jueves, abril 23, 2026

Final tan-tan

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César Rito Salinas

Mira que poner el punto final. Mira las bolas que tiene para decir hasta aquí, punto, basta ya, se acabó. Todos a casa.
De aquel juego no se volvió a hablar. La tarde estaba con chipi chipi -agüita sonsa que no apesta ni hiede, pero empapa-, pudimos haber sacado el impermeable, la capa de plástico, no, salimos con la camisetita, así nomás. Si total, para llegar al campo y ver el juego de pelota solo era eso de pedir permiso a la madre y cruzar la calle y estar allá. La tarde era un batazo corto al campo corto antes de pegar el batazo largo de vuelta entera. Pasó el prieto Juan, sacó un podridito al cuadro. Nada nuevo en esos batecitos chorreados, ñengos. Juan hace tiempo dejó de pegar uno bueno, será que lo de traer de novia a la María le puso la vista chorreada, la pelota es así, celosa. Cuidadito y se entera que andas de culerito alegre porque se va, te deja, ciao. Te abandona si dar explicaciones, y no hay pasado que valga, de nada sirve la fama, el reconocimiento, la frialdad de los números. Así, picudita la cosa. Nada de que de brinde tantito tiempo para que entre el juicio a tu cabeza loca.
Nada. La pelota no espera.
__Mucho cuidado con el agua, la lluvia de agosto es traicionera -dijo la madre.
No hicimos caso, ya teníamos un pie afuera. Mi hermanita Mariana se quedó en la hamaca, andaba en esas tardes en que se pone seria y reta, para el pico y cobra fuerza. ¿Qué pensaría Mariana cuando salimos al campo bajo la lluvia? No lo sé, puso trompa. Afuera caía la lluvia por rachitas, a veces apuraba, a veces pura brisa. Total, que para que nos tomara en cuenta el míster decidimos salir recién terminada la tarea, esa es la regla para jugar pelota que impuso la madre, primero la tarea y luego las cosas taradas, acá que el que no estudia no sale. Así se la pasaba el día, el que no come no va a la esquina con la pandilla, en la noche el que no va por los panes al mercadito amanece de burro castigado y hay que lavar trastos, baño, el corredor. Y madre y su mirada que no se despega de la espalda, falta acá, limpia bien, ¿porqué dejas las cosas malhechas? ¿Así van a ser con la novia?
Y dale que dale, la madre con esa palabra del futuro, la novia.
Si no dejaba tiempo ni para tomar agua ni para nada.
Todo era deberes.
Por eso cuando corrió la voz de que se armaría el juego contra los del barrio de arriba, hicimos los deberás por anticipado. La tarea, el corredor, el baño. Pusimos a hervir el agua y la bajamos de la estufa sin tirar gota, no dejamos nada de charcos en la cocina. Si nos pedía hacer la cena para el día del partido, la hacemos. Qué nos duran los deberes, si el juego es primero. Antes que las clases, la tarea o lo que venga. Así que allá nos tienes, me tocó de cachita, lanzaba Luis, el zurdo. Pedro mi primo me prestó la manopla que le diseñó su padre, tío Alberto, porque la palma de la mano queda bien adolorida de tanto recibir la tremenda pelota que se deja venir a tal velocidad que aúlla, silba, quiebra y requiebra de la loma al home, Zum, zum. Cuidadito y cierras los ojos, tienes prohibido por el míster cerrar los ojos. A rajarse a su pueblo, te grita. Con los ojos pelones. Bien pelones. Pero aquella tarde fue la de los compromisos y sorpresas. Compromisos porque nadie le sacó a jugar con la agüita, nadie. Todos en sus puestos, cagados y meados como dice abuela Toña, y listos, muy listos. El juego se llama muerte y nadie se lo quería perder, menos contra aquellos que el mes pasado nos dieron la paliza, menos con los de arriba.
Mocos pretensiosos, alzados, unos mierdas. En la apertura del primero salimos mal, dos en base. Y a remontar, remar para arriba, joderse. El pichita se puso bravo, valiente, lo recuerdo y me arde la mano. Sacó el inning, colgó el cero. Cuando cayó el cero regresamos bajo el árbol de mango que la hacía de casa de los locales, el míster preguntó al primero del orden, ¿cómo te sientes? A esa hora la agüita apuró su paso, nada para asustarnos, el cielo estaba de nuestro lado. Sabíamos que aquella agua no sería causa de suspensión. Tenía que pasar algo grande, muy grande: que nos cayera un rayo, que llegara agua con viento, que se acabara el mundo. Y creo que ni con eso, aquel partido no era para suspenderse. Ni para ser derrotados. Juanito pegó largo, tomó la primera base; vino Chepilito, como segundo, también pegó. Dos en base.
Ya sabíamos lo que nos esperaba al terminar el juego, la madre a los gritos, espantada con aquella mojada que nos estábamos dando. Pero nada nos quitaría lo bailado. Al terminar el juego podíamos sin rezongos salir corriendo al mercadito por panes y tamales, el litro de leche para al cena -para madre y abuela su buchito de café. Café en sobrecito, nunca supe por qué tomaban aquel enredijo si por el puro olor de la hervida se sabía que aquello no era café, era basura.
Ni frío ni calor, agua prieta. El tercero en turno también pego. Casa llena. Con la emoción nadie se dio cuenta de aquel viento, ni del ruido de los truenos. El míster de los de arriba salió a platicar con su pichita, hizo tiempo para que el flaco que tiraba como demonio de rápido recuperara el aire. Zas, zumm. La bola, caliente. Cuando Alberto mi hermano se acercó al circulo de espera para agarrar turno, cayó el rayo, nos agachamos como si con agacharnos nos librara de aquella fuerza, aquel retumbo. La luz cegadora vino de allá por el center, cuando abrimos los ojos el míster de los de arriba juntaba a su gente, los contó uno por uno y nadie faltaba.
Nuestro míster dijo a darle, pero Alberto no estaba en home. Lo echamos a buscar, nadie pudo hallarlo. Volteamos a la casa, la puerta cerrada. Por allá venía mi hermanita Mariana corriendo, llegó a decirnos que mi hermano estaba metido en el baño de la casa, con las tripas de fuera de puro miedo. El míster dijo, quedamos incompletos, habrá que parar el partido. Mariana con toda la calma agarró para el home, con la cara sin gestos como cuando se queda en la hamaca, trompuda. Que nadie hablara de su hermano. Llegó el círculo de espera, tomo el bate, se puso el caso. El vestidito naranja agitaba su vuelo con aquel viento con agua que no paraba. Llegó al home en posición del bateador. De lo que sigue no quiero acordarme, a la primera pichada doña blanca voló y voló. Batazo. Punto final. Los de arriba le echaron la culpa al aire, el rayo, al aguacero -qué aguacero iba a ser si puro chichi chipi era. Marianita puso el punto final de aquel partido que nos puso a temblar las piernas, cuando dio la vuelta a las dos esquinas nadie llegó a festejarla. Todos agarramos las cosas y nos retiramos. Punto final, tan-tan.

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