lunes, junio 8, 2026

La división de los mezcales

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César Rito Salinas
Y yo estaba atento y trabajaba
CRISTÓBAL COLÓN, Diarios
Frente al palacio de Bellas Artes abren sus puertas una papelería, la cantina El Florida y el hotelito cochino, frente a la casona que ocupan indígenas desplazados de Oaxaca; de noche, la calle López permanecía silenciosa mientras la luz mercurial en avenida Juárez se dejaba caer sobre motos y autos que corrían veloces.

  • Si el silencio es Dios –dijo ella-, sólo el teporocho conoce a Dios porque guarda silencio mientras bebe.
  • El instinto de conservación lleva la vida –dije-, las palabras intentan conservar la vida; el ebrio carece de esa reacción instintiva; en silencio se guía por el sonido del licor que se agita en la botella y desde ese sonido contempla el mundo, a veinte centímetros de sus manos donde mantiene el trago.
    Ella se levantó y apagó la luz, fue al baño y volvió a la cama desnuda, el cuerpo impregnado de perfume; acomodó su cabeza en mi brazo, dijo: “nunca seré tuya”.
    La ciudad ardía de calores, era el espacio del mar, pero sin mar, puro aire caliente sobre piedra y arena, ausencia; yo sentía que el calor entraba por la ventana, cargada de zancudos. Tuve necesidad de encender un cigarro, la ausencia de tabaco clavó su aguijón de plata en mi pecho. No me quise mover, cerré los ojos. En aquella oscuridad ella empezó a hablar de su abuela y del mar, yo tenía en la cabeza sus ojos color miel; pude ver el mar de su infancia, su rostro contra la brisa, el sombrero; “me gustan los sombreros”, dijo.
    En la oscuridad de la habitación acaricié su pecho, sus caderas; entre sus piernas, el perfume me llegó desde lejos, pegado entre su cabellera y los hombros. Guardó silencio –el mismo silencio que corre fortalecido entre lo eterno-, pude oler su axila transpirada, detenido sobre brotes pilosos. Bajé por una escalera sin peldaños, blanca como la playa iluminada por la luna. Ella dijo, “no quiero que me mires”. Yo andaba por el borde de su ombligo, podía escuchar su respiración, sentí sus latidos en la boca de su estómago, percibí el olor de su entrepierna. Cuando empujé su mi quijada contra su cadera ella se volteó sobre su lado derecho. Yo andaba por lo alto de sus nalgas, pude sentir que mi rostro se hundía en la piel suave; era la playa del mar bajo la luna, entre la noche y la necedad yo buscaba un punto entre aquel silencio oscuro donde mi lengua buscaba posarse.
    Me sentía ebrio. Tanto silencio ensordece, hay negruras que afligen.
    Sentía el calor de sus muslos transpirados contra mi pecho, mi mano flotaba en el aire como si mi cuerpo estuviera en el mar que me tragaba.
    Ella hablaba del mar, con ella abajo estiré los brazos, agarré las sábanas; no alcancé nada, todo era aire caliente entre el piquete de los zancudos, perdí la voluntad. Sólo era un náufrago en el mar caliente de las sábanas blancas, me aferré a sus caderas.
    En la habitación oscura mi lengua trataba de alcanzar una certeza, el nacimiento de la división de los mezcales entre su respiración agitada y el silencio. Como en el mar de su infancia, ella se agitaba despreocupada.
    Yo había fijado en mi memoria su cuerpo, metido en la oscuridad seguía mi impulso hasta que la punta de mi lengua tocó un relieve, bordes -un claro promontorio-, el borde indicaba el final del camino.
  • Cabrón –dijo ella.
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