lunes, junio 8, 2026

La iglesia de los desamparados

Debes leer

César Rito Salinas

Desde los años de estudiante busco en la lectura una forma de la adivinación o de la magia – no alcanzo a separar su territorio que parte, me convencieron los años, del ocultamiento de aquello que está atrás de los hechos.

Mi madre me contó una tarde en Tehuantepec, barrio Santa María, sobre las condiciones en que encontró la muerte mi abuela Hilaria.

Ella era una niña, se mantuvo atenta a su madre enferma; tras sus palabras pude notar el signo del desamparo y una forma propia de hallar la esperanza. 

Mi madre dijo en aquella conversación que cada la abuela cayó en cama inesperadamente, una mañana apareció un grano en su pierna, que se infectó.

Ella cada noche lavó la herida con agua caliente con sal y hojas de Hierva Santa. No pudo hacer más, su padre -Donaciano- estaba en su trabajo de las majadas.

Ellas trabajaron el horno, fueron cinco hermanas de singular hermosura, eran blancas como su madre, hacían comida para vender en el mercadito, cuando se detenía por unos minutos el tren; lo días en que no había venta de comida hicieron pan, que salían a vender por las calles del barrio.

Todavía llegué a ver el horno de barro que había hecho el abuelo Donaciano.

A principios de junio me encontré hundido en la depresión. Un amigo muy querido, temeroso de que yo recayera en la bebida, me recomendó leer a Henestrosa.

En Los hombres que dispersó la danza (1929) Andrés Henestrosa hace una interpretación del vocablo zapoteca Binnigulaza, “gente de las nubes”.

Henestrosa cambia “nubes” por “danza”, a partir de la forma literaria elabora una sofisticada reinterpretación del origen de un pueblo.

Wlfrido C. Cruz, el investigador istmeño, cuando habla del origen de la lengua zapoteca menciona que nació en los Valles Centrales, alude a las siete ramas, siete astillas de un mismo tronco, siete ramas del aire que se extendieron por los montes.

Puedo entiendo la huida como una forma de la religión.

El libro de Henestrosa, con sus relatos sobre el origen del pueblo me hizo recordar la versión popular del soldado austriaco que perdió su fusil, sorprendido en la batalla.

Vestía el uniforme rojo y azul del ejército francés. En la huida no logró distinguir entre vereda y piedras, cuestas; espinas.

Corrió arrastrado por el viento.

Se ocultó en el lecho del arroyo (en la historia que circula no se menciona el nombre de ese arroyo). Se ocultó entre el agua y las piedras, nadie sabe si días, noches.

Una mañana pudo ver el humo que salía de la choza, se acercó con las tripas pegadas al espinazo, con el alma en los labios.

Hilaria, una joven zapoteca le dio amparo. En el patio de aquella vivienda los hombres -pasados muchos días luego de la batalla- bebían aguardiente, celebraban la victoria obtenida contra el ejército invasor.

El soldado austriaco fue derrotado a las 11:45 del 18 de octubre de 1866, en La Carbonera, en San Andrés Miahuatlán (el mismo San Andrés lleva otro nombre, al pueblo se le conoce como Miahuatlán de Porfirio Díaz).

Puedo ver que las historias escritas son asuntos de la magia, la brujería, develan y ocultan la raíz de sus asuntos.

A mi madre siente terror al mediodía -nunca me pudo explicar la causa de aquel miedo. Esa tarde se le llenaron loas ojos de lágrimas al recordar el tiempo de la muerte de su mamá Hilaria.

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