jueves, abril 23, 2026

María Sabina, exilios

Debes leer

César Rito Salinas

María Sabina supo lo que cantaba, “conozco al juez”.
Dijo:
Soy la puerta del burdel que se abre y cierra con una clave
Soy el viento que tiene la clave
Soy la boca que repite la clave frente a la puerta cerrada
Soy la puerta oscura del burdel

La mano se acerca al gua para anticipar el futuro. Sobre el agua se hicieron los días.
Soy personal subalterno de la marina mercante, la Capitanía de Puerto me extendió un documento que acredita mi capacidad para desempeñar un cargo a bordo de una embarcación. Antes de zarpar, por disposición presidencial, tuve que leer cláusulas y artículos de la Ley de Navegación y Comercio Marítimos. Mi nave cuenta con pasavante y despacho donde se detalla la carga y medida de la bodega; y eslora de nuestra embarcación.
Ella dijo:
Necesito una máquina para cortar el cabello.
Músicos y cantantes fueron excluidos del pueblo por la iglesia, traían la fiesta en la piel. Algo de los indios mexicanos viajó al Mississippi, así lo demuestran los documentos que registran las primeras danzas africanas en Congo Square, hoy conocido como Louis Armstrong Park.
Suena el canto del hombre para dar cuerpo a la tristeza. El indio saca el sonido del morral, de la vaina de su machete. Canta el huaracho (hay una constelación huaracho) como animal de monte a la luna y al camino. El canto del indio trae la historia de los caminos. Los necesitados se mantienen en movimiento, encuentran en el viaje las razones de la existencia.
El poeta Jerome Rothemberg llegó a México en el verano de 1979 para negociar la publicación y traducción al inglés de Vida, el documental de María Sabina: Mujer Espíritu, de Nicolás Echeverría. María Sabina, la mujer del huipil con pájaros y flores que comía Niños Santos.
El primer grito viene de la mujer.
La segunda medicina es la música del cuerpo. La música, con saltos en el aire, llama a las cosas perdidas. La llave despierta, inesperadamente, desata la furia del cobre porque entiende que otra ocupa su lugar en el llavero.
La música llama al Dios de la Guerra que juega en la calle con los perros; despierta a los muertos que prestan oído al viento que se unta a los caminos; los ofendidos, que mantienen bajo la lengua una diminuta piedra; los marginados, que llevan en el pecho todas las canciones.

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