jueves, mayo 14, 2026

De un viaje especial a Puerto Escondido

Debes leer

No era tan fácil llegar a Puerto Escondido por aquellos tiempos en que había que hacer un recorrido de más de dos horas, desde Chapingo hacia allá, sobre un camino tardado y pedregoso. Te dirigías al crucero de Pochutla, donde abordabas una camioneta de estacas acondicionada con dos tablas como asientos para irse bamboleando por toda la ruta. Pero a mí me urgía indagar acerca de lo ocurrido en la famosa casa de la tía Amanda, lugar en donde se suscitó el lamentable incidente que le arrebató la vida a mi querido amigo Chacalín.

El afecto por nuestro personaje se empezó a hilvanar cuando compartimos el pan y la sal en el internado de la Pesquera; el que les cuenta cursaba el tercer grado de secundaria y Chacalín estaba en el curso de ingreso. Siempre agradable fue nuestro trato en los juegos y el las faenas de pesca a las que nos tocó concurrir juntos cuando así lo disponía el maestro de la tecnología correspondiente. Por los pasillos y corredores del internado lo veía pasar con sus cuadernos bajo la axila y su pocillo de beber café colgando de su cinturón de tela. “Vámonos a la paila, mi Fer”, me decía y yo, apresurando la puesta de mi calzado le daba alcance para ocupar la misma mesa en un comedor parco y austero. De esa convivencia nació mi afecto por Chacalín; por tal, cuando muchos años después me lo volví a encontrar en Puerto Escondido, desempeñándose como instructor de educación básica, no pude más que celebrarlo con él agotando el contenido de un buen número de cervezas y dando cuenta de una botana suficientemente servida en la cantina de don Eustorgio.

En una de esas ocasiones fue testigo de cómo le tuve que cantar innumerables veces la canción “Noche Triste”, a un personaje que pasaba por un duelo como consecuencia del abandono de su amante, que no de su esposa. El me ayudó a dar cuenta de las dos botellas de “Old Parr” que recibí a cambio de esa reyerta con el alma a punta de canciones; quiero decir, de una sola canción, cuya autoría recae en el mérito del insigne trovador costeño Álvaro Carrillo. Anduvimos por esos rumbos de la bohemia y el desajuste; él, cantando sus rancheras que tan bien le salían; yo, mis boleros que más de una vez nos hicieron morder el polvo en la Pita o en el Carrizal, no recuerdo exactamente de qué año a qué año, o de que pena a que pena. Efectivamente, en los años mozos la vida es más intensa, más desparpajada y más loca, Chacalín fue de esa época y de entonces es que llegan a mí las memorias de las dificultades por las que pasó, hasta el hecho lamentable que nos lo arrebató ya de manera total y definitiva.

En una primera ocasión pudimos evitar lo inevitable porque, a tiempo, cargamos con él hasta el consultorio de un médico colombiano quien le suturó tres fajillazos impuestos en su abdomen rechoncho por un fulano de maneras poco suaves y ya de plano desmechado como cuete de calenda. Mientras nuestro médico escuchaba vallenatos, la vida de Chacalín jugaba una partida atroz con la sobrevivencia la que, muchas veces, se enjuta y se claudica. Por suerte, en esa ocasión, nuestro (de algún modo) héroe ocasional, sobrevivió después de que con nuestra autorización le transfundieron casi la misma cantidad de sangre que le quedaba en las venas. Empero, no sabiendo que pertenecía a una doctrina confesional que no consiente las transfusiones, tuvimos que enfrentar el enojo y hasta las maldiciones de su hermano mayor, para quien era preferible la muerte que la supervivencia a base de el trasiego de otra sangre hacia la propia.

Para mí, en aquellos años, ir a Puerto Escondido fue motivo de especial agrado por todo lo bueno y lo malo que me tocó vivir en un lugar incomparable. Lo bueno, sin lugar a dudas, la amistad de su gente prodiga y amable; lo malo, las parrandas recurrentes con sus consecuencias, hasta cierto punto, funestas y desagradables. En fin, arribar por un camino, en su primer tramo, pedregoso y cansado y en su segunda parte arenoso y alegre, al lugar en mención, será siempre un recuerdo de mi preferencia. Para llegar al Regadío había que hacerlo por una bajada en donde la humedad se te untaba a la piel como una caricia exultante; el follaje, los helechos, los colomos, hacían más verídica esa sensación, y de ahí emprenderla por una cuesta que te dejaba en el lugar de arribo, bajo una enorme enramada construida con madera tropical y techada con la tan estimada y buscada palma real. Para ese tiempo, al llegar, beberse un gaseosa resultaba algo más que un incentivo gozoso, era reconocer que habías llegado al lugar que te esperaba con sus primicias y novedades.

Esta vez fue sólo cerciorarme como ocurrió el incidente en donde mi amigo Chacalín perdió una apuesta con su destino. Para tal efecto, me dirigí a las enramadas de la bahía principal; en particular, a la de Amada, en el intento de lograr mi propósito. Ella era una matrona, una mujer que para ganarse la vida había aprendido a regentar el negocio de los hábitos espirituosos y carnales, me dijo que su trabajo le había costado, entre el menosprecio y la burla, entre la aquiescencia y la estima. Para entrar en confianza disputé con ella dos partidas de conquián, las cuales, por supuesto, ella ganó. Luego me conmino a elegir, entre las visibles, a una mocetona que me atemperara los calores del cuerpo y el alma, a lo cual le dije que no era ese el propósito el que me había traído. Me miró con ojos de lince, como acechando una verdad hasta el momento oculta en mis urgencias y prisas.

Mientras yo daba cuenta de una insípida agua mineral, ella consintió en referirme lo que en realidad había ocurrido con Chacalín. Sin hacer menosprecio de lo acontecido me confió, no sin un atisbo de pena, de que a mi amigo lo habían finiquitado con su misma arma. El la había sacado para amedrentar al tipo con quien llegó a beber a la taberna de Amada, y el otro arrebatado y veloz se la zafó para meterle todas las balas del cargador en la cabeza y el pecho. Una vez enterado del hecho, con un incipiente escalofrío que por fortuna no pasó de ahí, me despedí de la mujer y salí para tomar mi carromato de regreso al lugar desde donde, muchos años después, estoy escribiendo lo que ustedes leen; ¿con qué objeto? no lo sé, no es tan importante saberlo, lo que se cuenta no amerita justificación ni valoración; o, mejor dicho, como en los corridos, los hechos, por ellos mismos, resuelven esa expectativa. Quiero sólo agregar lo precioso que es para mí volver a Puerto Escondido, a su vida y a su gente.

Fernando Amaya

- Advertisement -spot_img
- Advertisement -spot_img
Últimas Noticias

Tiradero clandestino en Lieza, foco de contaminación y riesgo sanitario en la ribera del río Tehuantepec

Gaceta Universidad Alfred Nobel* Un tiradero clandestino en la ribera del río Tehuantepec, en jurisdicción del barrio Lieza, se ha...
- Advertisement -spot_img

Más artículos como éste

- Advertisement -spot_img