jueves, abril 16, 2026

El tren de Santa María Reoloteca

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César Rito Salinas

La imagen de un tren en marcha me hace recordar el futuro que fue. Una mañana de viento fuerte madre nos despierta para que vayamos a la escuela. 7:30. Barrio Santa María, Tehuantepec.

Los cimientos de las casas no resienten aún el paso de la máquina. 7:30. Hora de ir a la escuela.

Enfrente está el futuro, el progreso, la educación.

El paso del tren nos indica el tiempo del futuro. La tierra tiembla. Allí está cerca de nosotros el tiempo de una vida mejor. El tren del progreso lo indica. Mientras tanto, a tomar con prisa el desayuno y los útiles escolares, a prepararse.

Ya se cimbran las casas, se acerca el ferrocarril al barrio Santa María.    

Digo tren y mi cuerpo siente la tibieza de las sábanas de ni niñez. Madre se preocupa por la salud de sus hijos. Hervía el agua de beber; siempre extendía un postre. Digo tren y la luz del sol es otra luz. El día es otro. Regreso al barrio Santa María donde encuentro refugio contra los males de este mundo, este tiempo.

El tren, viento donde se monta mi esperanza.

Con el tren llegó la primera noticia que tuve de la muerte. Era una mañana de viento fuerte,

la noticia llegó a la casa antes del desayuno. En la mesa padre comentó el hecho: habían asesinado a un hombre junto a las vías del ferrocarril. Allá, por la zona de los prostíbulos. Padre dijo: tiene una mujer hermosa, qué andaba buscando en la calle.

El sol encontró el cadáver pegado a los rieles del ferrocarril. Un muerto, junto al tren.

El tren regresa a las 5 de la tarde. Pasó ya el tiempo de la escuela, de la tarea. Frente a nosotros se abre un patio sembrado de piedras. Allá van los chamacos tras la pelota de futbol. Descalzos corren. Padre nos observa desde el corredor de la casa. En un intento desesperado por anotar el gol, uno de ellos patea una piedra. Le sale un tajo del dedo gordo, sangra. Padre

revisa el pie herido y dice, no es nada. Sus manos seguras arrancan de un tirón el cuero que cuelga. Milagrosamente el dedo deja de sangrar.

Pasa la tarde, pasa el tren. Junto al patio de piedras, ya en sombra, se alarga la carretera que conduce al puerto.

Junto a las vías del ferrocarril se abre el mercado del barrio. El tren es el reloj de los comerciantes.

Antes que pase el tren por la mañana es la hora de poner el puesto. Luego de su regreso es la hora de levantar la mercancía. Así todos los días de la semana. Llueva o truene.

Las mujeres realizan su comercio junto a las vías del tren. Así se lo enseñaron sus abuelos, sus madres. Desde hace años. Así llevan sus costumbres. Antes se hacían las fiestas titulares, en el mercado del barrio, pero dejaron de hacerlas allí para no dar espectáculo ante los ojos de la gente que se la lleva el tren.

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