jueves, abril 16, 2026

El viaje de la suerte por la ciudad del sureste

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César Rito Salinas

  • Ven a comer, comelón –el hombre escuchaba el pregón en la esquina de la calle de la terminal de autobuses.
    Antes del aguacero el viento se llevó todo, papeles del periódico, trastos de plástico, la ropa del tendedero. El agua sobre las casas era una canción de la infancia que recordó el hombre. La lluvia hizo arroyos. El alero reflejado en un charco. Las mujeres corrían tras la ropa colgada del tendedero que iluminaba al patio. El hombre atravesó la calle dispuesto a comprar boleto que lo llevara lejos, pero la primera lluvia del año lo hizo dudar. El aguacero le trajo la imagen del día siguiente, las calles en medio del sopor sereno. Quiso quedarse. En el patio una adolescente corría tras una blusa roja, el viento fuerte levantaba su falda. El hombre quiso que fuera mañana, y que él permaneciera en el mismo sitio. El rostro desconocido de una mujer entristecida que salió de la taquilla le recordó que debía viajar. El mañana cayó con las gotas del aguacero, hizo un arroyo y se fue. El hombre que pregonaba la comida permaneció junto a su bicicleta.
  • Come, anda, come -dijo la mujer con los cabellos mojados.
    El mercado
    Las campanas habían tocado a repique desde temprano, era el aniversario de la ciudad. Las autoridades habían pactado con los líderes populares para que las manifestaciones contra el gobierno no empañaran los festejos con tomas de edificios públicos y bloqueos carreteros.
  • Para esas mentadas almorranas, póngale Usted la curación -la bocina hablaba en lo alto del mercado.
    El día de la fiesta había salido el sol por la cadera de la mujer parada junto al canasto de ciruelas, eran días del calor que bajaba de los montes a las calles que crecían junto al río que arrastraba aguas puercas. Poco después del repique campanas volaron en el cielo los aviones Pilatos de circo que mandó el gobierno.
  • Para esos barros, esos hongos, póngase la pomada de árnica –la voz del aparato de sonido se metía entre las ropas.
    Al mediodía el canasto de las ciruelas era un charco con olor dulce y amargo, como axila de adolescente. La voz del aparato embarraba el aire limpio.
  • Para esos barros, esas espinillas.
    La tarde salió de la banqueta del arroyo, como una flor junto a un manojo de billetes de lotería.
  • Joven, un dos; éste es el bueno.
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