Como habrán de saber, llevo cuarenta días haciendo un viaje en torno a mi cama. No es desvarío o despiste para dejar a nadie con la sonrisa o la sorpresa pintada en los lentes. Este viaje empezó un día que escuchaba un concierto de oboe de Bach, y todas mis pretensiones de obviarlo terminaron resbalando de mi cama al piso. Y empieza el viaje llevando como compañeros a un pato y a una cantimplora de agua abastecida con suero. Como todos sabrán, la cama está dividida en cuatro orillas, dos largas y dos cortas y hacia el centro se van organizando las vías casi de la misma medida como en un juego de serpientes y escaleras que dejan visible el punto central. Como verán, se tienen varias opciones de viaje en una cama simple y común, tomando cuidado que una ciaboga, sobre todo en la orilla, no te vaya a dejar buscándole imperfecciones al piso.
Mi primera ruta fue circunavegar el borde, con mi pato y mi cantimplora espaldados en la tonsura de los omóplatos. La apostilla sería que la cantimplora sustentaba los hábitos diurnos y el pato los nocturnos. Y bien, inicio la primera parte del viaje en el punto donde el sol asoma bajo un cielo rayado, este sol se asemeja a una flor voluntariosa que, al saberse incapaz de alumbrar procura ser interesante a la vista destacándose frente a un cielo inusual por estar coludido con una plancha de rayas que sobresalen casi hasta claras sobre un fondo presumiblemente café. No hay souvenir en el tránsito, solo el recuerdo de un sol vivaz pero inocuo.
El siguiente punto de arribo es una luna, preciosa pero agotada, persuadida que qué, al no poder alumbrar, debe por lo menos coquetearle al viajero con su indumentaria de luna, ve tú a saber si menguante o creciente, pero luna en toda la extensión de la palabra. Hay espacios vanos en el trayecto; como en todo viaje, hay zonas sin atractivos visibles, aunque fijándonos bien el cielo nunca deja de ser un atractivo, ni la planicie del mar tan azul y misteriosa. Aquí tendremos que elucidar el hecho en dos sentidos: el cielo es café claro y el mar café oscuro: resolvemos así con pronta valía el argumento inobjetable de este viaje de cuarentena.
Estamos por concluir el trajín del viaje, nos lo hace saber una estrella de cinco picos colocada al centro de la cama que nos sirvió como pretexto para el singular periplo. Abordar esta estrella es impregnarnos de infinito para volver a la vida complaciente y agradecido con todos los amigos que se sumaron al deseo de que mi viaje concluyera bien. Es un infinito de nombres, pero sepan qué hay lugar para todos en mi corazón. Ese infinito de nombres es un infinito de gracias, de certezas y de ese cosmos prometéico que se asemeja al alma comprometida con todos, al final de este viaje llevando como compañía una cantimplora y un pato correspondiéndose a la inversa para ser compañía de este viajero cuarentenario en deuda con el mundo. Bajan en la siguiente estación, por favor. ¿Equipaje? solo una cantimplora y un pato. Muchas gracias.
Fernando Amaya
Mar del Sur, marzo del 2021.



