César Rito Salinas
Nunca he intentado hacer
un cuadro genealógico de las individuales
espirituales.
MICHEL FOUCAULT, ¿Qué es un autor?
La literatura es un río que fluye
con ideas de todos
ISABEL ZAPATA
Tú eres también lo que fantaseas.
Hay momentos de hondo lirismo, ¿dónde quedan al momento en que alguien escribe y firma con su nombre aquellas letras?
Se trata del autor, ¿quién le otorga las palabras?
Se trata de un bien común, del uso de una propiedad comunal.
Y lo que se fantasea, ¿a quién le pertenece?
Camino por la noche del domingo, escribo. Catalina corre, juega. Se detiene de pronto y, como si olvidara algo en la estufa, vuelve la mirada para cerciorarse de que escribo. Juego.
Me olvido sobre el trasto de las palabras, alguien que no soy yo toma mi nombre, mis manos, mis ojos en mal estado y escribe.
Escribo, salgo de mí y veo correr a Catalina, juega con sus pelotas, las sonajas, las cintas. Juega y me cuida, con toda la seriedad que le permite jugar y vigilar.
No alcanzo a saber qué es lo que sabe Catalina de mí, qué es lo que detecto con su institu animal, que cuando paso muchas horas frente al trasto de las palabras se apura, sube al escritorio y con sus garras ataca mis dedos para que pare de mover las manos sobre los cuadritos negros del teclado.
En un primer momento, cuando observé esta conducta de la gata, pensé: Catalina me cuida. Pero al ser recurrente en horas de la noche, llegué a ver que Catalina se apura cuando me observa sentado frente al trasto. ¿Y si Catalina piensa que ella es la dueña del trasto? ¿Y si Catalina se siente la dueña de las letras y del trasto y me detiene cuando no puede estar trepada en el escritorio?
La otra noche escribí algo sobre la salamanquesa. En lo alto, allá donde hace esquina el muro contra el techo, la salamanquesa me mira. Tal vez distinga en la pantalla las letras y asuma que lo que se forma en el aire, aquello que carece de cuerpo como los fastasmas y las letras, le pertenece.
Escribo la escritura de la salamanquesa.
Los cuadernos en el escritorio me miran, de alguna forma esta escritura también les pertenece. Sus hojas están repletas con mi letra torcida, ansiosa, con el nombre -el asterisco- que marca los temas que abordo en esta escritura nocturna. Escribo lo que dicen las letras que carga el cuaderno.
¿Esta letra es mía?
La gata pasa, se trepa en la ventana.
Me ignora.
¿Qué es lo que pongo yo a esta escritura?
La cuarta y quinta vértebras dañadas.
Mi cansancio.
La mala vista.
Porque la lengua es de todos comparto estas letras, las recirculo, allá van las letras para que otros ojos -quizás un par sano- la tomen y la compongan, le otorguen sentido.
Entonces escribo, me traduzco.
Saco a la luz algo que no me pertenece.
Catalina se trapa al escritorio y me hinca sus garras en la mano.
Me interrumpe.
Paro, me detengo.
El silencio crece en la habitación.
Me mantengo con las manos separadas del escritorio, sin tocar la máquina. Catalina pasa, me mira amenazadora, me vigila. Cuando ella se aleja vuelvo a escribir, retomo la oración, la idea, el párrafo. Pero ya en el tiempo que fue detenido en las letras aparece otra intención, una que desconozco.
Escribo dos palabras: escandir, adyacencias.
Escribo
Un día en El Salón de la Fama, frente a unos mezcales, Eusebio Ruvalcaba me dijo que escribiera tanto como me fuera posible.
Escribe, dijo, la escritura no te pertenece, quien la dejó olvidada en tu persona un día recordará dónde dejó sus letras y volverá por ellas.
Pienso en Rufo.
Eusebio fue alumno de Rulfo.
Escribo.
Esta escritura le pertenece a un desmemoriado.
Para orientarme en el mar de dudas que me dejan estos temas de las letras, leo dos textos de Michel Foucault, Las palabras y las cosas y ¿Qué es un autor?, aquella conferencia que dictó en la universidad de Buffalo, en 1970. Pero pensé que, para aclarar mejor las dudas, lo más indicado sería armar un texto a manera de ensayo.



