César Rito Salinas
Ahora contaré de cómo dejé de comer pan.
La adicción al carbohidrato, bien se sabe, es difícil de superar. Pocos tienen el valor de emprender la guerra contra la bondad. “Es tan bueno como un pan”, se escucha decir a la gente mayor para referirse una persona o a las acciones, los hechos de los amigos.
El pan conlleva el bien. Nadie busca combatir lo bueno, aunque con esa negativa se ponga en peligro la salud.
El interior de una panadería nos lleva a una experiencia metropolitana, tanta luz y tanto olor dulce; aromas que nos llevan a la infancia, colores, formas que traen a la persona un tiempo bueno; las panaderías y la temperatura del sitio imaginario, algo así como una tarde con aguacero.
Aunque ahora que lo pienso bien nunca aprendí a distinguir los panes por su nombre. Siempre utilizo el genérico, pan, lo cual me lleva al origen de mi preferencia, mi padre al regreso a casa con una bolsa de pan al pecho. El pan es mi padre.
A la gente sana le gusta comer pan, ni duda cabe, las prohibiciones con la comida son para los enfermos. Alguna experiencia divina les traerá meterse el suave bocado entre los labios. “Dulce”.
Hay mujeres que llevan el nombre de Dulce.
La feminidad flota en el nombre, lo toca, lo envuelve y lo dispone para experiencias eróticas extraordinarias. ¿Por qué relacionamos lo dulce y el mover los labios entre texturas blandas con el asunto carnal?
Pasado el tiempo me pude informar de que la ingesta de carbohidratos genera adicción. Y un estado de melancolía, de progreso, de insatisfacción te obliga a pedir en la hora de la merienda, la tarde nublada, brumosa, fría; o simplemente la luz mortecina del sol que desciende, el pan.
Mi madre murió por diabetes, pero nunca dejó de comer pan por la tarde. No era obesa, era una mujer activa, de recio carácter a quien algunas cosas le habían salido mal en esta vida. Enviudó joven y se quedó a cuidar vestida de luto el recuerdo del marido muerto. Algunos amigos padecen diabetes, por el consuetudinario consumo de alcohol. Otros más, conocidos míos, celebridades de las letras que llevan una vida sedentaria padecen problemas cardiacos debido a la ingesta del benigno pan.
La imagen del pan sobre la mesa identifica al padre responsable y amoroso con su familia, que labora por un futuro de logros, esforzado, que se hace responsable de los suyos. El pan consumido en ciertos sitios de la ciudad, algún café, por el zócalo o catedral proporciona estatus intelectual; la imagen de poseer y cultivar un espíritu elevado y de buen gusto.
El pan, a diferencia del auto, te lleva a ser solidario y responsable con la existencia humana; expresa algo de la gente que lucha por causas justas, nobles. El pan te incluye en un colectivo de nobleza y esfuerzo, superación. El pan sobre la mesa es símbolo de la paz entre los hombres.
Y no es así. Comemos porque es obligación alimentar el cuerpo, no por ideales o ideologías, plataformas culturales que buscan integrarnos a un sector bueno de la sociedad. Algunos dirán que consumir pan es una elección personal, que poco debiera importa a los conciudadanos. Y no es así.
Una guerra se desató en la nación por los pasteles; buena parte de la economía nacional se referencia con el precio de la telera, el bolillo, pan blanco. La república aplica grandes sumas en instituciones de salud para atenuar males crónicos en lugar de destinar recursos a la enseñanza y la ciencia; al arte.
El pan y la sal, serios enemigos de la salud son la medida del progreso nacional. “Compartamos el pan y la sal”, te invito a matarte.
Una mujer que juró amarme dijo un día, “te conocí gordo y prepotente”. Consumir pan genera sobrepeso, pero habrá que convencer de este argumento de lo rotundo a los niños, principalmente.
Hay una frase que ejemplifica el arrebato del gusto por la harina, “ponle pan en la boca, te seguirá como una bestia” dicen los desalmados cuando se trata de engañar a una persona inocente.
Hay barrios en la ciudad que fueron constituidos por panaderos, gente de la tahona y el horno. Generaciones y generaciones fueron instruidas en esa industria, la panadería. Llegaron a forman un clan en las localidades, se manejaban con miradas y gestos secretos, como criminales.
En los mercados, nadie sabe a cuenta de qué se disponen en conjunto los locales para exponer su producto a posibles clientes.
Algún secreto de su industria se vigila, con suma atención.
¿Quién repudia la bondad?
Todo esto que acabo de señalar viene a cuento por esta historia de cómo dejé de comer pan. Como toda adicción tiene su anclaje en el carácter, en la inmadurez emocional del individuo, el mundo formado con violencia de los cero a los doce años que nos hace actuar sin siquiera nosotros saberlo.
