jueves, abril 23, 2026

IAGO Juárez: tres-cuatro gatos rondan entre libros

Debes leer

César Rito Salinas
Se podría decir en términos generales
que el haikú consta de cinco temas:
primavera, verano, otoño, invierno
y Año Nuevo.
Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haikú japonés

desde la borda
el puerto muy lejano
entra tibio al mar.

El libro pudo estar en manos de Toledo.
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Carver, Raymond.
Curta de forros:
Tiene una inesperada capacidad de provocar una impresión fortísima (…), el destino de la gente corriente (…), engañosamente simple y coloquial.
Iago Juárez, tarde de marzo.
Tomo el libro que me ofrece el bibliotecario, busco asiento en la sala.
La loseta ilustrada canta, está suelta, el piso suena a pisada que dan los lectores, ¿por qué lo bello resulta poco práctico? Silencio, tomo siento asiento en la larga mesa.
En la semana estuve pensando inscribirme al curso de Paul, por fin lo hice; en la biblioteca busco el libro. Carver.
Sentado, con el libro abierto, me doy cuenta que olvidé pluma y papel en la bolsa que dejé en la entrada. En cada lector mora el olvido. Solicito persono al bibliotecario y salgo a buscar con qué escribir.
El cambiar modificar el modo aprendido en la adolescencia resulta difícil, arduo. Los hábitos con que se practica la lectura son inamovibles.
Leo y escribo, no hay remedio.
Leo en casa, por jardines públicos y burdeles. Cantinas. Cafés. Pero no acostumbro leer en la biblioteca del Iago Juárez. Menos, sin tener dónde escribir.
Dejo el sombrero sobre el respaldo de la silla.
Abro el libro.
¿Por qué en la biblioteca siento que todos me miran?
Carver me atrapa con su prosa.
O debo decir que me atrapa el editor español que escribió la cuarta de forros, la solapa. Me atrapa la tontería de los españoles, el uso del lugar común para presentar al público analfabeta funcional los relatos de un autor gringo. Pasan los minutos, regresé a la mesa con tres tarjetitas blancas, de cinco por doce centímetros.
La escritura se contiene en un embalaje estable, el formato.
Escribo con letra pequeña, escribo. En mi cabeza están las palabras del reseñista: el deseo lujurioso de narrar.
Busco la lujuria de Carver.
Avanzo entre páginas. Por lo regular traigo un buen ritmo de lectura, unas cincuenta páginas en la primera sentada, resulta tan corto el tiempo para leer lo que hay que leer.
La lectura genera ansiedad, las lecturas pendientes por hacer que también cuentan, forman la cuenta por pagar.
Esta tarde pude escuchar una entrevista de José Emilio Pacheco, habla de su enfermedad profesional que lo llevó a pasar mucho tiempo con la cabeza metida en el pecho, en esforzada posición de lector.
Me duelen los pulmones.
Avanzo en la lectura del primer relato, pero vuelvo a la reseña: un escritor localista.
¿Qué quieren decir con un escritor localista?
Faulkner y Carver, “ambos se sienten a sus anchas en lo que podríamos llamar el infierno de la región donde nacieron”.
Pinches españoles, editan con el corazón puesto en los tiempos de Franco, con la patria metida en el culo.
Entre los estantes repletos de libros descubro una ventana abierta. ¿Qupe hace la luz sobre los libros?
Afuera pasa el camión urbano, o el urbano frena sobre Avenida Juárez.
El rechinar de llamas y balatas al frenado llega hasta mi asiento.
Leo.
Lenguaje oral, “un auténtico falso”.
Los reseñistas viven en la estratósfera, escriben para el público lo que sale de una lectura hecha de sus retorcidas entrañas.
Pienso esto: no se le puede encargar a un envidioso que haga la presentación de un autor con prestigio, las editoriales deberían proceder con más cautela.
En el asunto de los libros imperan las bajas pasiones, así lo muestra Almadia en pleitom contra los escritores de Oaxaca.
Entra la tarde, en la atmósfera flotan los recuerdos. En el silencio de la tarde que muere, en su luz que agoniza, la tarde bermeja.
La primera biblioteca a la que entré en mi vida fue a la que abría sus puertas en la Casa de la Cultura de Tehuantepec, en la casona de San Sebastián.
Me inicié como lector municipal.
Entré a buscar libros por la bibliotecaria, una chica delgada de cabellos hasta la cintura; la imagen de la tarde que muere entre libros me recuerda a las mujeres delgadas con cabello largo, esbeltísimas.
Y en el aire de Tehuantepec había un olor cítrico, limonado.
El libro que tenía entre manos estaba muy usado ya, sucio en sus bordes, lass páginas.
Pinche Paul, pensé.
Suenan las campanas de las seis de la tarde. ¿Por qué en la biblioteca pesan las atmósferas de la nostalgia? Por eso no tienen usuarios, nadie acude a un sitio para entristecer.
En la tristeza ocurre el tiempo.
Levanto los ojos del libro, tres-cuatro gatos permanecen en silencio, con la cabeza gacha.
Escribo en tarjetitas blancas.
Sobre el rabillo de mis ojos se estaciona el tiempo.
Hasta mi rostro sube el olor de la tinta barata del bolígrafo.
Leer provoca hambre.
Saldré a la calle y entraré en la panadería, compraré panes, llegaré a la biblioteca Henestrosa por Angélica, caminaremos juntos.
Hasta aquí llegué para buscar un libro, la escritura de un autor; encontré el tiempo que se marcha y no vuelve más.
¿Por qué entré a la biblioteca?
Para hacer tiempo, porque el curso de poesía en la Henestrosa termina hasta las ocho y eran las cinco; quedé de pasar por Angélica.
Ah, si.
Entré a la biblioteca del Iago Juárez por el curso que dará Paul este sábado, a las once.
Todo ocurre tan lento sobre Avenida Juárez.
La tarde, la biblioteca, el recuerdo de mi pueblo.

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