la pantalla?
¿Conocen ustedes a alguien que luego de invertir esas horas y ese esfuerzo que casi lo mata a la mañana siguiente rompa las hojas del trabajo del día anterior?
El escritor es un malcontento.
En este país jóvenes y viejos hacen el día de esfuerzos para generar el ingreso y pagar renta, luz, agua potable, comida.
Nadie pide a los escritores que abandonen su silla frente a la pantalla.
Si ellos deciden morir de hambre en la pobreza es su elección.
Pasa lo mismo con los periodistas.
Les exigimos talento, experiencia, habilidad para dar con la verdad que nosotros buscamos. Pero leemos la información de forma gratuita.
Con poetas y narradores pasa lo mismo -con una diferencia, nadie lee sus trabajos porque nadie pidió que se escribiera de esos temas.
Y así pasa la vida, con la alegría por la fecha en que llegan los apoyos que entrega el gobierno federal y con la angustia clavada en los bolsillos los 29 días restantes del mes.
Quien busque salir de ese cuadro de confort está equivocado.
CINCO
El viejo peta vuelve a su escritorio, perdido ya el interés por escribir. Pero el viejo poeta sabe -por algo es viejo- cómo hacer que los temas vuelvan a pastar en la palma de su mano.
En un nuevo archivo de Word escribe una palabra tras otra, juega, llama a las letras como en el campo se llama a las gallinas, al agitar el maíz en el frasco.
Y las palabras llegan, una a una, desconfiadas.
Y de pronto el contador registra ya las mil palabras escritas.
Pasó ya el mediodía.
SEIS
En la escuela Policarpo T. Sánchez reina el silencio, pasado el recreo.
Una antigua dolencia en la espalda -entre las vértebras cinco y siete- asoma.
El viejo poeta bebe un poco de té de manzanilla y escribe, confiado en que ya está cerca la hora de la comida, el tiempo en que catalina despierta del sueño.



