jueves, abril 16, 2026

Domingo de plaza en Tlacolula. Crónica del color, la fe y las mujeres que sostienen el tiempo

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Por: Arq. Minerva Reyes A. 

Cada domingo, Tlacolula se activa desde temprano. El mercado se llena de color, de pasos firmes y de mujeres que trabajan con decisión para sostener a sus familias. Esta crónica recorre la plaza grande y el templo de Santa María de la Asunción para mirar el cruce entre comercio y fe, donde el tiempo parece detenerse y la vida comunitaria del Valle de Oaxaca se reafirma.

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En ese movimiento constante, Tlacolula no se detiene ni se explica. El mercado avanza mientras las mujeres acomodan puestos, negocian precios y sostienen conversaciones breves, prácticas. A pocos metros, el templo de Santa María de la Asunción abre sus puertas y propone otro ritmo: el de la pausa, el de la petición silenciosa, el de la fe que acompaña al trabajo. Entre la plaza y el templo se traza el recorrido del domingo, un tránsito donde el comercio y la devoción conviven sin separarse.

El domingo comienza antes de que el sol termine de instalarse en el valle. Llegan las mujeres desde comunidades cercanas, algunas desde la madrugada, con canastas, bolsas, rebozos repletos con productos del campo. La plaza no se improvisa: se cumple. Cada una de ellas sabe dónde colocarse, cómo desplegar su mercancía, a quién saludar primero. El mercado es una coreografía aprendida con el cuerpo.

Lo primero que asombra es el color de la ropa, la vestimenta. No como ornamento, sino como afirmación. Huipiles, faldas, blusas bordadas, rebozos: tonos profundos, contrastes que no buscan llamar la atención sino pertenecer al clan de los Valles Centrales. El color aquí no adorna: trabaja, resiste el polvo, el sol, las horas largas. Cada prenda habla de origen, de continuidad, de cuidado.

Las mujeres caminan con paso decidido. No hay titubeo en su manera de ofrecer, de medir, de cobrar. El regateo no es confrontación: es diálogo. De este domingo depende mucho más que la venta del día; depende la semana, la escuela, la mesa. No hay dramatismo en ese esfuerzo, hay compromiso.

El Templo 

El templo de Santa María de la Asunción se levanta en Tlacolula con una sobriedad que no anuncia lo que guarda. Su fachada de cantera, contenida y firme, responde a la huella de los dominicos del siglo XVI, más atentos al orden que al ornamento. Es una arquitectura que aprendió a permanecer sin alzar la voz.

Al cruzar el umbral, el tiempo cambia de densidad. La nave única se extiende bajo la bóveda de cañón corrido y el paso se vuelve lento. La luz entra medida, como si supiera no interrumpir el recogimiento. En las capillas laterales, los retablos acumulan siglos de fe y de miradas.

La contención cede en la Capilla del Señor de Tlacolula. Ahí el barroco se desborda: yeserías, motivos vegetales, ángeles y espejos multiplican la luz y el fervor. No hay vacío. Todo insiste.

Las mujeres que llegan desde el mercado lo saben: aquí se pide, se agradece, se suma el silencio. El templo no es refugio del mundo, sino su extensión más honda.

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A ratos hay risas, comentarios breves, silencios compartidos. El mercado es también un espacio de encuentro. Se intercambia información, se reconoce a quien vuelve, se nota a quien falta. El tiempo circula distinto: no corre, se acomoda.

A unos pasos, el templo cambia la respiración del día. La entrada a la nave principal introduce una quietud que no es ausencia de sonido, sino concentración. Los retablos dorados capturan la luz con paciencia. Las capillas laterales guardan imágenes antiguas, urnas, santos que han sido tocados por generaciones. La bóveda, ilustrada con arabescos, detiene el movimiento: aquí el tiempo no presiona.

Las mujeres que hace un momento vendían en la plaza entran al templo con la misma firmeza, pero el gesto se aquieta. Algunas se persignan, otras se sientan, otras permanecen de pie. Piden por la cosecha, por la salud, por el trabajo. No hay espectáculo en ese acto: hay necesidad, pertenencia. La fe no sustituye al esfuerzo; lo acompaña.

Ese ir y venir —de la plaza al templo, del templo a la plaza— define el domingo. No son espacios opuestos, sino complementarios. El mercado organiza la materia; la iglesia ordena el ánimo. Ambas prácticas se sostienen en las mismas manos.

Al avanzar el mediodía, la plaza se llena del todo. El color se intensifica, los aromas se mezclan, el sol cae directo. El domingo alcanza su punto alto y, poco a poco, comienza a levantarse. Los puestos se desarman con la misma precisión con la que se armaron. Nada queda al azar.

Tlacolula de las mujeres

Tlacolula no se ofrece como postal ni como nostalgia. Se presenta como territorio vivo donde el trabajo y la fe, no se proclaman: se ejercen, donde las mujeres no piden reconocimiento, cumplen. Y en ese cumplimiento sostienen el tiempo.

Cuando el mercado se vacía y el templo queda en penumbra, sobre el silencio algo permanece claro: el color que vimos por la mañana no era solo tela ni bordado. Era una forma de estar en el mundo. Una manera de caminar el domingo con los pies firmes en la tierra y la mirada puesta en lo que debe hacerse.

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