lunes, abril 27, 2026

El huérfano

Debes leer

César Rito Salinas

En la caída la gente cree en un anillo, una piedra, el crucifijo; una imagen, yo no poseo nada a qué aferrarme, olo creo en fantasmas.

Aquella noche sólo esperaba el camión que trajera la bandera de Lunes, la palabra tan deseada; había sido un día difícil y volvía a casa bajo el aguacero. Ustedes se preguntarán cómo puede ser duro un día para un desempleado, si, el lunes por la mañana tuve deseos de tener empleo, lo había salido a buscar; no la llegué a advertir, por la noche, que el regreso estaba marcado por un desencanto, la mala suerte. Las esperanzas de un cambio, de una vida mejor, sin carencias se habían roto. El regreso a casa tuve ira, enojo conmigo mismo –que es la peor forma de pelear-; no pude advertir el signo de la mala estrella.

La mujer detenida bajo el cristal del paradero me dijo, “quizá el Lunes nunca llegue”, el cigarrillo que sostenía en la mano derecha elevó un hilo azul junto a su pecho, casi invisible.

  • Voy a esperar –dije como un juramento.
    Pasaron los minutos bajo la luz mercurial y sentí que mi cuerpo se hundía en una angustia honda, la maldición.
    Cansado, con las monedas justo para pagar el pasaje de regreso; el aguacero, la hora que avanza sobre mi pulso izquierdo; atado a la noche en el paradero (las cosas flotaban hacia el caño del desagüe); sin rumbo. La maldición.
    Quise leer algo, un anuncio luminoso, un cartel.
    Nada, la lluvia cerrada lo ocultaba todo.
    Para hacer tiempo hice un recuento, pensé en quién pudo desear mi mala estrella; no encontré a nadie. Tenía en el recuerdo el nombre de una mujer, las mujeres que se marchan repentinamente arrojan maldiciones. Algún patrón, un compañero de trabajo a quien nunca le llegó el ascenso y me declaró su odio; eso había pasado hacía tanto tiempo. Las maldiciones no operan retroactivamente, no se diluyen entre los hechos, la sucesión de la mala suerte. No había matado un perro ni pateado un gato; no que yo recuerde.
    ¿Quién pudo desear mi mala suerte? De dónde surge este destino adverso, ¿quién me echó la sal?
    Enfrente pasaban las luces veloces de los autos, la lluvia, esa oscuridad. Pude sacar la mano y tocar la noche sobre la lluvia.
    “Nunca pasa el lunes”, sonaban en mi cabeza las palabras de la mujer. La luz mercurial alargaba mi sombra, la sumía en la lluvia como doliente de velorio. El olor de la lluvia me dio una idea. “Voy caminando”, dije como si alguien a mi lado y estuviera dispuesto a hacer el camino bajo el aguacero. Ya estaba empapado, ¿qué podía pasar? En la infancia me gustaba caminar bajo la lluvia, imaginaba mi cuerpo vestido como un muerto, todo de negro, que avanzaba bajo el agua oscura mientras los papeles flotaban sobre el arroyo.
    Al primer paso de la caminata volví la cabeza para despedirme de la mujer que había hablado, no la encontré. “O se había disuelto en el aguacero”, dije recordando la frase de un autor literario.
  • Adiós, Don Chingón –escuché a mi espalda.
    No quise voltear, no acostumbro hablar con personajes surgidos de mis recuerdos de las lecturas. A veces la lluvia dice cosas a espaldas de quien se atreve a desafiarla; como borracho en la banqueta que habla aguado. “Dice cosas”, sólo escuchaba el ruido que producía el agua dentro de mis zapatos cuando al dar el paso dejaba caer mi peso sobre el tacón; los dedos de mis pies se hundían en una sopa fría, agria.
    Los calcetines empapados pesaban como grilletes sobre los tobillos. Eché a andar entre la noche lluviosa, total, pensé, “a mí me gusta caminar bajo la lluvia”.

