Un pueblo largo largo, como el bejuco de la riñonina, o la cola de la onza león que, dicen, da vuelta alrededor del cerro de la Vieja y se alarga hasta tocar con el cabo los arenales de la playa del Amor, en donde cuzquea los traseros de las ninfas que se bañan desnudas. Un pueblo serpentino a pesar de su largura, traslúcido no obstante su opacidad temporal.
Resulta que en este pueblo es muy fácil enterarse de lo que ocurre; por ejemplo, esa mañana en que todos amanecieron con tos. “No es el romper de las olas”, dijo tía Manuela, “tampoco el atice de los braceros, esto es algo más columpiado, como un despegar de ventosas, como un trajinar de chochoyotes”.
Jano avisó que no pudo entrar al pueblo pues una valla de volutas amontonadas se lo impidieron. Cuqui informó lo mismo desde el lado opuesto, con el agregado de que aquellas volutas eran chiclosas y con cierto olor a menta. “Entonces son compotas”, corrigió Caluma, toda vez que poseían un atributo físico y un olor propio. Lo que hayan sido, pero a su pueblo ya lo habían bautizado como el pueblo de las bolas o de la tos, porque sobre aquel valladar de esferas macilentas, seguía escuchándose el atronar postizo de una emisión de toses vapuleadas.
Reunirse y tomar decisiones fue el imponderable. Pero la tos les impidió llegar a algún acuerdo; es más, ni siquiera les dejó pronunciar sus propuestas, pues aquella reunión se convirtió en una tosera ya imposible de olvidar. Juan, Pedro, Chucho, María, Luna y Julia, esbozaron una raquítica propuesta con las manos, en tanto la tos los sumergía en una dislocada carrera por demostrar quien lo hacía mejor.
La vida tenía que seguir a pesar de la tos, por eso tapiaron las calles con mamparas de palma real, a modo de poder comunicarse, sin ningún problema, con el mundo exterior. Aquel pueblo que fue famoso por su propensión al nudismo y otras usanzas míticas ahora cobró importancia por ser el pueblo de la tos, lugar al cual concurrían las visitas a escuchar aquellas salmodias y cantatas que cobraron un sentido especial. Hay quienes dicen que lograron escuchar el Aleluya de Handel; otros, el coro del miserere de Strauss; algunos, la arpeggiata de Varesi, el Mago. Sin llegar a ese nivel, algunos aseguran haber escuchado el canto de un cenzontle, el piar del tórtola polluelo, un aullido, el falsete de un huapango, o el coro vocal de un son de varita. Yo aquí les dejo pues me toca jugar mi papel en el concierto de la tos, representando al Rey de la toseadera, el único, el imperturbable y magnífico Rey de lo antes dicho.
Fer Amaya



