César Rito Salinas
La poética es una ciencia
cuyo objeto es la poesía.
Jean Cohen, Estructura del lenguaje poético
- Señoras, por favor.
Los policías no hablan, tienen impedimento legal para hacerlo, solo disparan -cuentan con atribuciones legales para realizarlo. Mascan chicle, sufren almorranas, diabetes, disfunción eréctil; en la investigación confunden todo. Por eso en lugar de abrir la puerta por la manija la agarran a patadas.
Uno
El hombre del cigarro
Muro de ladrillos. Antes que existiera mi voz ya estaba la voz del hombre que murió en el callejón, montada en el aparato de sonido quw anuncia el guisado para la cena.
El camino tenía una ventana de madera en lo alto del muro de ladrillos, el sol descendía entre la nube de zancudos. El hombre con sombrero recargado en el muro, fuma. Las piedras, la tubería rota, remendada como un tobillo. El jacal de lodo enrojecido donde una mujer hace tortillas junto a dos rocas enormes, las cuales, mientras yo crecía eran atacadas por lenguas de fuego.
En el Templo arrancaron de mi cuerpo el alma de un ebrio. “Déjame, aquí vivo”, dijo mientras la anciana vestida de blanco hacía la oración para que regresara a su mundo. - Progreso y luz para iluminar tu camino, hermano; paz y luz para tus pasos –dijo la anciana.
¿Quién soy? Tengo la tristeza de los muertos que no conocí. ¿El alma de un ebrio mora en mi pecho? A veces no recuerdo lo que hago. ¿No soy responsable de esta escritura?, algunas veces soy violento. “En esta hora de gracia”, dijo la anciana con los ojos cerrados (era la tarde, en la calle corría el viento). La palma de su mano permaneció extendida frente a mi rostro, olía a mezcal (a veces, cuando anochece, recuerdo la calle donde el hombre con sombrero fumaba y escupía hebras oscuras de tabaco, recargado contra la alta pared de ladrillos rojos, bajo la ventana de madera, entre la nube de zancudos mientras mi madre me conducía al Templo para que las hermanas de la oración me extrajeran los espíritus del pecho que agitaban mis horas). - ¿Quién era el hombre que nos miraba pasar al Templo? –pregunté un día.
- El Diablo –dijo mi madre.
Dos
Callejón de las cruces
El papel vuela cargado de palabras.
Soy el brillo en la punta de la navaja, mi danza es muerte.
Soy el aire frío que levanta bajo la ropa el pezón de la mujer, soy electricidad en el aire. Soy el piso con baba de borracho. Soy el borracho que discute con su sombra. Soy la sombra del borracho que se niega a caer, aferrado al muro. Soy el perro sin dueño que husmea en el callejón, entre borrachos. Olor de orín seco soy. Soy la entrada caliente al callejón de las putas. Soy la mirada del ciego que pide limosna. Soy tu limosna solitaria en la escudilla del ciego. Soy tu moneda que desprecias, y la entregas al ciego. La escudilla del ciego soy. Soy el ciego que escucha tus pasos, y extiende la mano. Soy la tarde en que el ciego se sienta en el callejón. Soy el zapato roto que nadie mira, de la mujer que vende su cuerpo. Soy el padrote que mira por la ventana el trabajo de la mujer en el callejón, y sonríe. Soy el cigarro que espera cliente. Punta de tu lengua soy. Pared de enfrente soy, en mis manos aparecen las cuarteaduras. Grafiti soy. Bote de cemento que canta. Soy callejón con susurros. Marca del territorio soy. Ando en patines, dice. Cargo pistola, dice. Me llaman muerte, dice. Soy párpado de borracho que no duerme. Labios resecos de borracho soy. Soy música de Rockola, soy el baile del simio. Chango soy, bailo mambo. Yo apago la luz cuando todos se marchan, cierro la puerta. Yo rompo cervezas. Soy zapato de charol. Soy gargajo que vuela entre colmillos. Cadena gruesa en tu pecho soy, bastón y sombrero ando. Padrote. Sección de Nota Roja Soy, mi nombre aparecerá mañana.
Tres
Acordeón
Un acordeón blanco. La bestia que respira apretada contra mi pecho. Canta la torcaza al mediodía. Rebota la luz sobre piedras y espinos. El acordeón respira sobre mi pecho, sosegado. Escucha con claridad el río de sangre. Sé bien que el acordeón blanco acurrucado en mi pecho es un criminal que acecha. Por eso mis dedos lo acarician mañana y tarde. Para que se mantenga quieto lo alimento con mi corazón. Devora paciente pequeños cuadros de mi corazón que le brindo. Es lo único que lo aquieta. Como todo animal gusta que pase la punta de mis dedos entre sus costillas, enormes.
Cuatro
El Diablo
Entre el aire que se arremolinaba apareció la moneda, muda como el bolsillo de los campesinos. Aullaron los perros, parpadeó la luz mercurial, la calle estaba sola, hacía frío, todavía no salían las ancianas por la leche que reparte el gobierno.
- Pongo el Diablo –dijo Margarito con mano temblorosa



