César Rito Salinas
Para Minerva Reyes
Leo el libro El templo de las inscripciones, palenque, de Lhuiller, que trabajó desde 1949 hasta el 58 para el Instituto Nacional de Antropología e Historia, comisionado a la Dirección de Monumentos Prehispánicos para dirigir los trabajos arqueológicos de Palenque.
Levanto la mirada, frente a mí sólo existen sombras, aire frío, preguntas. ¿Cómo acercarme a lo nuestro? ¿Cómo mirar el pasado? Las primeras líneas de este reporte de lectura aportan una pista: “desde los ojos extranjeros”. Quien mira el pasado indígena mexicano lo observa con ojos del viajero. ¿Por qué no me enseñaron en los primeros años del colegio esta forma de mirar el pasado?
San Martín por la secundaria -San Martín Mexicapam-, suenan los cohetes que celebran el 3 de mayo.
Entró el me de los festejos.
¿Por qué para la comunidad son importantes las fiestas del 3 de mayo?
El calendario fija la memoria.
Decimos festejos del 3 de mayo en San Martín, y el noticiero de la radio ubica nuestros festejos dentro de la Nota Roja.
Los dioses vuelven para celebrar el principio de la siembra; reclaman su ofrenda sangrienta.
Cada festejo, en cada celebración oculta y resalta el pasado; hay dioses antiguos que recuerdan.
Frente a la casa se levanta Monte Albán, soberbio y protector.
En la noche suena un avión mientras aparece en PDF la imagen de la planta arquitectónica de Palenque.
El primero en dar la noticia de la existencia de este sitio fue un cura, Ramón Ordóñez y Aguiar, “caserío de piedras”, informó en 1787.
En enero de 1840, hablan maravillados, ojos extranjeros, dos personajes: “Descendiendo del basamento piramidal del Palacio…” (John Herbert Caddy y Patrick Walker). “A primera vista, parecería como si después de extasiarse ante los tableros jeroglíficos del templo de las inscripciones, hubiera iniciado el descenso por un subterráneo en el mismo templo, es decir, como si hubiera bajado por la escalera”.
La mano emocionada del autor conduce al lector, puedo oler la humedad, líquenes, selva. El tiempo me mira desde el montón de piedras. Puedo escuchar el canto de las aves, ver Palenque, la ciudad de las inscripciones.
En la figura 25 se distingue a un grupo de hombres con los brazos cruzados; frente a sus ojos de asombro la mole que se levanta, los increpa.
Dice Lhuiller, “en el curso de nuestro siglo, Palenque comenzó a recibir la atención oficial del Gobierno de México”.
Se adelanta la noche de los festejos con el estallido de los cohetes, que se abre paso en medio de preguntas: ¿qué hicimos para merecer estos gobiernos? ¿Qué hemos hecho para no cambiar esta forma de mirar?
Imagino las inscripciones en la piedra, los seiscientos sesenta y nueve jeroglíficos, avanzo en la lectura: “los dos tableros de la galería exterior están en muy mal estado de conservación, por lo que creo imposible salvarlos”.
Camina la noche hacia el amanecer, no me atrevo a levantar la mirada hacia Monte Albán, la mole silenciosa; temo que me reclame por tanta injusticia cometida contra nuestro pasado, contra los vestigios, esa arquitectura monumental que tanto sorprendió a los ojos extranjeros.
Escribo este reporte de lectura y pienso que será bueno discutir, en el salón de clases, sobre nuestra actual indolencia.