¿Qué humano estaría dispuesto a olvidar los recuerdos de su madre? ¿Las tardes de la infancia cuando se recogían padre y madre junto a la mesa para contar las incidencias del día mientras tomaban café con leche y pan rodeados por los hijos? Nadie.
Los propósitos para cambiar la rutina son pasajeros, muy temporales, se olvidan. Esta es la principal razón para bajar la guardia en la intención de oponerse al consumo del pan. El olvido. Recordamos la tarde en que la esposa nos brindó el primer beso en un café de chinos luego de comer un par de bísquets, y queremos repetir la experiencia para siempre.
El hombre fija buena parte de los deseos en sus recuerdos del alimento. Pero, no permitan mi extravió en comentarios laterales. Dejé de comer pan cuando escribí esta nota.
Así de fácil. Cuando escribo trato de ser fiel a cierto gusto, cierta concatenación de las palabras, las frases, las oraciones; el sonido. Y este gusto al escuchar mi escritura es superior al gusto por el carbohidrato. El más caro de los sentidos humanos es el del oído. Me explico, dejé de tener la adicción al carbohidrato cuando en mi cerebro desarrolló esta otra adicción, el sonido que produce la escritura cuando se realiza.
Hagan ustedes el intento, por favor.
Al comienzo de la noche, cuando los propósitos por cambiar los hábitos se reblandecen, tomen la libreta. Escriban. De cualquier cosa, de la luna o los mosquitos, de los zancudos y los movimientos de protesta contra el gobierno. Del calentamiento global, lo que sea. Reciban noticias suyas de mano propia.
Y un gusto por el sonido de sus palabras crecerá en su corazón, se fijará en su cerebro. Adquirir un nuevo hábito será la forma efectiva de combatir los malos hábitos. Un cambio de hábito por hábito. Como toda manifestación de inmadurez emocional, la adicción al pan regresará a la siguiente noche, nunca muere. No desesperen. Llevan toda su vida comiendo pan, desde la infancia.
Pero ustedes volverán a aplicar el recurso de sus letras, el sonido. Perderán los panaderos, pero la industria literaria ganará una estrella.
El miedo a la página en blanco, la lisura sideral que contiene, su extensión infinita me acercó a la escritura fragmentaria. Una cagada de mosca significa lo mismo para el universo que la erupción de un volcán: cambio. En cada cambio hay interrelación de energía que concretan principio y final. Si dejamos de observar la energía apreciaríamos que todo permanece igual, sin registro. El fenómeno se reduce a un impulso en perspectiva, la ilusión óptica influye el pensamiento. El cristal diminuto porta objetivo en el microscopio o la esquina de la cuadra. Un camino, el paisaje. La mirada contiene básicamente el orden moral.
Prefiero lo adolescente. Uno sigue siendo adolescente para uno mismo, dice Aira en El congreso de literatura. Interrumpo el sueño y me descubro solo en la noche. La rosa que se levanta de la tierra oscura de la maceta permanece tras la ventana, bajo el frío antes del alba. En la soledad la frase recién leída cobra forma tangible junto a mi persona. La primera obligación del escritor es leer, porque se encuentra solo con sus alteraciones de pensamientos. Las letras forman la compañía ideal del solitario, aportan presencia vestidas de información, conocimiento. Se presentan sólo cuando son requeridas, con la mínima aplicación de concentración. La escritura resulta la compañía ideal del solitario soberbio.
La adolescencia es cambio, lse rige por lo que les resulta de utilidad en el momento. Para ellos ninguna estructura tiene la condición de permanente, todo lo eligen entre olvido y memoria.
Pregúntese esta mañana al salir de casa ¿qué fuera de usted en la calle de todos los días si su cerebro no percibiera aquello que lo guía únicamente entre olvido y memoria?
En las artes la idea de un gran formato sirve para trazar coordenadas o para reorientar ciertos conjuntos de escenarios más habitables. La escritura orienta los pasos del regreso, o trata de agregar señales que podremos utilizar en la ruta de vuelta, estructuras reemplazables, fragmentos.
- Ya está servido el almuerzo –dijo ella.
Para conseguir la paz, arrancar todo el cansancio del cuerpo bebo agua de tamarindo. El ácido sabor me conduce al tiempo de la infancia, en las papilas gustativas corre una película donde yo soy el personaje principal que atraviesa mil aventuras y resulto triunfador entre todas las vicisitudes.
En la infancia aceptamos la debilidad del cuerpo ante los males sin que interpongamos argumentos, porque ansiamos la mano que acaricie y proteja. Mi madre preparaba el agua de tamarindo como única razón para continuar con la vida. Afuera el sol agujeraba la sombra de los árboles.
La carretera conducía el mundo de las máquinas. Llegaba mi madre a la cama, me hacía beber agua de tamarindo y el mundo, en ese momento, abría una luz diminuta en la malla que cubría su rostro y yo alcanzaba a entrever una tierra mejor donde muerte y enfermedad carecían de significado.



