César Rito Salinas
Pasaron ya los calores de mayo, nos alcanzaron las lluvias tempranas. Por todas las calles del barrio, en estos valles centrales, el canto de las cigarras impera. Desde muy temprano en la mañana, antes que el sol caliente nuestro rostro, las cigarras con su canto.
Ahí están los hemípteros detenidos en su canto: que más que un canto es un rasgar de patas y antenas para llamar a su hermana, la lluvia. Nadie la escucha y nadie la detiene, pero la cigarra canta. Más allá de la fábula que la denigra.
La cigarra cantadora, ebria de su sonido: su labor es el canto, y el de recordarnos a todos los mortales que en medio de las maldiciones que nos envía el calor está el canto preciso de un ser que mantiene una sola función en su existencia: implorar por las aguas de la lluvia; aunque en ello se le vaya la vida.
Algún día habremos de matar por agua –dijo ella.
Esta agua que sólo arrastra hoy mierda, en otro tiempo formaba un caudaloso río. De esto no hace mucho tiempo. Desde que llegaron los primeros pobladores al barrio, el Gran Río fue un padre generoso. Con su caudal, con la fuerza de su corriente, impidió que llegaran a los pobladores enfermedades y epidemias. El agua que corría libre no llevaba enfermedades. Su arena finísima se arrastró ligera hacia las lagunas y el mar. La tierra firme, cercana a la arena de la playa, servía durante años de tierra vegetal, abono y nutrientes para las plantas que crecieron en grandes dimensiones. Los antepasados venían aquí a implorar la bendición de sus dioses. Se sumergían en el caudal con el deseo de lavar la miseria de sus almas. Este era un sitio de peregrinación y poder espiritual. Hoy no es más que un muladar hasta donde llega la basura y miseria de nuestros los días.
Soy el hijo de un hombre que trabajó toda su vida en las majadas, y de una mujer que cuidó hasta su muerte su jardín. Soy Oseas. Vengo de las tierras del viento fuerte, de los muelles sin pescadores, de las tardes en que cabecean las naves amarradas a la tristeza de su abandono, su olvido. Provengo de las tierras que se abren junto al mar. Tierras donde la tristeza crece como mala hierba en tiempos de aguacero, donde sólo la lectura salva a mi cuerpo de la tentación del suicidio, el vicio.
La tarde pasa acá sobre un cortejo fúnebre que acompaña nuestra gente, mi gente, por el camino de sol y viento que se adelanta frente a mi casa. Tardes donde es mejor morir a esperar la vida que se abrirá mañana. Los barcos amarrados en el muelle a una canción de otro tiempo, días de captura de peces y crustáceos. Días de trabajo que hacían florecer la vida. Algún marino viejo andará por ahí, pegado a la muleta que suple a la pierna, entre guindolas donde se revuelcan con el viento salino espigas de trigo desembarcadas en otro tiempo. Con este tiempo ningún marino acude a los muelles. Se convirtieron todos, casi todos, en sombra de cantina, cuerpo con vicio. Otros, siempre hay otros, acuden al templo evangélico a orar por su alma. Su podrida alma después que dilapidaron juventud y dineros en los mejores burdeles del Pacífico. Tarde en que ya no queda el consuelo de acudir a la estación del ferrocarril a ver partir los trenes. El puerto ya no tiene ferrocarril, sólo las vías que orinan puntualmente sarro sobre nuestra tierra. Tardes sin capitanes del mar, que abandonan la marinería para largarse a beber o ir a rezar por su podrida alma. Tiempo en que se pudre el casco del barco, la cabuyería, el mástil que ya no vence tempestades. Tiempo en que todo lo que toca la mano del hombre se convierte en ruinas.
El puerto entero abandonó la pesca. Ahora los jóvenes sólo desean engrosar las filas de los burócratas, hacerse viejos sin historias de mar qué contar en las tardes de viento. El puerto está lleno de burócratas o sicarios, políticos y milagreros; todos son lo mismo, escoria de la escoria. Dos o tres hombres recuerdan las historias de batallas épicas en el mar. Pero ya no sueltan amarras de ninguna embarcación. El mar no es más que un pasado próximo, territorio de los abuelos ya fallecidos. El mar hoy es ya cosa de libros, de poesía, que unos cuantos hombres tristes leen en las tardes de viento. Para no suicidarse, para no abandonar el cuerpo. Asunto que ya no incumbe a nadie. Territorio solo del salitre y la mugre. Historias donde el agua abunda.
