-Escribe lo que quieras -le dijo Migu a Guigu -nomás ponle un título bonito. Entonces Guigu pensó: “El acicate de los alacranes en la porfiada noche del sereno”. -Que re parió -dijo Migu -Eso es una avenida carioca, de la cual desconozco su extensión, pero considero que ha de ser tan larga como la Calzada Tacuba, en la capital de nuestro país, antes DF, y más antes por decir que Xochimilco. “La noche en que la luna se cansó de ser luna y paso a ser Estrella de una nebulosa lejana”. -Su madre, te rayaste, primo, a esa la puedes dejar en el puro título y ya tienes colaboración para una semana.
Migu y Gigu, cada quien, con su helodia en las mesas rudas del Almendro, esperando el milagro de la botana; quizá un chilpachole, unas rodajas de callo margarita o las sardinas sancochadas que siempre están ahí a falta de otra cosa. La referencia a los títulos sucede muchos años después, casi cincuenta, cuando Migu enajena el pensamiento de los demás con muy buenos mezcales, y Guigu mora la orilla del mar, o el mar mismo en su parte seca, ahí donde los mazuntes asoman sus terribles tenazas ante los infractores de su territorio.
“La calle semi recta donde los come trapos eslovenos juegan a inventar una nueva prosodia para el español”. Por Dios que Migu poco hizo falta para que aventara la cerveza por encima del techo de lámina del Almendro, se contuvo porque, en ese momento, la flota del Suriana 2 llegó al lugar y ordenó un centenar de cervezas para todos los ahí presentes. Podría jurarles que, desde esa década de los setentas, del siglo pasado (y milenio) hasta el presente, Migu y Guigu no acaban con esas cervezas y las beben a fin de construir la epopeya de los títulos para sus relatos imaginarios.
“Llámame Migu. Llámame Bigu”. Saldaron la apuesta los pavitos de canoa esa noche en el Almendro, pues de ahí se fueron al Laurel, en donde la única botana que hallaron fue de palomitas de maíz y de naranja agridulce. Más en esa geografía de despistes y franquezas los brothers sintieron satisfecha su expectativa de lamerle el cuello a más de una botella en la que se derramó la salsa búfalo, pertinente aderezo para sus palomas y sus naranjas.
“Los condenados de la tierra hayan satisfacción a sus demandas en los tropeles del Jamaica Club a Go Go”, fue el último título que se le ocurrió a Bigu, suponiendo que un tema de esa envergadura podría, sin objeciones, convencer a los administradores de esa página electrónica que aún no aparecía ni en los pronósticos audaces de María Mau. Para entonces Migu ya se había embrocado férreamente en la única mesa que hallaron vacía en los rescoldos del Recreo del Marino; al poco rato Bigu le siguió los pasos y fue toda una odisea para propios y extraños desalojarlos de ahí, de ese burdel grandioso, abrigo de tantos marinos sobrevivientes de turbonadas y mares encrespados. La marea del tiempo lo cubre todo, pero así mismo lo descubre para beneplácito de las nuevas generaciones.
Fer Amaya



