jueves, abril 23, 2026

Bien, Ya

Debes leer

El escritor norteamericano John Cheveer (1912-1982), dijo en el prólogo de su libro Cuentos Completos, edición del 71, que las mejores historias son aquellas que se escriben en voz alta, pues de esa forma se arma el registro que cuenta con alguna posibilidad de permanecer en la memoria, formar la imagen que le aporte un sentido al lector -que se relacione con su experiencia.

Para escuchar tu voz tiene que crecer el silencio.
En la madrugada del 15 de diciembre el cielo de la colonia -a las faldas de Monte Albán- se llena de luces y estallidos, los cohetes anticipan las fiestas de fin de año.
Hace frío, mientras pronuncio las sílabas del relato.

¿Qué nos dice el lenguaje literario? Una comunicación que parte del lenguaje escrito,m de aquello que no existe y sale a la luz por mi boca. Esto es difícil de entender en un principio, las letras vuelan sobre el lomo de las letras entre sonidos que ya permanecen en nuestra memoria, sin que nosotros lo sepamos.
Como en las peleas de gallos, un tercero hará el corrido.
El libro Atzompa es el juego del solo que manipula el combate, el sentido que se arma en Atzompa, en la punta del agua, ciudad antigua. La escritura es la representación del juego mexicano con figuras de madera que simulan un combate de box.
Todo está controlado por la mano del jugador-lector, en un presente eternizado por el movimiento de las partes sobre un eje.
Tiempo subvertido. Las figuras cortadas por la segueta simulan entrar en combate, unidas por un centro que les supone movilidad, donde brazos y piernas van accionados por el remache de metal.
El juego se manipula, el combate se desarrolla desde la mirada, sin superficie física, sin lona o encordados.
Puesta en escena, teatro guiñol.
Los contrincantes de madera llevan guantes y pantalones cortos, torso desnudo (pintado en colores vivos). Pelea el verde contra el azul, y hay un ganador.
Así la escritura que se desarrolla ante el posible lector.

La migración del campo a la ciudad se intenta para ocultar la vergüenza, el crimen. En la memoria del que migra permanecen integraciones y resistencias, que vienen desde su infancia ¿Qué forman? El carácter urbano.
Al guardia del edificio lo sobornan con chapulines.
En las palabras que usa el migrante en la metrópoli está la conciencia nonata, permanece el jaguar que acecha en el camino. En los pueblos no comercian con lámparas de escritorio, hacen su escritura iluminados por el aullido de los perros. El silencio criminal del corta uñas forma un arma de destrucción masiva. Los marginados en su propio idioma velan durante la noche la guerra de los zancudos.

