César Rito Salinas
Comprendan bien, yo quisiera narrar de la forma tradicional –busco el principio, desconozco el final-, pido que me entiendan, les pregunto: ¿qué gracia tendría contar los hechos que anticipan el final?, ¿quién podría hacerlo? Sé que tendré que regresar al mercado, volveré a toparme con el Diablo y su diablito, volverá a pedirme centavos para el mezcal; como en otras veces, los negaré. Salivo. Al mediodía buscaremos sombra, el viento fresco que corree por las bodegas de semillas; puedo escuchar el sonido que producen las pequeñas ruedas del diablito al chocar contra el piso; ya viene, digo que podría contar la historia de otra forma, pero me gana la desesperación.
Monte Albán que nunca se deja atar como tampoco se deja atar la tarde ni la sombra ni la mano lenta que persigue a las palabras, que se afana sobre el trasto como perro que ya se sabe la rutina y de pronto la olvida; viejo perro a la vuelta y vuelta que intenta, se cansa, insiste y olvida, como el desierto que insiste con su arena amarga hecha de luz, palabras. Largo silbido. El viento del desierto está acompañado por algunas detonaciones hechas por arma de fuego y se viste de mil lenguas, todas ellas agitadas entre el sol y el aire seco y caliente como en una película de viejos guerreros donde hay hombres y caballos que avanzan, que corren sobre la lengua seca del desierto sobre la sombra del hombre que camina, que persigue a la sombra que nace entre la arena y el tacón con la tapa torcida, en la bota izquierda. El hombre sin perro, sin sombra con su mano que se aferra contra la luz, sobre la negrura y la guerra.
El ojo de la cerradura me mira, tras la puerta puedo ver la sombra que se alarga y crece entre muebles, la cama, el ropero; el aire que se empoza, se pudre en la sombra.
- Cuenta, tú no me cuentas nada.
Abrazada al ramo de flores mi madre acude la mañana del domingo a la tumba de mi padre, con temblor sus manos recorren la lápida; conversa con el muerto mientras cambia el agua de los jarrones. Sacude el polvo y humedece la plancha de mármol, hace un atado con las flores marchitas, les prende fuego. Los domingos por la mañana sólo mi madre y yo acudimos al panteón, los hermanos mayores se quedan en casa, yo la acompañaba porque soy su hijo último, el benjamín.
En la recámara la sombra quema de caliente; hay sombras democráticas que se comparten. La sombra crece para que arda su imagen sobre las lenguas de la familia, los amigos, las fotografías. Las sombras son la única familia. - En la cama, sí.
A los dieciocho días que yo cumpliera los nueve años mi padre murió. En la vieja casa junto a la carretera pasamos un año encerrados, como muestra de respeto a la memoria de mi difunto padre. La madre ordenó desconectar los aparatos eléctricos, el televisor, la consola y la licuadora. Sólo escuchamos el rezo de las mujeres vestidas de negro que, en los nueve días que siguieron al entierro, levantaron sus oraciones para encaminar el alma de mi padre. Pasados cuarenta días, al regresar de misa, la madre nos alejó del mundo. Sólo abría la puerta para recibir condolencias. Mis hermanos mayores, adolescentes, resintieron el encierro con los puños cerrados, entre golpes. Mi madre, capitana del barco en desgracia, enfrentó la sublevación con decisión de trueno, dividió a los cinco hijos en dos grupos. Rotó la posición de los elementos en esa fórmula, a veces integraba en uno de los equipos a mi hermana –única mujer de la familia-, otras veces la unía a mis hermanos mayores. La familia siempre en pugna como estrategia contra la locura del encierro.
Había pleitos para nombrar a quién tocaría lavar el baño, los trastes; barrer, trapear. Pintar la casa, ayudar al albañil que ampliaba los cuartos que mi madre mandó construir para renta, única forma de llevar sustento a la familia.
Con el pleito entre hermanos por la división del trabajo mi madre buscó darnos carácter; yo era su hijo último, me arrastraba pegado a su enagua. Mis hermanos mayores, adolescentes rudos en un clima de calores, se acercaron al alcohol, la mariguana; yo era el encargado de informar sus faltas, fui un espía.
