César Rito Salinas
Tuvieron que pasar horas de persecución, las voces, las miradas; la sombra amenazada por el sol. Tuvo que largarse la madrugada sin suerte con sus demonios que cayeron sobre mi alma, enfrente estaba la imagen del tablero de las canicas; las palabras con el sonido hueco de disco rayado se repetían. Pude pedir suerte para que cada sílaba cayera en el número correspondiente como si la canica fuera conducida por un orden que no depende de la mano de quien la arroja y que ese orden hiciera vibrar la sombra, el sol, la madera. Mis palabras puestas sobre el tablero de las canicas como en la feria a principios de año en el pueblo de mis padres, cuando la gente pedía a gritos suerte en el juego.
Aquella noche ella preguntó cómo me acerqué a los poemas, la cantina estaba larga y espaciosa, con el piso recién humedecido, pude ver desde la hamaca que salió la luna sobre la enramada.
La fila de hormigas buscaba la miel sobre el mingitorio, en el baño se tiraba el agua, le dije a Ita que en la adolescencia mi padre me llevó al callejón de las putas, recuerdo aquella tarde, ni siquiera hablaba conmigo, hablaba con las cocineras; me contaron de los músicos, por los músicos supe del hampa.
En la cantina Quinto Patio esa noche escuché la pregunta, ¿por qué te acercaste a los poemas?
Los amigos lo conocían bajo el nombre de Marrano Trompudo, pero prefería que le dijeran MT, que pronunciaba así, a lo gringo.
La historia ocurrió en la cantina 30-30, allá por el rumbo de la colonia Rodrigo Correa, la dueña del local, una salvadoreña blanca, permitía al grupo de burócratas municipales que el sábado en la tarde bebieran caguamas y leyeran poemas, no hacían daño a nadie; en la calle se escuchaban gritos y disparos. El sábado la asistencia era regular, los poetas ponían algo de ambiente, Ita tenía hijas bellas que sonreían a la clientela.
- Pinche Manuel –dijo MT en medio de un poema de José Cadenas, creo recordar que alguien leyó esa tarde un poema de Cadenas-, quiere cobrar y no ayuda a cargar las sillas.
MT no perdía de vista la bolsa negra donde llevaba los cables del proyector.
La anciana caminaba con la cesta repleta de bolsitas, los bebedores chocaron sus vasos. Claramente escuché el tintineo de los envases. Llevo demasiadas ancianas pegadas al recuerdo, el niño que juega en el patio mira pasar o espera el paso de la anciana. Perros y moscas siguen los movimientos de la vieja mujer con la canasta pegada a su cadera, residencia del deseo. Ella lo sabe y cubre el mandado con una manta. Las ancianas son pudorosas, por maldad. Somos como el niño que juega a todas horas en el patio, antes del canto del gallo, con el lucero flojo de la mañana, con la luna grande. En la tarde ardieron las alas de la mosca, traslúcidas. Al entrar la noche el patio semejaba un libro abandonado. Somos el niño que juega a todas horas, la pelota se estrella en el piso, los rosales, la ventana. La vieja regresa de sus asuntos y deja la canasta en la barra. El olor de la cerveza se aparece en el patio, el niño juega la pelota, corta una rosa, trepa al muro.
Soy o quiero ser el niño que juega en el patio.
Apretó la resolana de agosto, el 30-30 se llenó de voces, transpiración. La administración municipal pretendía atender la demanda ciudadana de servicios de cultura, seguridad, programó un ciclo de cine ambulante, cintas del neorrealismo italiano; los trabajadores del municipio bebieron toda la tarde, en la noche se desató la tormenta.
Ese sábado en la mañana antes de salir al trabajo MT recibió la descarga, un coletazo de la mala suerte, su prima le dijo que estaba embarazada. - Me quiero morir, me van a casar, hermano –dijo MT en el momento en que alguien hablaba de Nietzsche en la mesa de la cantina; la llave buscaba el agujero de la bolsita de plástico bajo la mesa.
Siguieron más cervezas, quizá demasiadas, nadie volvió a los poemas. Sonó la marimba. Aquella tarde no hubo cine callejero, la atención a la demanda cultural se detuvo. Toda la noche se escucharon en el patio pasos de borrachos sobre las hojas del almendro. Hablaban a gritos de una ciudad lejana, donde vivía un autor literario (Praga); el nombre de una mujer.
Digo que me repito. Con paciencia tomo parte de los rumores, siempre hay cosas sueltas en El Quinto Patio, corto y pego. Levanto el brazo de la romana, atino con la navaja. La madrugada es buena para hacer el trabajo. En el silencio de la noche recuerdo historias de amigos y finados, en el cuarto de los quehaceres. Trabajo con mandil percudido, el mundo permanece manual y empolvado. El brillo de lo que corto relumbra en la oscuridad. Yo puedo trabajar a esta hora sin precipitaciones, armo la bolsita, elaboro el artefacto, a eso me dedico desde la adolescencia; fue en este trabajo que me acerqué a los poemas.
En la mañana del domingo el canto los gallos se retrasó por la llovizna, mientras amarraba sus cabellos la mujer comentó frente al espejo:
- Ayer no dieron cine, lagarto.
La mensajería de dinero resulta buen sitio para sacar el poema. Contemplar la dicha de otros será el principio de la escritura. Usted puede ser empleado de la Western Union, escribir cosas profundas sobre el amor, las ciudades o el alma que transmigra en los callejones oscuros entre piedras, gatos y ebrios; lo mejor sería hacer la escritura con la presencia del dinero, los billetes, contar dinero ajeno otorga poder a las almas.



