César Rito Salinas
Qué bien se está aquí: hay murmullos y crujidos
Anna Ajmátova
Escuché que eran doctoras, médicas.
Parecía que recién habían salido del trabajo. Una de ellas, lo recuerdo bien, cargaba las cejas espesas, cabello pegado al cráneo; insistía en llevar la charla. La otra vestía de negro, blanca, un poco más joven que la primera.
Las dos mujeres pasaron muchas horas en la pura plática. Cuando hablaron por teléfono se referían a alguien como «licenciada». Si, una de ellas, la mayor, salió al patio, contestó el teléfono con voz firme, como si la llamada le hubiera interrumpido algo importante. En la tiendita se saborean las horas; contamos por la tarde con una posición privilegiada, observamos el paso de las sombras hacia la luz.
La casa es vieja, con muros de adobe, por efecto óptico en la tarde bermeja palpas el aire hasta tocar el polvo mientras se eleva en espiral de los objetos al techo, entre la luz que se cuela por los agujeros del tejado.
Para vivir al alba, no perder de vista lo cotidiano habrá que convocar a las potencias del camino, encomendarse a las deidades de la traslación. Mercurio, por ejemplo. La mariposa porta patines; el alcaraván minifalda mientras las palabras acechan, buscan las rutas contrarias que nos conducen a la tiendita; reconozco que el pensar me produce tristeza. Para no llegar muy lejos habrá que buscar indicios en nuestro corazón; mantenerlo en ajustado. El punto inicial está en tu pecho, y la parte última de la ruta llega hasta donde alcancen tus dedos. Para no salir del camino habrá que elegir el sitio de las estrellas, los luceros que se mantienen fijos sobre nuestra cabeza. Urano, por ejemplo. Habrá que aprender a ser nadie, nada. Integrarse a lo cotidiano. Esto me lo dijo un ratón cuando por pura coincidencia nos topamos en la puerta norte de la terminal de segunda.
La calle arde de calores, me lleva a comprobar que existe una atmósfera para elaborar el relato. Esta calle del mercado cargada de los olores que tanto me distraen. Vale, doy inicio. ¿Quién narra? El que humedece con saliva su dedo índice y lo pone bajo el sol del mediodía para comprobar que existen las condiciones propicias para que las letras levanten el vuelo. Empírica empiezo. La cabeza busca perderse en la sombra. ¿Dónde ir? En la cuarta o quinta línea del texto busco amparo, resulta que se me fue el impulso inicial pero el relato por contar está ahí, agazapado como asunto pendiente de hacer. Punzan las horas, laten, arden. ¿Tú sabes eso? Me detengo a las puertas de la iglesia de San Juan. Pasa el señor Diablo con su diablito, golpe, golpe, golpe joven. Pasa la señora con la canasta y rebozo en la cabeza. ¿Blandas, quiere blancas? ¿va a querer blandas? Compre usted blandas. Pasa el recuerdo sobre las hojas del periódico, rengo como perro atropellado.
En lo que va del año son ya dos fallecidas en las inmediaciones del puente Valerio Trujano, el sitio de los destinos rotos. El primer cadáver fue de una señora, la balearon por la espalda mientras se trasladaba en motocicleta con su marido y su pequeño hijo. Por unos días la autoridad municipal mantuvo una patrulla de la policía en el sitio del deceso; por cierto, a la medianoche la luz roja y azul causaba terror; narra la gente que camina sin rumbo por la calle.
En la tiendita juntamos las manos, Gris repitió la oración que escuchó decir a su abuela una tarde de calores, y la repetimos con el corazón en vilo: Una voz en mi cabeza pretende salirse con la suya; no estaría mal escuchar su consejo: ¿Mezcalito? De La casa del mezcal sale la música, Aguanile, con Lavoe. Tengo el clima, la música, ¿por qué tardan en llegar las letras? Nunca lo sabré; voy de nuevo, lo intento de nueva cuenta. Mientras escribo, sentada en la silla bailo, ¿será bueno para está letra? Las sombras de mueven bajo el sol de febrero. ¿La sombra esbelta calza zapatillas? Jalo aire, nada ocurre. En un segundo se acomodan las neuronas. Avanzo y no avanzo en el relato, me estanco. Con sorpresa descubro que el tono de la narración forma la trama, la historia que cabe en el resumen.