Mi madre me aseguró que no existía otra forma para hacer de sus hijos dedicaran la vida a honrar la memoria del padre fallecido. Pedía mano dura a los hijos mayores, hubo peleas. Como forma secreta de la defensa, hice alianza con mi hermano un año mayor que yo. Sólo a él comentaba los planes que escuché hablar a mi madre; de ese hermano recibí la primera enseñanza: hay que escapar, los mayores nos desprecian.
El Diablo y su diablito recorren el mercado desde la hora del Tentador, entre camiones de fruta. La sombra sin familia pretende ser vista por nuevas personas, para que conozcan la habitación. Cuando la miro por la cerradura pienso que hay sombras cordiales, que dejan ver los muros que hacen el espacio de cuatro por cuatro; se sostiene de los carteles pegados a las paredes: un músico, una cantante, una flor, un cacto, cactus. A los muros sube, luego baja y se confunde entre los colores del calcetín, escondido bajo la cama. O entre el cadáver de la araña muerta, ya disecada que atisba en la esquina con sus patas largas y peludas. El cadáver canta, todos los cadáveres cantan entre el techo y el muro. La vida toda resulta una enumeración de muertos que ocupan el espacio entre el calcetín y la araña, la sombra. Imagino que la sombra sube hasta la vía láctea, a los nuevos planetas descubiertos. Esos mundos donde brota el agua clara y fresca, cristalina mientras afuera pasa el aire apretado corre cada tarde tras el pregón del panadero.
En el mercado me gusta caminar por la zona de las semillas, detenerme en una esquina repleta con el olor del ajonjolí; al mediodía cuento al Diablo y su diablito el poema Ante la tumba de Dylan Thomas, de Kyra Galván. En la narración altero, cambio, agrego al poema elementos de mi cosecha. La gente dice que era un borracho. Y realmente lo era, en las alcantarillas de la ciudad quedaron como testimonio servilletas cargadas de poemas; a veces me escucho decir lento coche, oscuro portal, pesadas ruedas del tranvía. Repito las palabras de los muertos, que me traen el gusto por lo sonoro, como si las palabras negaran mi existencia. Y me pregunto cómo le haría Dylan Thomas para llenar de garabatos el cielo impoluto.
- ¿Y si se muere el cacto que me vas a regalar?
Yo era un niño con el recuerdo fresco de mi padre muerto que, un día, acompañado de mi madre llegó a la clausura de cursos en la escuela. En el foro yo salía de domador, recuerdo que mi madre una noche antes preparó la ropa: el sombrero de unicel forrado con papel terciopelo negro, la chaqueta azul marino con paspartú dorado como galones y barras en los hombros. Guantes de lunes de homenaje a la bandera, zapatos grandes. Aparecía junto a las bestias, hice estallar un látigo, una rama de ciruelo que en la punta traía amarrada la piola de mi trompo, rodeado de tigres con rayas postizas que, obedientes, saltaban por el aro de fuego.
Mi padre se integró con aplausos a la ovación que brindaron en la escuela al niño domador (¿cómo podría morirse el muerto?).
La sombra es larga, esbelta como un ciprés atado a un moño, listo para regalo. Muy de mañana cuando entra en la habitación y el canto de las aves se extiende, ella, la sombra, se despereza, se esconde bajo el tapete, puedo mirar cuando se juntan sombra y polvo. Pasado un tiempo se recompone la sombra como ave que canta, aunque nadie la escuche: Parece que la sombra abre sus alas, se empequeñece o crece, se agiganta: - Tú no me cuentas nada.
El olor a fruta fresca anticipa la presencia del Diablo y su diablito; en mi cabeza resuena el golpe que producen las rueditas del diablito al chocar contra el piso; nunca supe de qué murió mi padre, los pequeños hijos no se enteran de las razones de la muerte. Sólo recuerdo que cada domingo por la mañana acompañé a mi madre. Puedo mirar la imagen de ella atada al ramo de flores; yo con la escoba a rastras, pegado a su enagua, rezongón camino del cementerio.
