César Rito Salinas
Un viento mañoso levanta el vestido de la bella Marilyn.
El viento arrecho, barraco, que llega y causa en todos esa ilusión óptica del vestido de la bella que sube hasta el cielo mientras ella se queda por los tiempos de los tiempos detenida en la rejilla del respirador del tren subterráneo de Nueva York.
Aire lépero motivo de tanta y tanta envidia. El vestido que se levanta hasta las mejillas encendidas de la rubia y deja ver las piernas blancas y firmes en posición de cebollita. Instante eterno. El vestido que se levanta juguetón por los aires de un columpio fantástico semeja las enormes orejas de un elefante que se inclina ante el atrevimiento de la rubia.
Una foto en blanco y negro.
Los brazos de Marilyn pegados a su alba cadera en su intento vano de aplacar los aires traviesos que aparentan ser a la distancia una larga y definida trompa de elefante. Los brazos pegados al cuerpo. Viento cabrón que pone mis pensamientos en otra parte. El instante de la fotografía me deja ver otras figuras.
La cara de piedra sin tiempo de Juárez, el patricio. Juárez el inmortal vestido de mujer con lentes oscuros para proteger sus ojos del sol, marca Dolce & Gabana y una sonrisa blanca, Colgate. Juárez bella de piernas moldeadas, vestida de gringa loca y ebria. Con tacón y labios rojos de carnoso carmín.
Juárez cachondo (a), como se dice ahora en políticamente correcto español. Que espera que llegue el viento del subterráneo y le dé un raite hasta su pedestal de bronce inofensivo y eterno donde lo pusieron los políticos de la patria.
O lo conduzca a beber mezcales a cualquier calle de la putería que lleve su nombre, por cierto.