Tran-tran-trán, ponle mezcal al gato.
¿Le caemos a la tiendita? Miércoles, media semana, ¿quién bebe los miércoles? El gato y sus amigos. Llega Mario, Luis, Juan -con ellos está Gris- con cara de inocentes como si ellos fueran Hugo, Paco y Luis los del pato Donald. Tarde con las criaturas. Día 1 de mes, ¿vamos a la iglesia? No, ¿le caemos a la tiendita? Si te digo, no te digo. Te prendes; ¡no seas chismosa! Cuando escribo descubro que la nueva iglesia está en la tiendita donde nos venden los mezcales.
Si te detienes te joden.
Barrio China es peligroso; camino sin rumbo, busco el tono de la narración que nunca concluye. Había estantes repletos de mezcales. ¿Sabes qué es dar vueltas y vueltas entre mezcales? ¿No? Pues te lo voy a decir: apurado como cuerpo sin cabeza o como muerto que regresa a las calles del barrio por sus pasos, a ritmo de cumbia. ¿Recuerdas que en el patio de la casa mamá Facunda degollaba el gallo en la mañana de tu fiesta de cumpleaños? Y el gallo corre y corre con el chorro de sangre que brotaba del pescuezo sin cabeza. Corre y corre; así, o no así pero más o menos así. Estoy segura que con buenas condiciones atmosféricas (temperatura tibia o frío atroz) imágenes y sonidos vuelan, confirman la aseveración de Gris: las palabras vuelas sobre el lomo de las letras. ¿Dónde ir? La mano palpa el aire, busca el aire fresco, pero el fresco se fue de vacaciones al mar. Una vez fui al mar, con la familia, regresé con la espalda llena de ronchas por los piquetes de los zancudos.
Detesto el mar, su arena dorada, las olas que nunca dejan de murmurar. Digo, decía, dije siempre: me vale. Tío Alberto, hombre adusto de grandes y nobles ideales, de recia moral, ante el aspecto de mendicante que le ofrecía mi persona aquel día de desayuno en la familia, preguntó (ya lo sé que es pleonasmo, las preguntas se elaboran en un tiempo y ni modos que haya preguntas que aparezcan como lombrices, por generación espontánea; pero lo escribo porque me gusta como suena el lenguaje literario, la parodia): ¿en la casa no hay espejos’, ¿ya te viste?
Pinche tío preguntón, claro que ya me había visto.
Me había estudiado. Encontré que la imagen de niña pobre era la que más alertas les causaba. Así que del Espejo Salió la Imagen que tanto los ofende y eso me gusta; de tan emocionada, casi estaba por poner “colijo que…”, pero sonaría muy mamón y eso le enfada a Gris, mi amiga de la secu, que me propuso un día la idea (si, suena mamón, ya lo sé, pero recuerda lector que cargo las imágenes de la representación) con un gesto como quien pone la dona de los cabellos en la mesa, natural y espontáneo: ¿y si te fugas?, te esperamos en la tiendita.
Algunas tardes pinto con rayas blancas el piso, hago cuadros, un círculo. Imagino que desde lo alto mi mamá puede observar un cuerpo humano que abre sus brazos mientras sonríe. Salto. Brinco en una pierna, sobre números. Cuando me enfado del juego voy al cajón donde guardan las revistas viejas. Con una tijera pequeñita y filosa corto fotos, letras; los encabezados. Formo figuras y palabras, historias. Invento. ¿Ya te conté que una vez hice con los recortes la historia de la niña que se fue a la sierra? Quedó bien, otro día me recuerdas y te muestro los recortes.
A veces recuerdo.
Quisiera andar huyendo, perseguida por los gendarmes, montada sobre mi último feroz aliento, imbatible. Para entrenar mis pulmones bajo la regadera aguanto la respiración. Desde la infancia que gustó el silencio, escuchar el sonido de la quietud de las cosas. El ruido me genera ansiedad, ganas de alterar el orden.
