sábado, abril 18, 2026

Los muertos en San Martín conversan junto al puente del arroyo

Debes leer

César Rito Salinas
“¿Qué importa quién habla?”
MICHEL FOUCAULT, ¿Qué es un autor?
Pero ¿dónde está el peso de la escritura?
¿En las muñecas adoloridas? Si, y no. Siento dolor en los hombros, la espalda. De alguna manera a lo largo de tantas horas de escritura se llega a sentir el peso en los hombros. ¿Peso de qué? De la cabeza que está en movimiento, de los músculos del cuello en tensión, del veloz desplazamiento del ojo. Me pesan los globos oculares. Y todo eso hace la carga que soportan los hombros mientras el cuerpo baila, hace la escritura. Respiro, me detengo por un momento. Busco la libreta sicotrópica con piel de cebra que registra rayas blancas y negras, páginas, cuadros de espacio vacío, ausencias. Libreta que se registra a sí misma.

La abuela, en su aniversario noventa viste enagua roja, sus cabellos están trenzados con listones verdes y azules, como una bandera. Se niega a encender las velitas de su pastel de cumpleaños, no quiere que se sepa su edad. La abuela habla para la libreta, que registra su voz sobre cada arruga de su rostro, como si fuera la más fiel de las cámaras fotográficas. La libreta en blanco y negro se abre en el patio de la casa de abuela, “yo casé a mi marido con una muerta”, me dice y sonríe, maula.
De esto se trata, de respirar y esperar a que pase el mundo (si alguien captura un recuerdo, una imagen, alguna señal, mejor). Un toro (apunte de Goya). El toro bravo cabecea como una barca atada al muelle. El toro dando cornadas al viento, como una barca que se agita sobre las olas, en el grabado. Un toro negro de lomo tenso, lustroso (se comprende que toda humedad sea oscura). La cornamenta del toro como mástil desnudo de las velas. El toro varado en el polvo. Interrumpo el sueño en la madrugada, alguien silba en la esquina.
La lluvia cae sobre los cristales rotos.
A esa hora de la madrugada la mujer, como forma de la adivinación, se adentra en el corazón del agua, mea bajo el puente. La mujer no sabe estarse quieta. El hombre aguarda que la mujer satisfaga su hambre de camino. La mujer y el hombre bailan sobre ladrillos rojos el viejo baile de los locos.
Alguien silba en el camino. Escucho el silbido que viene de una fiesta. El baile silba en la madrugada, escucha como silba, son muchos los silbidos que llegan de la playa del río, alguien robó mujer. Recuerdo la noche de los cohetes, anterior a la mañana en que los amanecen en la cama, currucucú paloma. El silbido suena, galope de caballo que se aleja sobre el empedrado. El Tentador silba con su cacho. El silbido viene de la esquina donde se drogan las sombras. El aire silba en la madrugada, despierta a la mujer que se levanta de la hamaca para cerrar las ventanas mientras siente en las costillas desnudas las manos del viento arrecho.

La libreta cabe en la palma de la mano, registra el desvarío. La abuela dice, “los hombres que cierran los ojos en el beso son calientes”. Grita encendida la Tarde Bermeja: ¡Fiesta, fiesta, fiesta! Silba la gente en el velorio. Los músicos silban. Los que juegan baraja, mientras llega la suerte, silban. Silba la gente con cara de chango, con cara de Diablo; silba, cara de mustio. El hombre debe estar preparado para decirle adiós a la mujer y salir a la noche sin luna a ganarse la vida, acompañado en la calle por su quedo silbido.
Las barcas amarradas en el muelle agitan su reflejo en el agua, semejan hermosos caballos oscuros que pastan al pie de la montaña. La piara silba en la madrugada, cuando atraviesa la calle.
Los caballos silban mientras resoplan en la sombra, cuando advierten el alba. Silba en la madrugada el viento fuerte que corre en el patio mientras los cerdos en la calle andan presos de locas razones, conspiran. Aire loco, el silbido en la madrugada trae al Demonio que viene cargado de poemas y recuerdos, sanación para el que sufre. Maúlla el aire, pan con café. Vengo de la ciudad, voy a la montaña. Pan con café, silva porque voy al monte por un tlacuache. Al arroyo me voy silbando. Pan con café.
El aire barraco anticipa mis pasos. Pan con café. ¡Ay! ¿Qué quiero decir cuando escribo el café está aguado?
Estoy triste en tu velorio.
La autoridad hace sonar la música.
Los hombres esperan en el parque la hora del amigo, con la camisa bien planchada, huaraches de charol. Un músico de jazz carga el recuerdo del soldado reposando de su trabajo de matar, en las trincheras. “Yo vi a mi marido en la playa cargar el canasto de otra mujer”, dice abuela.
La poesía se reduce a propaganda. La política se reduce a la propaganda. ¿Para qué tanta escritura? Toda comunicación termina en el noticiero nocturno, con la luz apagada. Brota el agua sucia del arroyo. De los montes nublados, de las planicies agrícolas viene el agua puerca. El poeta, para hacer su trabajo, recoge el agua oscura. Hermanos contra padres pelean el sitio del viento, que silva frente al mar percudido. Anhelo y suciedad son fórmula exacta para el encono, pura envidia. Silba, ¿tú no silbas?
El agua que alimenta al poema se nutre mosquitos, restos de madera en pudrición. Revientan las olas en la sombra de la tarde. Las aves marinas imprimen su huella en la arena como signos de paz y amor que cargamos en el pecho. En la tarde el mar es un llamado impertinente que llega hasta el caserío, en la hora más profunda del sueño, hora del Tentador. Larga distancia por cobrar, ¿acepta? Salta el agua que alimenta el poema.
Una rama emerge del limo, como una garra que busca al poeta para llevarlo a las profundidades del arroyo.
Corre el aire podrido de mosquitos, entre palabras y cosas. Hermanos contra hermanos discuten la propiedad en la playa. Pudrición y plancton, aire que se apesta. Las mismas aguas hediondas amamantan al poema, madre pura, amante serena de su hijo que nació lisiado. Entre el carrizo se esconden los hombres cuando la mujer se baña en el río.
Más acá de la geografía anda el poema. Levanta la mano entre desperdicios, la rama cruje bajo su propio peso. Entre los desperdicios alguien registra el hecho, siempre habrá alguien que busque el paso del poema entre la basura, alguien que mire el aire pestilente que arrastra la bajamar, que silba cuando se acerca la noche.
El poeta se despoja del sombrero y se inclina a recoger la materia primigenia, apoya su rodilla sobre el lomo de un libro de álgebra. Silba.
En el puerto, no muy lejos, hacen los preparativos para una concentración política. O de una pelea de gallos. O un encuentro de cumbia.
La luna sube desde el pescuezo de los perros. La noche rueda junto al árbol. El hombre camina en la madrugada vestido de grumete, algo hay en la noche que lo lleva sin remedio a su infancia. “Yo casé a mi marido con una muerta”, dijo abuela antes de silbar con su boca desdentada.

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