sábado, abril 18, 2026

Oración, virgen de la Soledad

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César Rito Salinas
La sombra azul de los párpados resguarda la imagen de la panadera que camina por las calles del barrio en la tarde como si se tratara de la misma virgen de la Soledad con su manto que todo lo cubre, que todo lo cuida, que todo lo protege bajo su corona de oro. Patrona de los desesperados. Flanqueada por su pequeño hijo la panadera camina la tarde por las calles de la colonia con su canasto en la cabeza. Corona de perlas y oro de la virgen. Sus pasos son sombra azul en mis ojos. Con su comercio de panes alimenta a sus hijos, esa felicidad que le pide tres veces de comer al día. Sombra de mujer, manto de la virgen en las calles sin rencor de la colonia.
Caserío de pobres en la calle de polvo y perros. Ladran los bravos a la imagen de la panadera mientras los ebrios de mezcal escarban en la bolsa de sus pantalones la escasa dicha de la vida. Virgen de la Soledad, patrona. El aire frío baja del monte milenario. Virgen, patrona, ruega por nosotros antes que la noche nos alcance. La panadera ejerce su imagen desde sus pestañas rizadas que sostienen miradas de hambre, cejas enmarcadas por un carboncillo escolar, labios enrojecidos por un labial de tres por cinco pesos. Escarabajo carmín. Cleopatra nuestra.
Unos pantalones entallados desde el tobillo bastan. Una blusa sin mangas. (Cascos ligeros//el ciruelo florece//luna que vuela.).
Virgen coronada, ruega por mis amigos.

Teresa Ruíz, te amo.
Perro Negro está en la calle. El puente del arroyo se abre a la manada de borrachos. Cantan los pájaros en los alambres. La mañana relumbra sobre la campana del camión de la basura.
Uno a uno, por distintos caminos, llegan los ebrios al puente del arroyo. Los rayos del sol que nace levantan historias, recuerdos. Las voces de los golpeados dicen sus miedos, sus peleas, sus amores de la noche anterior.
Los ebrios del día retienen en su memoria pocas horas de la existencia. Su recuerdo sólo alcanza hasta la noche de ayer. Teresa Ruíz, te amo. Todo es tranquilo en el puente del arroyo. La imagen no podría ser mejor, no existe ningún arroyo en el mundo que no se deslice apacible.
Los mismos ebrios, los mismos amores, los mismos perros. ¿Dónde andabas, pichón? Cantan los pájaros, los sostiene en el tendido eléctrico la brisa del amanecer sobre la arena humedecida de porquería, más allá de las historias de los perros que asoman a la ventana.
Arrima en tierra el trino de los pájaros el tañer de la campana del camión de la basura. Los envases de plástico se acumulan sobre la arena negra como rayos de sol en un sembradío.
Con la luz del día caminan las mujeres en la calle, andan a sus mandados, a las urgencias de su hombre. Teresa Ruíz.

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