César Rito Salinas
Mi madre se llamó Facunda, la decidora, hija de Hilaria, la que tiene alegría, hermana de Elena, antorcha, y de Carmen, el jardín de Dios –en la tradición hebrea (aunque para los griegos, canto, poesía).
Mi abuelo fue Donaciano, el que tiene el don desde el nacimiento; bien pensado todas las mujeres en la familia de mi madre, su padre mismo, tuvieron nombres que aparecen en los libros repletos de significados, aunque ellas fueron gente humilde intocada por la letra. Con el paso de los años creo escuchar el río analfabeto que nutrió la sangre de mi abuela, el retumbo de agua agitada que exige víctimas.
Facunda fue la intermedia de las tres hermanas, cuidaba a Hilaria, que padecía una herida en la pierna. El camino que colindaba con el patio de la casa de abuelo se abría en dos: uno, hacia el mar, las salinas del Marqués; el otro, al panteón, a los terrenos de labranza que se levantaban en las afueras del pueblo. Hilaria fue una mujer blanca, cabello ensortijado, bella. Casó con Donaciano, hombre sencillo, levantaron casa cerca de los límites del barrio Santa María -todavía sin construir la carretera panamericana Cristóbal Colón.
La y se abre al pie del cerro, junto al arroyo Basaguya; en las faldas hacían carbón, el sitio de la tierra roja ennegrecida. Santa María tiene vecindad con Atotonilco y Lieza, el cerro de cal. Quiero pensar, no lo recuerdo, intento armar en mis recuerdos la infancia de las tres hermanas -mis recuerdos arrancan un primero de enero, junto al mar de La Ventosa, en mi infancia. Toda memoria se construye inventada, porque la cargamos de nuestros sentimientos. Tengo lecturas repletas de atmósferas, el recuerdo de la casa vieja, adobe y tejavana; la llegué a ver una tarde de aguacero. Recuerdo un horno de pan, palanganas donde hacían relleno –cerdo horneado con papas-, guisado de res, la comida de la fiesta. Hilaria y sus hijas se dedicaban al comercio de comida, quiero pensar que desde pequeñas. Debajo de la carretera internacional se levantó el mercado del barrio, el tren carguero que iba a Puerto México se detenía en Santa María, la gente compraba comida para alimentarse en el trayecto transoceánico a Puerto México, desde la inauguración del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec, en 1909, con el viaje presidencial de Porfirio Díaz al puerto de Salina Cruz. Quiero pensar, también, que de Santa María salió la primera migración de obreros del petróleo, la que llegó a Minatitlán y Agua Dulce, al sur Veracruz, atraídos por el petróleo.
En mi niñez llegué a ver a esa gente que volvía al barrio pata las fiestas de Asunción de María, en agosto.
¿Pero dónde entra Hilaria? Intuyo que el viejo horno de barro que observé en la infancia, una ruina ya, tenía una propietaria, que esa mujer se dedicaba a las labores de la cocina, horneaba pan; hacía comida para vender, era Hilaria, la cocinera. Que sus hijas salían a vender lo que producían sus manos; en mi cabeza las veo con la palangana, la enagua agitada por el viento de la tarde junto al camino –con la mano derecha sostenían en lo alto la palangana, con la izquierda protegían el rostro del viento fuerte. Intento ver a Hilaria una madrugada, entre palas de madera y palanganas de barro, cubriendo la comida con pliegos de papel de estraza. Puedo ver a Donaciano alimentando el horno con leña que trajo de la majada.
Mi tía Elena fue bella, cara redonda, morena de cabellos oscuros. Facunda era clarita –puedo verla en una fotografía, no invento su imagen, la fotografía existe, ella vestida de fiesta con traje regional; Carmen, la menor de las hermanas, era de un carácter terrible, la consentida de su padre, asistí a su velorio.
Hilaria, la mujer blanca, murió de gangrena. Padeció diabetes, pero nunca se enteró. Una tarde regresó del mercado con una roncha en la pierna izquierda, no le dio importancia, horneó pan; mi madre me contó que cuidó a su madre, en las tardes se hacía un espacio entre el mucho quehacer –mi madre lavaba las ropas de su padre, salía a vender comida con los vecinos-; ponía la lumbre, hervía con sal las hojas de hierba santa; lavaba la herida que no cerraba.
Así murió Hilaria, de gangrena.