Mis recuerdos saltan, se ocultan (las cosas que nos duelen eligen permanecer ocultas), la memoria falla sobre aquello que refiere a la obligada visita de los domingos. A veces ubico el mes de marzo, su amanecer repleto de calores. Los pasos diminutos de mi madre llevan prisa rumbo a la cita del domingo. Habla con el muerto mientras reposa de empujar flores e hijo por el camino. Al ausente le dice sobre la conducta de los hijos, pide consejos para crecerlos, arregla la tumba, se abraza a la cruz de acero que se clava en su pecho, gime; llora, luego calla, seca sus lágrimas, arregla la tumba y emprendemos el camino de vuelta casa. - Cacto o cactus, ¿se mueren los cactus?
El canto de los pájaros entra en la habitación mientras ella, la mujer que se extiende en la cama entre la sombra que crece piensa en la cerradura que mira su cabellera larga, alborotada como la cresta de una palmera; yo era un niño, no podía preguntar, sólo la acompañaba, era su benjamín. Tengo esas imágenes grabadas, mis hermanos mayores se quedaban a limpiar la casa; madre nunca permitió que ellos fueran con nosotros al panteón. La sombra crece de abajo hacia arriba, viene de muy lejos, de la pata de la cama, de la tela de la araña; ella, la mujer tendida en la cama se queda con la mirada fija en un punto, como las figuras que brotan de un espejo, visto desde el ojo de la cerradura o como esas formas que se distinguen si uno pone atención en el cielo antes del aguacero. Cuando me alcanza el olor a pudrición que viene de la playa del río puedo imaginar la gota de sudor que resbala por su sien izquierda, ¿te gusta el mar? Los zapatos en el piso, el tapete ahora ligero de sombra y polvo; su respiración acompasada que avanza sobre la almohada como pez en la pecera. - Loco.
La sombra cae en el trasto de las palabras, las letras, las palabras, el espacio vacío de los renglones, nunca te lo dije, extraño la línea azul de las hojas en la libreta, del trasto sólo escucho el sonido de los dedos que golpean las letras como grito o llanto, canto de los desposeídos, lunáticos que ruedan y no descansan; nunca descansan, perro viejo, solo, dado a la vuelta y vuelta tras su cola larga mientras crece la sombra y el trasto, las palabras, el trasto de las palabras, el trasto de la comida del perro que vuela y se revuelca como en el desierto, el aire, la luz, la sombra, la habitación y no se detiene como una canción que canta en la tarde la araña y abeja montada en la telaraña, cada tarde mientras ella, la araña, se hace invisible para atrapar a la abeja y al sol, la luz, el polvo que vuela sobre la misma luz que cae y se oculta tras el monte de las piedras antiguas. - Cuenta, tú nunca me cuentas nada.
Recuerdo que mi madre antes de volver a casa prendía fuego a las flores que depositamos el domingo anterior; puedo oler el humo que salía de las flores podridas. Un domingo levanté la mirada, en el cielo retumbaban los truenos, pude ver en las nubes cargadas de lluvia, pude imaginar que allá arriba se extendían las formas de caballos asustados por los relámpagos, a veloces veleros y navíos en el inicio de la travesía. Antes de regresar a casa mi madre sacudía su enagua manchada de tierra, cuando ella hincada se abrazaba a la cruz de la sepultura.
Digo que puedo estar quieto tras la cerradura, como una pistola con tanta luz sobre su negrura, como rama seca en el desierto que anda y rueda y brinca y no se está y aparece, desaparece y se oculta bajo la luz sobre la arena, y nunca descansa, nunca se está quieta. Como mil hombres en guerra montados en caballos enloquecidos, y brinca y brinca, la sombra de la rama, y nunca descansa y se agota y se aleja de ella misma, se repudia la sombra que crece mientras el hombre fuma y recuerda y guarda en silencio mientras las palabras arden en su pecho, infernales.



