sábado, abril 18, 2026

Eusebio Ruvalcaba

Debes leer

César Rito Salinas
Cargo tantas cosas sin nombre. ¿Cómo digo cielo de peces, cementerio mango verde, sol de los entierros? Alguna vez César Rito me dio la receta para combatir la diabetes: doscientos gramos de cebolla molida, mezcal o alguna otra bebida incolora, destilada, alcohólica. ¿Le puedo poner sal picante?, pregunté. “No falla”, dijo.
Ese día nos fuimos a beber a una cantina a la colonia Obrera, nomás para celebrar la receta. ¿Cómo nombrar la misma piedra entre tantas lenguas? Lo que ocurra primero. Llega Rafa Ríos con casco luminoso de gladiador romano, que enmarca su amplia sonrisa. ¿Unas?, pregunta el buen Rafa y nos vamos caminando hasta la luz que sale de unas puertas batientes, que nos llaman desde la oscuridad.

  • Tú no eres real –dijo ella-, vives en puros sueños.
    Los días se repiten en la sombra. Desde ahí avanzan las letras, los signos de puntuación. Desde el calor o el frío están los dedazos, las dislexias de toda persona que realiza su escritura. El cuerpo, la parte física que resiente la temperatura, el clima busca su otra mitad, el lenguaje. La respiración, las palabras vuelan sobre el lomo de las palabras o tras sombras escurridizas, requieren del aire para emerger. Quien no sostiene un ritmo propio de respiración no avanza gran cosa; la escritura se arma desde un abajo, submarina.
    La primera ecuación de la letra se realiza en los alvéolos pulmonares, las cavidades de donde brota el oxígeno al torrente sanguíneo necesario para alimentar órganos y células, el cerebro, los brazos, los dedos que ágiles van de aquí para allá sobre las letras como astronautas sin peso sobre la superficie lunar. En esa última parte, la última oración, los dedos ágiles andan brincando sobre las letras, como astronautas; emerge el otro elemento requerido para ejecutar la escritura, la fuerza de gravedad. Colijo que sentarse a escribir resulta crear una atmósfera y un clima propios, adecuados para el cuerpo y las letras. Un reposo-agitación. Hay una unidad entre las manos y las letras, el pecho.
    El puente que los une está en el aire. Estiro la mano como buscando agarrar algo, un sonido, un zumbido, una imagen que se va formando en la página mientras los dedos se mueven a un ritmo veloz. ¿Cómo sería la escritura hecha por un buzo? ¿O hecha por un marciano? ¿Cómo sería esta escritura hecha desde dentro de los pulmones?, que cuentan con presión inversa para conservar su forma expandida que los contiene.
    Las palabras son seres atados al aire, no por voluntad propia, sino por fuerzas exteriores. Y ahí, en lo exterior resurge la condición atmosférica requerida para escribir; en el exterior está el aire, donde se mueven mis manos.
    Cuando escribo prefiero transpirar.
    Para escribir sin camisa.
    Pero al mismo tiempo me aterran los zancudos, soy enemigo de los zancudos. Odio los zancudos. Me cubro, de pies a cabeza, y, de alguna manera, al estar tan cubierto no alcanzo soltura para escribir. Pero gano en la necesidad del aire. Me cubro. Me descubro, mientras el movimiento de mis dedos continúa sobre la hilera de las letras. Escribo sentado, directamente a la máquina, de un tirón como si la expresión dependiera de la velocidad con la que emergen las palabras, las frases, los párrafos. Sobra decir que al escribir el movimiento de mis brazos forma un ritmo, un balanceo con mi cuerpo. mi pecho, mis nalgas; las piernas, los pies. Un bamboleo. Sentado parece que bailo al ritmo de las letras, las palabras.
    Mis hombros llevan movimientos equilibrado con mi pecho, el estómago. Mis piernas. Escribo en permanente agitación. Escribo y transpiro. Cada cierto número de palabras tomo un pequeño descanso para hacer una lectura rápida de los renglones. Corrijo. Mis ojos llevan una velocidad endiablada entre las líneas escritas, los espacios en blanco, las equivocaciones. La escritura es puro músculo y velocidad, reflejos sobre la equivocación.
    Siempre descubro los errores, en el menor tiempo. Toda esta actividad hace que brote la transpiración, una transpiración inesperada como las letras que surgen de la nada, del espacio vacío. Del aire que respiro y del sitio sobre el cual me agito, la mesa y la silla, mi cuerpo. Soy habitante del país de los hombres que bailan sentados. Y tengo letra y sudores, baile y bamboleo. Escritura.
    ¿De dónde viene toda esta escritura? Del baile, de la alegría de estar moviendo las manos sobre el espacio inmóvil, del aire.
    El sitio de la escritura lo siento en la planta de los pies. Escribo y me mantengo apoyado en la punta de los dedos como si me dispusiera a tomar impulso y dar un salto enorme. O acechando. Soy un enorme gato al acecho. Atisbo como si estuviera en una competencia de salto. Atento al disparo. Y las letras aparecen cuando siento una presión en mis muñecas por el rebote de la yema de mis dedos contra el rígido teclado. Quizá me ocurra como a los deportistas, los corredores de grandes distancias que protegen sus tobillos del rebote sobre la superficie dura; debo proteger las muñecas de mis manos.
    El impacto genera desplazamiento. Como los clavadistas, que se dañan las muñecas por el constante golpe de sus manos contra el agua. La superficie causa daño, siento dolor en las muñecas. Cada tanto de palabras. Ya ando por las mil en esta noche de escritura.
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