jueves, abril 23, 2026

San Pedro Jicayán, cuando el canto abre la luz

Debes leer

Por Arquitecta Minerva Reyes

Todavía no existe el día.
La oscuridad forma un manto espeso que cubre la Costa, como si la protegiera del ruido del mundo.

Camino despacio, casi sin hacer sonido, como si temiera interrumpir el sueño profundo de la tierra. El aire huele a humedad antigua, a palma que guarda secretos, a maíz que respira en silencio dentro de los costales.

El cielo es un cuenco oscuro.
Un recipiente en espera.

La comunidad de San Pedro Jicayán duerme todavía, pero no del todo: hay un murmullo leve, un pulso que se siente en los pies, como si la tierra misma estuviera acomodándose para recibir el amanecer. Este es uno de los antiguos asentamientos que tributaban a Tututepec, el gran centro religioso donde la lluvia era diosa y destino. Aquí, en estas laderas, la gente aprendió desde tiempos remotos a escuchar el agua, a leerla, a pedirle.

Avanzo.
El camino de tierra levanta la línea tenue entre sombras.
Los perros apenas yerguen la cabeza a mi paso.
Las hojas de los árboles se mueven con un susurro que parece un rezo.

Y entonces, sin aviso, ocurre lo que siempre ocurre primero:
un ave rompe el alba con su trino.
Un sonido pequeño, pero tan preciso que abre una grieta en la oscuridad.
Más allá otra ave responde.
Y otra.
Y otra.

El canto se expande como tejido que se va borda solo, la tierra semeja una gran manta bordada por mujeres.
La montaña, el río, los techos de lámina, los huertos, todo empieza a vibrar con esa música primera. Es un llamado. Es una ceremonia. Es la forma en que la vida costeña anuncia que el día está por nacer.

Me detengo a escuchar la voz que sale del aparato de sonido.
Respiro.
Siento que estoy frente a un altar sin paredes.

No hay arquitectura más antigua que este coro.
No hay templo más vasto que el cielo antes de la luz.

En la iglesia, la penumbra todavía domina.

El edificio se levanta como un cuerpo que aprendió a sostenerse durante siglos. Entro. El sotocoro es un refugio de sombra tibia (¿cómo fue que se integró el antiguo barroco a estas tierras?). Allí cuelgan las cruces: oscuras, gastadas, llenas de huellas. Cada una parece un pequeño archivo de la comunidad donde manos anónimas han pedido lluvia, manos que han agradecido cosechas, manos que han llorado pérdidas.

El rezo ya empezó.
No es un rezo fuerte.
Es un murmullo que sube desde los bancos como un vapor.
Las mujeres inclinan la cabeza.
Los hombres cierran los ojos.
Los niños observan, atentos, como si aprendieran a escuchar el mundo desde adentro.

Aquí, el pedimento no es solo un acto religioso.
Es una conversación con el territorio.
Es un pacto con la lluvia.
Es recordar que antes de los santos, antes de las campanas, antes de los muros, ya existía el dios del agua, el que abre los surcos y sostiene la milpa.

Miro las cruces.
En ellas puedo ver la historia de un pueblo que supo resistir desde la fe, desde la tierra, desde la palabra.
Cruces que han visto pasar tormentas, sequías, nacimientos, despedidas.
Cruces que han escuchado el mismo ruego durante generaciones:
que la lluvia llegue, que la tierra responda, que la vida continúe.

Afuera, el canto de las aves ya es un tejido completo.
La luz empieza a insinuarse en los bordes del mundo, tímida, como si pidiera permiso para entrar.
Primero es un resplandor leve sobre las hojas.
Luego un trazo dorado sobre los techos, un brillo que se posa sobre la piel.

Respiro hondo.
Entiendo que el trabajo aquí no es solo valorar un espacio, proyectar acciones de vivienda.
Es escuchar lo que sostiene a la comunidad cuando nadie la mira.
Es reconocer que la arquitectura también nace del rezo, del pedimento, del canto que antecede a la luz.

El sol rompe la línea del horizonte,
San Pedro Jicayán ya está despierto.
Pero el día no lo abrió el sol.
Lo abrieron las aves,
esas pequeñas guardianas que recuerdan, cada madrugada,
que el mundo empieza cantando.

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