Para mí que en los libros -sus títulos, la solapa-, el nombre de sus autores dispuestos en un espacio fijo está el destino de un hombre, su futuro.
En esta vida jugué contra mi destino, llevo perdidas tres bibliotecas enteras; por el amor, la pobreza, la confusión. Encuentro en las decepciones el crecimiento de un hombre, el hacerse de un nombre hasta abrirse paso sobre sus propios temores, inventarse; lo que no puedo entender es la pérdida de los libros.
Que una mujer se quede con los libros en un rompimiento, lo comprendo. Las personas buscan encontrar en los objetos al ser amado, ausente; que una mujer se quede con tus libros será la muestra clara de alta estima, del gran amor que te tuvo y te tiene; no a cualquiera se le brinda un espacio fijo dentro del propio hogar. Que un viejo amor se quede con tus libros te eleva a la estatura de los muertos; proporciona la vida gloriosa, digna. Ese fue el caso con Margarita, la mujer que me apartó de su vida por ebrio y desconcentrado, irresponsable; se quedó con los libros, quizá en ellos encontraba la confianza que no le pude dar con mi persona.
Vengo de un pueblo oscuro que no contaba con bibliotecas: me escapé de ese lugar hacia el puerto, fui lector desde la primaria; en el puerto encontré una biblioteca iluminada por miles de libros; todos a mi alcance. Me hice lector a temprana edad porque un hermano me llevó un libro, porque era huérfano y desobediente, por la tristeza; en la lectura encontré un espacio al que era integrado sin que nadie me juzgara por mi mala conducta (buscaba a mi padre fallecido, para olvidar su ausencia dejaba pasar el tiempo en la lectura, me enteraba de las historias). En el puerto cobré fama con las mujeres del burdel por mis lecturas, a ellas les fascinaba que llegara a contarles historias mientras esperaban que terminara la noche. Ahí encontré el futuro como producto de los libros. A mi corta edad porque tenía lecturas alguna de ellas me abrió la esquina de su cama. Con las mujeres llegaron los músicos, la fiesta; con la fiesta los amigos, con los amigos la parranda, la bebida. Nunca me separé de los libros, las lecturas. Ni del alcohol (quería olvidar a mi padre muerto). Así llegué a la ciudad, para olvidar al finado y por las lecturas (el oscuro huérfano deseoso de mayor conocimiento). Nadie cambia su vida si no es por alguna referencia cierta, algo ya visto o escuchado; los libros proporcionan las historias necesarias para que yo me referencie con la realidad. En la ciudad pasé hambre, robé libros. Los libros ya no contaban como lecturas, proporcionaban ingreso. Ofrecía a mis compañeros de clase los libros del curso. Me hice un hábil proveedor de lecturas, gané dinero. Armé mi propia biblioteca. Llegué a levantar sesenta y cinco títulos en una tarde, lo recuerdo. Algunos de mis compañeros también financiaban sus estudios con la venta de libros hurtados, pero yo no tenía igual. A mayor adquisición menor precio y más ganancia, lo mío eran verdaderas ofertas de ganga. Pude vivir bien.
Con los cambios de domicilio se perdieron los libros. No le daba importancia, tenía los títulos en la cabeza, las ediciones, el color de la pasta; las editoriales, el nombre de los autores. Los volví a adquirir (sólo buscaba a mi padre). Quien ha salido de un sitio sin bibliotecas y frecuenta la lectura convierte al libro en la razón de sus pasos, aquello que guía su futuro (yo fui un joven huérfano). En cada cambio de domicilio dejaba encargado con la propietaria cajas y cajas con libros. La biblioteca ocupaba demasiado espacio y la vida completa del estudiante cabe en su mochila.
Sólo soy un huérfano que ama el recuerdo de su padre muerto. Donde me paraba encontraba trabajo, dinero; amores. Me hice de otra biblioteca, tuve empleo y pude adquirir muchos volúmenes, levantar otra biblioteca para volverla a perder.

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