jueves, abril 23, 2026

Crónica de una lectura de la madrugada interrumpida por los zancudos

Debes leer

César Rito salinas
Recién habían pasado los festejos del Día del Libro.
A la altura de las dos de la mañana el asunto de los estudios venía fuerte, con polémica y citas, referencias que abarcaban desde Voltaire a Blanchot. Puse música, quizá el trabajo de Antonio Sánchez a la batería -la voz de Thania Alexa- podía suavizar el trabajo, encontrar una definición para la palabra literatura.
En un principio se le otorgó el término literatura a los que estudiaban a conciencia los libros, sus autores. Al producto de la imaginación expresado con las reglas del trabajo escrito se le miraba como un amanuense, un artesano, un personaje de la vida nocturna de las ciudades,
Luego del siglo XVIII cuando algunas “periodistas” fueron invitados a dar clases en diversas escuelas de Londres y ellos a su vez empezaron a difundir a los autores que participaban en la elaboración de “revistas”, se le otorgó el título de “literatura” al uso específico del lenguaje.
Se vino una serie de relevos, de defensores de una u otra posición: los que sabían al dedillo de autores y obras clásicas, literatura, y kos que pregonaban el arte de los nuevos autores. Siempre fue esa la división, una carga del presente, el problema de ser contemporáneos duró hasta nuestros días.
Porque nadie reconoce “valores” literarios en el trabajo de sus vecinos, metidos en el mismo problema de miopía vecinal de Vasari, se conocía la vida y se suponía que con ese conocimiento sería suficiente para conocer la obra.
En esas estaba llevado de la mano de Jackes Ranciere, La palabra Muda, Ensayo sobre las contradicciones de la literatura cuando balo los audífonos escuché el vuelo de los zancudos.
Hay peor que estudiar un ensayo que lleva a un callejón sin salida, el vuelo insaciable de los zancudos en la madrigada.
Para cada generación de escritores habrá una definición, más que hablar de una “literatura”, habrá que mencionar tradiciones, grupos reducidos de cultivadores de una forma del lenguaje escrito.
Por la tarde había llovido sobre el valle, un repentina, inesperada que logró un descenso de la temperatura para la madrugada. A esa hora decidí ponerme a estudiar. Apagué las luces y me acomodé en la silla frente a la máquina que descansaba sobre una amplia superficie de cristal que, a su vez, está soportada por las patas de lo que fuera una máquina de coser, una Singer.
En la oscuridad total mis dedos saben del control del trasto, el perol de las letras.
Con la ye,a de mis dedos encuentro los comandos, las células tienen memoria, }el dedo oprime lo justo para que en la oscuridad las letras sobre la pantalla avancen como un hecho de la magia, un milagro.
Puedo asegurar que escribo a oscuras, si por casualidad se registra lo que se conoce como un “dedazo”, corrigo sin encender la luz. En esas estaba cuando apareció sobre la música de Antonio Sánchez el zumbido de los zancudos.
Soy gente de pueblo, de lo que ocurre en la madrugada nada me asombra ni me mueve a interrumpir la tarea. Sin encender la luz, como cuando ocurre alguna falla en la escritura, cacé al zanciudo.
No era uno, eran dos zancudos leones.
Fieros para morir.
Pero decidieron mal el terreno de la batalla.
La luz de la pantalla llamó su atención, descendieron a vuelo raso, en picada. Detuve la lectura, para esto el autor ya había nombrado la lucha que emprendió Víctor Hugo contra los viejos autores de las letras en aquel París de carruajes y periódicos, aguas negras sobre el arroyo de las calles, primero probó el terreno iluminado un gordo zancudo que ya se saboreaba mi sangre en aquella honda oscuridad de mi habitación.
Bajo una y bajó otra vez a la pantalla.}
De un movimiento rápido, lo aplasté sobre la superficie brillosa.
Me mantuve al acecho.
Mientras Thana Alexa iluminaba la noche con su voz, la podía escuchar en los audífonos.
Puse en primer cadáver a un extremo de la pantalla.
Bajo el segundo zancudo león dispuesto a vender cara su vida, corrió con la misma suerte.
Entrada la noche mi alma se sintió pesarosa, pero combatí el desgano con pluma y cuaderno, me puse a obtener figuras -rostros-, con la técnica de las líneas oscuras.
Mi cerebro tiene eso, pasión.
A la primera hoja rayada me sorprendió el resultado, busqué un segundo dibujo, y un tercero. Para ese momento nada sabía de pesares, mi alma estaba en calma, congratulada. Pensé que el trabajo de las imágenes podía compartirse en redes sociales, les tomé foto.
Con ese ánimo de resistencia y esfuerzo abrí el libro sobre la tan llevada designación de literatura. Me gusta tocar los lindes de la lectura cuando la noche refresca.
En el extramo superior derecho de la pantalla quedaron los cadáveres de los insectos, a la manera de señal que delimita el territorio del lector.
A la muerte de los zancudos sabía bien lo que vendría.
La crónica que registra el asalto de los temerarios insectos, una noche pasado el aguacero atrasado que cayó sobre los Valles centrales

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