César Rito Salinas
El enunciado (2), la expresión zoológico
incluye semánticamente la marca de
“cautiverio”
UMBERTO ECO, Lector in fábula
Hablas dormido, dijo Minerva. Ella comenzaba temprano, cuando le ponía la comida al gato. En las últimas noches yo había perdido el sueño, buscaba un tema para escribir y no quería perder la oportunidad de conseguirlo por algo tan vulgar como mi sueño. Por la noche, luego del noticiero me acomodaba en el sillón y no paraba de revisar publicaciones de los autores recomendados por la preceptiva literaria. Cuando logras ponerte a escribir será como integrarte a la comunidad repleta de muertos. ¿Vienes a la cama?, preguntaba Minerva. En los últimos meses me resultó imposible acompañarla. Ella despertaba temprano, se arreglaba para integrarse a su trabajo por Zoom -hacía el trabajo de editora en un diario capitalino-, a esa hora yo entraba en la habitación a dormir.
Había intentado alcanzar la dicha que se forma al sumar palabras. Durante los primeros meses del año supo que tendría la fuerza necesaria para insistir un poco más. Pasaba horas sentada frente a la mesa, mientras en la calle Del Alhelí -extensión de Panorámica del Fortín- estallaba la luz sobre el canto de los pájaros. La ciudad se miraba allá abajo, extendida contra un cielo azul zafiro, justo en la línea de la mirada. No sabía parar. La señal que le indicaba el final surgía cuando ella se reconocía sumida en un punto donde se descubría con los ojos entrecerrados, quietas manos -repleta de sosiego.
Algo se niega a salir, se atora, será que resulta difícil alcanzar palabras que nos dejen satisfechos.
Avanza la mañana sobre Oaxaca, en mi cabeza puedo mirar la habitación de Alejandra, imaginar su rostro con el entrecejo fruncido obstinada en sumar palabras hasta formar con letras la imagen que no conoce. Sentada en la silla grande, muy derecha. El cabello largo recogido, su vestido de tela suave que se deja caer desde sus hombros como las telas que cubren las imágenes del Renacimiento. Cuando ella escribe marca esa forma de recargar el peso de su pecho contra el vacío que se abre entre a sus ojos y la máquina. Ella se sentó justo en el momento cuando salía la voz que contó cómo escribía Juan Rulfo. A veces -dijo la voz-, sus letras salían sin sentido como si formara la escritura automática. Alejandra, sin darse cuenta, empezó a seguir las instrucciones para contar un cuento con el zumbar de los zancudos metido dentro de su oído.
Minerva dijo el sábado, su día de descanso: “voy a Atzompa a comprar tazas y macetas, ¿quieres venir?”. La escritura llega guiada por los sonidos de otras palabras, carga esa forma de negarse a los significados, de vagar en busca de sus propias intenciones. Puede ser que escribir sea como ver el paisaje por la ventana, allá abajo, donde se junta el montoncito de piedras de cantera verde que forman las iglesias mientras la carretera que sube al Fortín se alarga bajo la luz del día hasta topar, allá lejos, con las faldas de Monte Albán. ¿Dónde queda Monte Albán?, busco en el paisaje y, desde la ventana, no lo encuentro. Alejandra vuelve a sentarse, intenta escribir, fijar palabras, sumar frases, parrafadas que salen de su pecho que se agita cuando ella golpea el teclado.
Pasado el mediodía alcanzaba a Minerva en la cocina, ofrecía disculpas por min desvelo y proponía lavar los platos que ella había dejado del desayuno. ¿Podemos salir a caminar por la tarde?, le preguntaba a modo de reconciliación. La ciudad de cantera verde nos recibía con calendas y algarabía, en Oaxaca existen grupos que se alquilan para representar en vía pública las fiestas populares de junio. Cualquiera que tuviera el dinero podía pedir su calenda, invitar a los amigos y salir a caminar por el primer cuadro de la ciudad. La ruta de calles estrechas era ideal para disfrazarse de pueblo, bailar y tomar mezcal sin que nadie te molestara. Los festejos interrumpían el tránsito de personas y vehículos, del trasporte público, pero nada de esto importaba a la autoridad municipal mientras los solicitantes paguen el permiso.
A veces, sin saberlo, las palabras registran cosas que duran más de una vida. La escritura nos supera en permanencia, en tiempo. Aunque quizá lo que aportamos sea el tono, lo que no se puede escribir y se guarda en la memoria -el gesto que marca el aire con sonidos reveladores. Pasados tres meses de vivir juntos decidimos separarnos. En ese tiempo no pude -no supe- lograr el relato que me hizo perder el sueño. Hay temas que solo tocan tu existencia pero que carecen de desarrollo, como si el desasosiego fuera necesario sostener este oficio.



