Del ático: Sobre Paulina, el huracán devastador
En la primera turbonada del Huracán Paulina (8 octubre de 1997), Toño Amaya se había quedado del otro lado del Arroyo de Puerto Ángel; antes de que empezara la segunda, se empinó un marro de espadín, cruzó el arroyo y se fue por la vereda eludiendo derrumbes y golpes de palos que caían aquí y allá intrincando el paso por aquel camino normalmente transitable. Su familia estaba allá, nuestra familia y las familias de muchos compañeros buscando un lugar en donde cobijar y salvar a los niños de algún percance que aquel huracán desenfrenado podría causarles.
Cuando Toño Amaya llegó al lugar habilitado como albergue, (la Agencia Municipal) casi hecho un camuflaje de ramajes y emplastos de arcilla, se percató que ahí estaban todos los niños, incluidos los suyos, esperando la apertura la de un portón que ni con cincel ni con barreta podía ceder al esfuerzo de varios comuneros. Sus amigos lo vieron abalanzarse sobre el portón pensando en otra locura de Toño; pero, este, en su apremio urgente, ubicó la parte vulnerable del portón a la altura del cerrojo y se aventó a patadas contra el lugar comentado. Una, dos, tres, cuatro patadas y el portón cedió para, en lo inmediato, guarecer a los pequeños.
El Paulina regresó a azotar las casas, los palmares, los equipos de pesca y cuanto encontró a su paso desmembrando lo construido y fincado por los habitantes de Zipolite y Puerto Ángel. Al siguiente día, bajé con mucha dificultad de Chacalapilla, lugar en donde nos dejó confinados el huracán a un grupo de seis maestros y dos peritos que estábamos ahí verificando un percance ocurrido un año antes. Él recorrido hasta Chacalapa fue pesaroso y arduo, pero para nosotros era urgente estar con nuestras familias después de aquel percance mayúsculo.
Un poco antes de llegar a Chacalapa, me topé a Martín, quien fungía como maestro de Primaria Indígena en Arroyo Tres, localidad contigua a Zipolite. Con su característica labia ceremoniosa me dijo: “Ve tranquilo Fernando, tu familia está bien, y tus niños con otros más están guarecidos en un lugar seguro de la Agencia. Cruzamos el Río Chacalapa, Florencio, Juanito y yo, guindados de una cuerda y apoyando a las personas mayores que no podían hacerlo por ellos mismos. Efectivamente, al llegar a Zipolite encontré a mi familia y a mis hijos en la Agencia, que desde ese momento empezó a funcionar como albergue.
Algunas familias, entre ellas la nuestra, regresamos a rehabilitar lo que había quedado de nuestras casas para tener espacio donde irla pasando mientras nos levantáramos de aquel azote portentoso llamado Huracán Paulina. Por ahí andaba Toño Amaya echando la mano para hacer transitable y habitable Zipolite, con los pies desgarrados, cubiertas sus heridas con polvo de café y amarradas con unos trapos cualquiera, aunque limpios y desinfectados.
En los siguientes días con Ramón Díaz, Carmelo Larrea y el mismo Toño Amaya, constituimos el centro de acopio de la comunidad con víveres, agua y otros básicos que los maestros solidarios de la Sección 22 nos hicieron llegar por el, igual de intrincado, camino de Sola de Vega. Fue una cantidad excepcional de material comestible y agua que se sirvió sin distingo a todos los pobladores del lugar. La memoria recoge estos hechos y agradece la factura de un hombre sin menoscabos ni cortapisas que respondió al nombre de Toño Amaya.
Fernando Amaya



