miércoles, abril 22, 2026

Crónica de la tarde de sábado en Juchitán

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Arquitecta Minerva Reyes

La noticia corrió: esa tarde tres jóvenes no volverían a casa. Tres nombres que la ciudad pronunció con un temblor que se quedó suspendido en el aire. En Juchitán, la muerte nunca es anónima; tiene rostro, barrio, familia, historia. Y ese día, la ciudad entera parecía caminar con un mismo gesto, el de quien intenta comprender lo que no tiene explicación.

Ese sábado el viento del Istmo amaneció distinto. No traía su brío acostumbrado, ese que levanta faldas, empuja puertas y hace sonar los techos de lámina como si fueran tambores viejos. Ese día llegó lento, casi tímido, como si supiera que la ciudad no estaba lista para escucharlo.

En el mercado, las mujeres acomodaban sus frutas con un cuidado que parecía ritual. Nadie hablaba fuerte. Las flores —buganvilias, alcatraces, las dalias— parecían más quietas que de costumbre. Los hombres saludaban con un gesto breve, como si las palabras pesaran demasiado y los niños, que suelen correr sin permiso, caminaban cerca de sus madres, atentos a un silencio que no entendían del todo.

Llegamos a la Casa de la Cultura poco después del mediodía. El edificio, que tantas veces había sido refugio de música, danza y palabra, parecía sostener la respiración. En la entrada, Michel Pineda, el director, nos esperaba. Tenía los ojos cansados, pero firmes. Me abrazó con fuerza, como quien sabe que un abrazo no resuelve nada, pero acompaña.

—Hoy la cultura pesa más —dijo.

No había nada que agregar.

Entramos a la ofi cina de la dirección. Los pasillos estaban llenos de vida detenida: fotografías de talleres, bocetos de murales, instrumentos que aguardaban manos jóvenes, libros abiertos como si alguien hubiera salido un momento y fuera a volver. La Casa de la Cultura era un corazón que seguía latiendo, aunque ese día lo hiciera con un ritmo más lento.

—Pasen —me dijo Michel—. Les quiero mostrar algo.

Caminamos hacia una sala donde la luz entraba oblicua, como si también ella dudara. Sobre la mesa había carpetas, cuadernos, mapas, propuestas impresas. Proyectos de muralismo comunitario, talleres de lectura para niñas y jóvenes, rutas de arte urbano, acciones de memoria, programas para recuperar espacios heridos.

—Esto es lo que tenemos —dijo Michel, tocando con suavidad una carpeta azul—. No podemos cambiar el clima de violencia, pero sí podemos trabajar para que la comunidad tenga otros caminos.

Afuera, el viento golpeaba con dedos frágiles las ventanas, como si quisiera entrar.

—¿Cómo está la gente? —pregunté.

Michel respiró hondo.

—Con esa fuerza que solo Juchitán tiene. La gente no se deja caer.

Guardamos silencio.

Michel recibió una llamada, alcanzamos a escuchar que decía: menciona que vas de mi parte, que hagan el trabajo de impresión.

Al recuperar nuestra conversación mostró videos donde aparecían los maestros del grafiti.

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—No queremos pintar tristeza. Queremos pintar fuerza.

—Eso es Juchitán —dijo Michel—. Fuerza.

Nos quedamos en silencio, como si el viento hubiera entrado a escucharlos.

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Al caer la tarde, salimos a caminar por el centro. El sol se escondía detrás de los techos de lámina, dejando un resplandor naranja que hacía brillar las paredes. En una esquina, un grafiti reciente mostraba un rostro zapoteca pintado con colores que parecían venir de la tierra misma.

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—La cultura no es un lujo —dijo Michel—. Es una forma de cuidarnos. De no soltarnos. De no olvidar quiénes somos.

Aquella tarde, antes de volver a Oaxaca, pasamos al mercado a comprar totopos, el viento volvió a soplar con fuerza. No era un viento alegre, pero sí un viento vivo. Un viento que sabía que la ciudad, incluso en sus días más duros, no renuncia a su voz.

Y supe que sí. Que Juchitán seguiría. Que la cultura seguiría. Que el viento, aunque herido, siempre encuentra la forma de volver a levantarse.

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