Fer Amaya
La lluvia arreció cuando trasplantamos con mi padre el árbol del saber.
Vaya, un árbol común, como el resto de los árboles; solo que, en lugar de manzanas, procreaba libros.
-Arrímame esas lajas,-me dijo casi al final,- hay que hacerle su corral de piedra, pues no faltará un mordullo o una polilla desastrosa que quieran aprovecharse de lo logrado.
Un poco antes habíamos amontonado arcilla muy cerca de su tronco, a objeto de rellenar la cepa donde quedó plantado:
-La arcilla retiene la humedad que propicia la savia y todo lo demás- volvió a apostillar mi padre en aquella húmeda mañana de verano.
Al tal árbol lo plantamos ya cargado de frutos, en este caso de libros sabrosos y apetecibles.
-Vamos a aprovechar estos que ya están- apuntó mi padre- así lo motivaremos a que nos provea de otra cosecha de libros inspirados en estos.
Tal cual fue, leímos El Quijote, y el árbol nos lo repuso con Tartarín de Tarascón y La conjura de los necios; dimos cuenta de La Biblia para legos, y el ramoso nos hizo entrega de La Comedia, con la efigie de Dante ornando la portada. En esa primera sobre-cosecha hubo reemplazo para La Ilíada, no así para La Odisea, entendidos que, estas obras valiosas fueron escritas con una diferencia de dos siglos por la misma persona.
Con una limitante pesarosa, el árbol sólo replicaba endosos de la épica; por tanto, por cuenta de él no supimos qué nos abundó Hamlet, mucho menos quien fue el precursor de Tierra baldía.
-Habría que buscar otra especie- acotó mi padre- en esto de los árboles del saber debe pasar como con los mangos, hay de diversos géneros, e incluso hay híbridos.
Con esto, agradezco a mi padre el emplazamiento o siembra de ese primer árbol del saber. A las siguientes generaciones les corresponderá plantar y cosechar lo que queda pendiente.



