César Rito Salinas
Casi al terminar el agosto del 75 mi padre falleció; mis hermanos especularon sobre la causa de su muerte, era un hombre joven, cincuenta y cuatro años, sólo le llevaba diez años a mi madre; hablaron de una tos mal curada, un viento repentino, una inyección cambiada que le aplicó la enfermera.
Nunca supe de qué murió mi padre, a los pequeños hijos no se les explica las razones de la muerte. Sólo recuerdo que cada domingo acompañaba a mi madre por la mañana, ella atada al ramo de flores; yo arrastraba la escoba, pegado a su enagua, rezongón, camino al cementerio.
Mis recuerdos saltan, se ocultan (las cosas que nos duelen eligen permanecer ocultas y repentinamente aparecen), la memoria falla sobre aquello que refiere a la obligada visita de los domingos.
Ubico marzo, su amanecer repleto de calores. Los pasos diminutos de mi madre llevan prisa rumbo a la cita del domingo.
Habla con el muerto mientras reposa de su esfuerzo de empujar flores e hijo por el camino, transpirada.
Al ausente le dice sobre la conducta de los hijos, pide consejos para crecerlos; arregla la tumba, se abraza a la cruz que se clava en su pecho, gime, llora, luego calla, seca sus lágrimas, arregla la tumba y emprendemos el camino de vuelta casa.
El canto de los pájaros entra en la habitación mientras ella, la mujer que se extiende en la cama entre la sombra que crece piensa en la cerradura que le mira su cabellera larga y alborotada como la cresta de una palmera, desde aquí puedo imaginar la gota de sudor que resbala por su sien izquierda, imagino que le pregunto, ¿te gusta el mar?, los zapatos en el piso, el tapete ahora ligero de sombra y polvo, su respiración acompasada que avanza como pez en la pecera, una tarde de cansancio y silencio:
- Cacto, cactus, ¿se mueren los cactus?