Soy Oseas, el mendigo. Desde las orillas, desde donde late el corazón dolorido del hombre, saludo un día más de nuestra vida. Corazón dolorido por un mal amor, la desdicha, los sueños, las esperanzas vanas que llenan la vida del hombre. Las orillas. Corazón sufrido que se niega al paso del tiempo, esa noria sin sueño que nos vigila, porque le duele no poder amar más, vivir más. Todo este dolor ocurre, cae en un instante, hace que el mortal que lo padece sienta que es el único infeliz sobre esta tierra, único entre millones, por un instante. Corazón adolescente. Al instante siguiente ese mismo corazón sufridor rejuvenece, es feliz, vuelve anhelar el amor, la dicha, los buenos días en su existencia. La existencia palpita en las manos, los ojos, los labios. Sabe que está cerca la mujer, los amigos; los días de gloria del gran río. Así esta vida del hombre, así su destino surcado en instantes de dicha y desdicha, amor y desamor: ilusiones. Nadie sabe, nadie nos dice en qué se basa este ritornelo amor/desamor, dicha/desdicha que acontece en la vida del hombre, en su corazón. Exijo que alguien nos lo venga a decir. Alguna autoridad, un militante, un revolucionario. El día pasa ligero, el corazón del hombre de las orillas se pone en calma, corazón incordio, aguarda la vida que está por venir. Como en las tardes aquellas en que esperábamos las primeras lluvias.
Soy Oseas, necesito amar y que me amen; necesito existir en el sueño de otra gente. “Anoche soñé contigo”, las palabras llegan de muy lejos. Atraviesan mares, islas, la lluvia; un océano. Anoche. En esta casa de la recuperación día tras día voy logrando confianza en mi cuerpo, en mis facultades. Una de esas facultades es la de sentirse amado y amar. Anoche. La recuperación llega a mi cuerpo como esas palabras. Anoche. La recuperación me fortalece, me levanta. Soñé.
Llega como las olas del mar, desde muy lejos. Contigo. Recupero muy lentamente mi capacidad de amar. La capacidad de desprenderme de mí para dejarme llevar hasta otra persona. Soñé contigo. Este encierro hace que recupere la capacidad de sentir. Esta experiencia del dolor me acerca a otras personas, me desprende de mi sombra. Para percibir esta experiencia no se necesita mucho, basta con dejarse llevar, dejarse alcanzar: “Anoche soñé contigo”.
Soy Oseas. Apenas ayer la calle era polvo y piedras, basura y olvido. La jacaranda y la buganvilla guardaban la vida con la humedad que les producía la madrugada de calor. El barrio parecía llegar a su fin en el medio día de abril. Desde mi puesto en la esquina de la calle puedo mirarlo todo, registro todo. La lluvia de abril es mala para el hombre, me dijo un día mi madre: no sirve para la siembra ni para embellecer los jardines, sólo trae enfermedades; principalmente a los niños. Llegó la lluvia al barrio. Con las enormes gotas de agua el calor de la tierra se levantó hasta nuestra cabeza, subió a nuestro cuerpo por la planta de los pies y se acurrucó en los pulmones. Los niños comenzaron inmediatamente con la tos, el catarro. Los hombres en el campo no estaban preparados para recibir estas lluvias tempranas. Cae la lluvia sobre el barrio y toda la gente corre a guarecerse. El agua sobre los cuerpos calientes que desajusta la sincronía de la temperatura en los pulmones, que destempla los huesos. Lluvia inútil ésta de abril que solo arrastra mugre, basura por el arroyo que cruza la calle y se arrastra como renacida serpiente emplumada. Lluvia que cae sobre la gente sin otro motivo que traer la enfermedad. Lluvia anticipada de abril.
En las regiones donde cosechan árboles frutales, el mango, por decir algo, deja un mal presagio esta lluvia anticipada: cuando cae sobre la fruta verde la llena de gusanos; malogra el fruto. Aquí en la ciudad, en el altiplano, las lluvias anticipadas sólo traen granizo; más enfermedades sobre la gente.
Atasca las coladeras y las calles se convierten al día siguiente del aguacero repentino en una costra de mugre que apesta. En los patios los trastos olvidados consienten el agua que se pudre y genera mosquitos. Soy Oseas, el loco del barrio que lo observa todo. En abril la gente no está prevenida para recibir la lluvia. Con el calor de la temporada los techos se resienten y se cuartean, se abren. Por allá pasa la lluvia hasta los tristes dormitorios de las personas. Por allí pasa el agua que echa a perder todo: cama, cobijas, ropa; todo. En los últimos años el clima en la ciudad cambió. Ahora todo es impredecible.