¿Qué silencio nos convierte en asesinos? La historia que contaré tiene un aire apurado, como en las películas.
El gobierno se comprometió a construir el progreso,
¿quién se compromete con la vida? Hay un abajo y un arriba para que se desarrolle la historia, antes que los maniquíes se acostumbren a llevar máscaras. La luna acaricia al viento cargado de espectros. La loma espera que se levante la luna mientras el polvo del camino acerca a los aparecidos. La luna sale en los ojos del perro echado en el patio, brinca, rebota entre los montes. Saltan los fantasmas en la loma, celebran el aniversario luctuoso de un niño, Mario Jesús.
El médico me dijo: “Te salvaste de la muerte”. Yo estaba acostado en el camastro del consultorio, con la camisa sin abotonar.
Me incorporé lentamente y dije: “Si, al mejor cazador se le va la liebre”.
Al salir del consultorio me agarró el viento frío de enero. Había ido a la consulta médica por un resfriado. En la calle se extendían los pendones de la contienda electoral. Abordé la camioneta a Miahuatlán, la luna grande entregó remedio a mis males. Al otro día, en el hotel bajamos a desayunar huevos con jamón bañados en salsa roja. Al terminar pasamos al mismo tiempo al baño, ella al de damas, yo al de caballeros. Yo regresé primero a la mesa.
En la calle las banquetas tienen la numeración para el marcado del lunes, doce cajones por cuadra de cincuenta metros. De martes a domingo el aire fresco que baja de la sierra se pone a vender ilusiones. El lunes comercia la gente de los pueblos. Pata mí que escribir es llevar una vida secreta, quedarse en casa a trabajar, cuando llega la mujer de la oficina no le puedes comentar el avance de tu escritura.
Mejor hablar del clima o de los vecinos, de la vida que no conoces.
En el banco los cajeros están pintados de rojo.
Así paso el tiempo, entre lecturas y silencios.
¿Cómo está eso? ¿Agarras el lápiz de subrayar antes de salir por la cerveza?, dijo ella. Las costumbres de la borrachera son múltiples y variadas; cada persona tiene su propia estrategia para armarse de valor en la madrugada y salir a conseguir la bebida. El relato nace almohada en la que depositarás tu cabeza. El relato almohada es la puerta del sueño, el espacio que gira sobre lo sensible. El sitio de ósmosis. Yo elaboro el embalaje almohada, para hacerlo tengo limitaciones propias del quehacer, estoy impedido de utilizar relleno. Yo escribo relatos almohada, no soy tapicero. Elaboro artefactos que conducen al sueño.
En el tiempo del desafío y las pocas fuerzas nadie entiende que antes de iniciar el pleito habrá que pasar por la báscula para no pelear contra invisibles.
Será recomendable andar por los caminos armados con lápiz y papel, será una forma de ejercer el poder.
La gente del gobierno se obstina en imponer la marcha fúnebre como canción de moda. Yo digo no a la policía. Cientos, miles de almas adoran la marcha fúnebre, avanzan como pingüinos en una costa sola.
Lo vemos en las noticias de todos los días, hasta los camiones cantan con desenfreno la marcha de la muerte.
Lo escuchamos en el discurso de los políticos, cada campaña es un racimo de fotos del candidato abrazado a una anciana.
En la cátedra universitaria sólo hablan de la obra de los muertos, intentan intervenir con su humilde opinión en ese gusto juvenil por la muerte.
Rayo, subrayo.
En Miahuatlán baja el aire fróp de la montaña de San José Pacífico.
Escribo entre las páginas del libro.
Mi lectura es un arcoíris donde se distingue la cera azul. Hay autores que piden a gritos el subrayados en rojo, yo escucho la voz de los ausentes.
La madrugada lleva al texto el distinguido subrayado amarillo.
En una ocasión observé que el maestro Alejandro Santiago pintaba sus cuadros con marca texto negro. Hacía su firma con marca texto blanco. ¿Qué elementos de la existencia hacen la elección de colores con que fijamos los pensamientos? Hay una nomenclatura de los colores que nos llega al estadio prenatal.
El conocimiento y la voz tienen origen nonato.
Las intenciones, los hechos que elegimos para distinguir el pensamiento carecen de forma y color.
El ajeno se convierte en lo nuestro.
El amor verdadero acepta falsificaciones, raspaduras o enmendaduras. El instante del amor persigue cuerpos reencarnados en el amor. Puedes identificar al amor por el número de las repeticiones con las que se acerca a tu persona. Sólo elije el color de marca textos de tu preferencia y gana la calle para a llenar los muros con el color de tu preferencia.
Empuña el lápiz de subrayar, encontrarás en los túneles de tu decisión el número afortunado que tanto te aguarda, el intento.
La cera en azul marino me recuerda los pulmones de mi madre. Presión inversa cargada de venas azules, bolsa rosada.
En este momento en el país hay ocho mil ochocientas ochenta y ocho almas en busca del poema. No son muchas ni son pocas, son un montón. Son tiempos duros, hace falta vivir otra vida. Al mismo tiempo hay otras ocho mil ochocientas ochenta y ocho mentes que envidian con toda el alma a la cifra de individuos que buscan escribir el poema. No son muchas ni son pocas, son las que son. A todo esto, llega puntual cada miércoles el camión de la basura. Hace sonar la campana que abre la puerta de todas las viviendas como el león de ojos grandes que aguarda junto a la vereda confiado en el temor de los pastores. Todo ocurre. La gente puede aprender a pelear con los dientes por lo que verdaderamente desea. Todo esto en el preciso momento en que el gobierno emite ocho mil ochocientas ochenta y ocho convocatorias para participar en certámenes literarios donde ofrecen jugosos montos económicos como premio.
¿En el principio fuimos peces? A últimas fechas traigo preferencia por el sepia, los fondos arenosos, el azul de mar, el gris de los pensamientos.
Trabajemos con este principio: Hay una ruta sobre la que camina lo literario, obviedad y redundancia; armemos el texto desde estos elementos para lograr el estilo.

  • ¿Y las caguamas? Se te olvidaron las cervezas.
    Sobran ideas impúdicas, antes de la tormenta de los huevos pasados por agua. La máquina de razurar avanza sobre granos de maíz
  • Desprecio mi empleo –dijo ella. Ella se llama Corazón-, tener que saludar a los viejos cada mañana, soportar a niños infelices, desayunar con compañeras insatisfechas; todo hace que quiera quitarme la vida.
  • Estás en posición inmejorable –apuré el comentario-, el gobierno cubre tu quincena.
  • Me avergüenza mi gobierno –Corazón, se llamaba Corazón Labios de Tequila.

Entonces, en aquella madrugada cuando salimos de casa a buscar las cervezas supe que debía salir de Miahuatlán. Con claridad pude ver a los muñequitos de madera -en la pelea de box- que usan los colores (sobre los guantes) de la bandera nacional, el verde, blanco y rojo.

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