lunes, junio 8, 2026

Eusebio Ruvalcaba emerge con la lluvia que inunda Fortín de las Flores

Debes leer


César Rito Salinas
La memoria es frágil, la naturaleza la dotó del olvido para que surgiera como guía de los actos humanos, su tiempo que está destinado al olvido; requiere, esta fragilidad, de apoyos de la atmósfera, el clima, la repetición de las estaciones, que funcionan como estrategia de la nemotecnia.
Uno olvida, nada hay contra eso.
Pondré ejemplos de este olvido.
¿Qué me recuerda los periodos de gobierno, las administraciones, los gobernantes? Las hojas del calendario, el almanaque con sus estampas donde aparecen autos de lujo, autos de lujo, flamantes, acompañados por una modelo en diminuto traje de baño, con sonrisa sobre labios carnosos y dientes que relumbran.
¿Qué me lleva a los escritores, su obra? El clima me recuerda a los poetas, los narradores. Esto tiene que ver con la condición urbana de los libros. En mi adolescencia, aquellos días de calor noche y día, en el pueblo mi sueño era habitar las ciudades lluviosas; por los esritores.
Y en la ciudad con aguacero encontré a los escritores, su mano firme.
Algo diferente fue mi encuentro con Eusebio Ruvalcaba.
Con Ruvalcaba me tocó escuchar su voz -primero- por teléfono, porque en mi santo ser provinciano había enviado (sin que me lo pidieran) un libro de poemas a la dirección de la Sección Cultural que marcaba la página legal de El Financiero.
El cuento es largo, trataré de ser breve.
El que escribe duda, en la adolescencia, la primera juventud o en los años de madurez.
Nadie está seguro de la calidad de su trabajo, en el medio hay una danza de palos de todos contra todos. Los citadinos contra provincianos, los dos grupos juntos -cuando se da el caso- contra españoles, colombianos y argentinos, los sudacas.
Ruvalcaba no era ajeno al medio., pegaba duro.
Por su trabajo con los becarios del FONCA, por algunos años fue asesor, por su condición de editor junto a Víctor Roura -director de la sección cultural de El Financiero-, conocía a una gran cantidad de autores anónimos de provincia.
Qué digo gran cantidad, Ruvalcaba contaba con una legión de seguidores.
Una multitud.
T todos, con gusto, daban la vida por é y su escritura.
Publicaba cuentos, novelas, poemas, a la menor provocación; por su trabajo en el periódico, trataba con miles.
En verdad era un monstruo de creatividad, escribía bajo una consigna (que la compartía generoso): Escribe, la escritura no es tuya, un día el dueño de esas letras recordará dónde l as dejó y volverá por ellas; quedarás con las manos vacías. Escribe).
Un día me comentó que le robaron una novela.
Como todos los escritores mexicanos, acostumbró un tiempo -en sus inicios- dar a leer su mecanuscrito. Y alguien le robó el trabajo -nunca me dijo quién fue aquel ladrón.
La gente escribe y da a leer su trabajo, pero con la crisis algunos pretenden cobrar por leer el original; nadie tan generoso como Eusebio Ruvalcaba, no sólo leía tu manojito de poemas, cuentos, las hojitas de tu novela, esa cosita que emerge. Si se iba a publicar ese material también escribía el prólogo.
Con Rafael Ríos compartimos alcohol y risas, poemas en las cantinas de la colonia Obrera. Una tarde salimos a beber en las calles y a pegar en los muros copias fotostáticas con poemas.
El grupo era compacto, Eusebio, Víctor Roura, Rafa.
Por mi parte, llegué a viajar a la ciudad de México por la amistad, por el gusto de verlos, de escuchjarlos. En la conversación con los amigos se forma el estilo literario.
Se hablaba del trabajo, eran justos, nunca intercedieron para que un editor viera mis garabatos. Fueron honestos, hacían lo que se día hacer por compromiso con la escritura -esa cosa que corre por el lado crespo de la sangre, a su manera.
Víctor era el jefe en la redacción, fuera de ella Eusebio era patrón, el maestro.
Luego de aquella llamada de Eusebio que recibí en la colonia Monte Albán (nada de celular, nada de inalámbrico, escuché su voz en la cocina donde estaba instalado el teléfono fijo, de disco).
¿Te queda cerca el Fortín de las Flores? _Me queda. __Allá nos vemos. En Tehuantepec, luego de participar en una fiesta de cumpleaños, crucé la carretera y tomé el camión de segunda a Veracruz. En la terminal compré boleto a Córdova, de Córdova a Fortín de Las Flores. Llegué a la tarde, caía la lluvia, atravesé el parque central y subí las escaleras a la planta alta, en la presidencia municipal. En la Sala de Cabildos Eusebio leía poemas, hacía frío. Desde los ventanales del segundo piso pude ver la lluvia caer sobre la ciudad, las calles mojadas, los faroles de luz mercurial estilo colonial ponían el aire, su niebla. Respiré profundo. Al terminar la lectura, me sumé a la fila de lectores que pedía autógrafos. ¿A qué nombre?
_
Rito Salinas, César, por favor.
Alzó la vista, dijo:
__Se me caen los calzones de la sorpresa.
A veces, en las tardes con aguacero, recuerdo que Eusebio Ruvalcaba fue embajador del mezcal.

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