Las lluvias se anticipan o los calores se prolongan. En un año impera un estiaje del fin del mundo y al siguiente las colonias que se extienden en zonas bajas se inundan. Soy Oseas el que lo mira todo.
En un año la población demanda del gobierno que los socorra con pipas de agua para poder sobrellevar la sequía; al siguiente claman por bombas que achiquen los altos niveles de agua en las calles. Algo le habremos hecho a la naturaleza que nos castiga con su voluntad incordia, dispareja. Soy Oseas, el loco de la esquina.
Todo esto veo desde la esquina donde me protejo del agua. Se deja caer la lluvia larga sobre las calles de la ciudad, la gente temerosa se resguarda en sus sencillas casas: espera que pase tanta y tanta agua, en el fondo de sus miradas habita la desolación y el miedo.
Con la caída de las lluvias se detiene todo: se cierra el parque de pelota, los juegos quedan para mejores días y, mero ahora cuando nuestros Guerreros estaban levantando cabeza y avizoraban una buena racha de triunfos: mire usted, ahora es cuando mora en la ciudad una lluvia grande.
Con estos días el cuerpo sólo desea galletas de chocolate y café caliente; los enamorados suspenden el romance o lo hacen tras calladas puertas; en las calles de la colonia quien se atreva a salir con esta lluvia podrá observar a las pubescentes con la playera húmeda, los cabellos chorreantes y los pezones obscuros que retan la mirada y la suerte de quien los vea. Para quienes cuentan con escasos años, el cuerpo les da para repartir los pasos bajo la lluvia. Quienes ya cargamos algunos años, este tiempo nos obliga a sacar la chamarra, la cobija y dejar pasar el agua amparados en una taza de té caliente.
Se dejaron caer bien las lluvias este año, en el campo hay alegría mientras nosotros, tan sólo tristes personajes urbanos, nos contentamos con no enfermarnos. Con la cabeza llena de soledad dejamos para un tiempo mejor la conversación con los amigos en el café o en la cantina.
Con esta agua el recuerdo de la niñez, allá en el pueblo de soledad y sal, se levanta y llega a nosotros como la auténtica mano de Dios que nos acaricia y perdona nuestros pecados. Con las aguas llega el tiempo de agarrar el periódico en la tarde de domingo e ir siguiendo el ritmo de la política o el crimen sentados en nuestro mejor y más cálido sofá. Las noticias nos llegan doblemente frescas: por las lluvias y por la velocidad con que en este tiempo nos llega la información.
La lluvia viene con el recuerdo del tiempo aquel en que uno, si se quería enterar, tenía que caminar después de las seis de la tarde hasta el viejo zócalo a comprar el periódico. Sólo llegaban al pueblo tres o cinco ejemplares y quienes los compraban éramos siempre los mismos.
En aquellas tardes de soledades, arena y sal, el periódico nos hacía ser hijos del mundo: ciudadanos de ciudad. Quién diría en aquellos años que se llegaría a ver el día en que con apretar un botón se abriría el mundo ante nuestros ojos.
Todos estos recuerdos de mi niñez me traen estas aguas horizontales como un río que nos acompañan por estos días. Desde esta esquina que protege mi cuerpo del agua me pregunto: ¿Qué voy hacer cuando ya no caiga más la lluvia sobre esta tierra? ¿A dónde se irán tantos y tantos recuerdos de la gente?
Soy Oseas. Dos pequeños hombres vinieron una mañana al patio de mi casa a cavar un pozo. Eran los días de marzo cuando el año anticipa con violencia de un desterrado los calores de mayo. Eran los días en que solo algunos árboles conservan su fronda, sus flores. Aquellos que se encuentran plantados a la vera del camino que, bajo polvo y maldiciones, conservan el profundo venero. Era el tiempo de cavar un pozo de agua.
Con el calor que anticipa la primavera las moscas se refugian en el brocal del pozo. La humedad profunda les devuelve la esperanza en el frescor de la vida. Al brocal del pozo todos llegan: mujeres, bestias, hombres. El brocal alimenta la esperanza de todo lo animado con su ojo vacío. Soy Oseas, todos me dicen loco porque no me interesan las guerras.



