César Rito Salinas
Las dps figuras que se mueven bajo el sol emiten su llamado con tonos repetidos de la flauta (el sonido de la adolescencia), la música llama a los clientes en el mediodía de calores en que se hunden las horas de marzo antes del canto de las chicharras.
Sobre la calle larga que nace al pie del monte dos afiladores se encuentran; uno, camisa blanca, empuja una sola rueda con el dispositivo de metal donde carga el esmeril, desciende; el otro, camisa manga larga de mezclilla azul, sube en la bicicleta que en parrilla trasera carga la piedra de afilar. La gente cierra puertas y ventanas a piedra y lodo para proteger sus pocas cosas del calor y la delincuencia. En la calle Presidente Juárez los afiladores llaman con insistencia. Uno sube (Clan de la Tortilla Grande), el otro baja por la misma calle (Clan de la Tortilla Dura).
El estiaje azota con maldad San Martín, la calle reverbera mientras estacionado zumba el motor del camión cisterna junto a la banqueta, vende agua; desde la parte alta de la calle se puede ver al fondo del valle la iglesia de Santo Domingo, que mantiene en lo alto de su cúpula la bandera vaticana, blanco y amarillo; al pie del monte, el río de aguas negras corre lento; arde el puente Valerio, con sus barandales pintados de amarillo.
El afilador en su bicicleta sube la cuesta, desde temprano empezó su trabajo, antes que apretara el calor. El afilador de a pie empujó la rueda a buena hora, pasó a visitar clientes que una vez por semana requieren sus servicios.
Los dos se encuentran por la Escuela Secundaria 106.
Las casas en la colonia Margarita Maza se distribuyen por el oficio de sus moradores, junto a la escuela viven las mujeres que trabajan en la cooperativa escolar, los hombres que se dedican a la carpintería; más allá, mendigos, roba carros, policías, albañiles. Todos afilan puntualmente cuchillos, navajas, el machete.
En el mediodía paró el escándalo de las chicharras, los dos afiladores se encontraron en el cruce de las calles Presidente Juárez y Plan de Ayala, uno subía, otro bajaba.
Los vecinos, al escuchar el silencio, se asomaron para ver qué pasaba.
En la banqueta estaban sentados los dos afiladores, sudorosos bebían su Coca. Uno, el de camisa blanca, miraba la bicicleta con dispositivo para la piedra de afilar; el otro, camisa de mezclilla, miraba la rueda recargada en el árbol de güizache, se diría que los dos cargaban rencores.
¿Qué país es este que sólo ofrece el oficio de afilador a sus hombres?
- Duro el calor.
- Duro.
Volvieron las chicharras a
con su canto grande, que ocupó el espacio grande cielo y tierra.
En la esquina un hombre viejo que esperaba el urbano miró con descaro el culo a una joven que pasaba por las tortillas del almuerzo. La gente se arma de diversos motivos para salir a la calle y enfrentar la desgracia, el calor. En la esquina, una mujer flaca esperaba clientes en la estética, peluquera, mascaba chicle; de la tienda del pastor salió un perro.
En la banqueta los afiladores guardaron silencio, en la calle, durante las horas del trabajo, lo mejor era quedarse callado.
Los afiladores bebieron su refresco en silencio, algo más que sudores les habían dejado los años de caminar las calles, la experiencia indicaba callar en las horas de sol, para no desperdiciar energías.
Ya de regreso, en la sombra fresca de su cuarto, al momento de contar el dinero de su trabajo, el afilador también guardó silencio frente a la mujer. - ¿Cómo te fue?
En la calle la música llama a los clientes con tonos agudos, largos, que ocupan el espacio de las palabras; en casa, el afilador confiaba en el silencio.
Junto a la rueda atento escucha la canción del metal. La música guía sus manos, el canto de la piedra le indicaba el afilado perfecto. En los ojos colorados de la chispa, la lumbre, estaba el sonido de su sangre; sus pulmones reconocían el filo cierto, el canto medido al pasar el fierro por la yema de sus dedos, lo confirma.
Las pocas palabras saben todas las historias, los metales tienen la lengua que nunca muere.
En su trabajo, su mano fue la mano del padre amoroso que sacrificó la res para celebrar la fiesta de quince años de su hija; por un momento, también, su mano fue la mano del parricida.
El acero sabe del hambre, necesidad, persecución (todas las historias que corren por la tierra).
El afilador será confidente de la piedra: antes del acero fundido corrió tras el enemigo en la guerra florida, luego, fue peón alzado en la revolución, estuvo al servicio de Felipe Ángeles. - ¿Cómo te fue? –pregunta la mujer.
Sobre la calle Presidente Juárez los afiladores se marchan, uno al Sur, otro al Norte; empujan la música sobre la calle colorada de historias y calores.