En un cajón del abuelo encontré la botella de mezcal luego de dar vueltas y vueltas durante toda la mañana. ¿Sabes qué es dar vueltas y vueltas? Correr sin destino de acá para allá, de acá para acá, muy de prisa dar vueltas y vueltas de perro tras su cola. Pasitos cortos, pasitos largos con la mochila al hombro como militar en campaña contra el narco, en la montaña. Hay un cielo azul azulísimo, cielo de Oaxaca, tu cielo mi cielo; a lo lejos cuelgan de los montes casas, pueblitos; nomás que acá no había bosques de pinos ni cañadas en caída vertical ni pueblitos, no. Había estantes repletos con mezcales. ¿Sabes qué es dar vueltas y vueltas entre mezcales? ¿No? Pues te lo voy a decir: apurado como cuerpo sin cabeza o como muerto que regresa a recoger sus pasos a las calles del barrio, con ritmo de cumbia. ¿Recuerdas que en el patio de la casa mamá Facunda degollaba el gallo en la mañana de tu fiesta de cumpleaños? Y el gallo corre y corre con el chorro de sangre que brotaba del pescuezo sin cabeza. Corre y corre; así, o no así pero más o menos así; y la etiqueta en el fondo del cajón era oscura con blanco, negro y blanco, anunciaba los mejores mezcales del mundo. Tengo sed. Te digo que encontré la botella donde guardo papel y lápiz (donde nadie busca), mientras bebía el mezcal supe que me hacían falta muchas horas como el gallo sin cabeza, corre y corre.
Un espadín, por favor. Espadín para mí, por favor.
Pasan los autos y pasa el sol sobre las sombras que proyecta el muro de adobes. Tran-tran-trán. La tierra llama al mezcal, lo afirmó Gris. Acá no hay pajaritos, pero nos reímos con si los viéramos detenidos en el alambre de la luz. Chismosa, anda, ven, vamos a levantar la oración de mi abuela a las deidades del mezcal.
Agradezco. Por las alas del colibrí que baten a cuatro mil golpes por minuto frente a la flor del agave. Agradezco. Por el ligero murciélago que sale en las noches a fecundar plantas. Agradezco. Por la luna, que lleva en su luz el destino de la tierra. Agradezco. Por las plantas, bendición de mis ojos. Agradezco. Por el viento que recorre entre pueblos y laderas. Agradezco Por la gente que entona canciones de amor frente a las ollas. Agradezco. Por la mujer que transpira junto a los agaves. Agradezco. Por la tierra, espacio de los milagros. Agradezco. Por el milagro que ocurre cuando el mezcal besa mis labios. Agradezco. Por mis labios, que besa el viento. Por las estrellas que temblorosas titilan de mezcal, agradezco. Por el agua que se aleja y se acerca como un sueño, agradezco. Por el sueño que marca la ruta de los mezcales. Agradezco. Por la mano que sirve el mezcal. Agradezco. Por la mesa que sostiene la copa. Agradezco. Por la copa, boca del cielo. Agradezco. Por el cielo que tanto nos inspira. Agradezco. Por las flores y las bestias, agradezco. Por el caballo que nos entrega su fuerza, agradezco. Por la tahona, casa de los suspiros. Agradezco. Por la alquimia que reparte su mezcal entre nosotros, Agradezco. Por el pueblo, que crece sobre historias. Agradezco. Por el jardín de la infancia, que vuelve con cada beso del mezcal. Agradezco. Por la noche, que nos cuenta secretos. Agradezco. Por la mesa de los mezcales, generosa como señora que nos enseña el camino. Agradezco. Albo mantel, que cubre la mesa de los mezcales, agradezco. Por las flores del altar que comparten su aroma secreto. Agradezco. Por las piedras que nos comparten el silencio del camino, agradezco. Por el camino, que canta canciones de amores dichosos. Agradezco. Por la tarde, sosegada hermana. Agradezco. Por la luz de la mañana que nos trae su sonrisa. Agradezco. Por la esperanza que nos dice que la hora ingrata tendrá final y que el mañana será un nuevo día. Agradezco y pido porque ellas estén con bien.



