miércoles, abril 29, 2026

Lord Cántaro

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El Demonio del Cántaro optó por un título nobiliario, y se decidió por el de Lord, tan de moda en los países de su área de faenas. Luego ya estamos en la lógica de denominarlo así, que, en razón de lo mismo, llamarle Sir, Lord u otra arrogancia, no cumple ningún propósito u objetivo.

Lord Cántaro deambula ahora por los valles de su heredad delimitada, y va de absurdo en absurdo, acometiendo los trabajos que le permiten la sobrevivencia. Lord Cántaro emprendió la campaña para hacer que los burros de su fundo perdieran su preferencia por los olotes, ofreciéndoles finísimas mazorcas, cuajadas con un maíz robusto y delicioso.

Más estos burros empedernidos despreciaron a tales mazorcas, y siguieron consumiendo olotes por toda la vida. A fin de resolver la demanda de elotes de los burros, Lord Cántaro hacía llegar barcinas de estos hasta las curules en donde los jumentos tomaban acuerdos a base de rebuznos. Un rebuzno era un sí; dos, un no. Pues no había que decidir entre más opciones, para las mentes brillantes de estos jamelgos con eso era más que suficiente, pues la involución del pensamiento los tenía sujetos a decidir con esa simplicidad y economía.

Verbi gracia, tomaron un acuerdo para que el surtido de olotes no tuviera efecto ni siquiera a su favor, y este ayuno los puso en la urgencia de sustituir su provisión gourmet por otra más escasa y detestable; sapos a la cruda fue su elección, engulléndose a todos los batracios hallados en la meseta donde el Coyote Mayor espulgaba a un cochino para jambárselo con todo y pelambre.  Para Lord Cántaro, representaba una seria dificultad extraer de territorio especial la dotación de sapos requerida para alimentar a los anteburros a su cargo, pues el cochino de su jefe confiaba su engorda a, por lo menos, una cena de batracios cada día, y muchas de las veces era conminado a dejar en el patio de la gobernanza los bultos que con tanta dificultad había conseguido.

Alguna vez pensó Lord Cántaro, en relación al para qué de su investidura, si no le retribuía en la línea de sus aspiraciones, o al menos para solventar su necesidad de bienes (aunque fuera mancomunados) con la odalisca que su jefe presumía, ante propios y extraños, como se exhibe a una marmota o se muestra a una serpiente de dos cabezas, cuidadosamente metida en un cesto, este sí para resguardar serpientes, a fin que la chamusquina de la feria patronal no le queme las agudas pestañas o le aplaque el innato cascabel de su porte de ofidio.

Sobre lo dicho, le inquirió al Coyote Mayor los porqués y las razones, a lo que éste respondió: “muy simple, así como yo soy Coyote Mayor, tú eres Lord Cántaro”.

Mas, la tarea mayor que acometió Lord Cántaro, fue buscar a una treintena más de jumentos para sustituir a los que se deflagraron comiendo sapos. Con denuedo y euforia nuestro proel investido se echó la aventada para poder reunir los treinta anteburros que su jefe le requirió. En avanzada, por los montes del sur, trampeó a la mitad de los que ocupaba; la otra mitad no requirió mayor gestoría porque fueron apareciendo en el camino de regreso, atendiendo al llamado de los hasta entonces cautivos.  

No tiene mayor misterio el final de esta historia; nuestros distinguidos tribunos de lo impropio aprendieron a decir sí con un pujido, y no con dos. La formidable aventura de Lord Cántaro quedó escrita con letras de oro en los anales de la memoria mística del gobierno disoluto de un coyote consumado.

Fernando Amaya

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