César Rito Salinas
Una pesadilla despierta al hombre que duerme en la madrugada, la terrible imagen del arzobispo Chávez Botello lo acusaba desde el púlpito. Aunque sabe bien que no debe hacerlo se incorpora de la cama y llega frente al cuaderno, escribe. Cierra el cuaderno, regresa a la cama, intenta dormir. Al reventar la luz del día entre el canto de los pájaros distingue uno que le recuerda el silbido de sus amigos. A primera hora, en la calle espera el urbano mientras en el cielo una luz roja y azul se extiende sobre ciudad.
La calle es el territorio del ebrio, la cruda se cura aplanando calles (los hermanos ebrios tienen un barco). El caminar devuelve el alma al cuerpo. No hay espacio donde mejor se sienta el regreso del alma al cuerpo adolorido que en la calle amplia. En la calle el cuerpo pasea libre, casi divinizado. Cualquiera puede salir y observar a la mujer que camina con paso tranquilo o escuchar a los pajaritos o disfrutar la sombra fresca. En la calle el hombre es general, gobernador o cuando muy jodido anda, juez.
_ Sólo un beso –dijo Poeta. La pequeña botella de plástico pasa de mano en mano (los hermanos tienen un barco que navega con viento tranquilo); los hombres temblorosos aguardan el envase (te dije, los hermanos tienen un barco). Va por la derecha –ordenó Margarito.
En cualquier época del año la calle amanece sembrada de borrachos, el ebrio no necesita del calendario para alzar el frasco. Los borrachos son las figuras que aparecen en una fotografía sin fecha donde formas y rostros se pierden. Para enero, con el frío, se juntan en la calle antes de que los urbanos rompan el silencio de la madrugada. Los borrachos en la banqueta, el mezcal es cabrón, desde su puesto de vigilancia amparados por las credenciales del trago miran a las ancianas que pasan muy temprano a recoger la leche que reparte el gobierno. Mucho antes del primer trago de mezcal el grupo de hombres caminó ya lo suficiente, cuatro vueltas a la manzana –de las piedras verdes hasta las piedras amarillas, allá por la colonia Colosio. Realizaron el recorrido con la esperanza de que el calambre abandone la pantorrilla, la espalda, las costillas; la falta de alcohol hace estragos, tuerce la carne, el mezcal es cabrón, llama, pide al cuerpo que beba para que el calambre no avance hasta las tripas.
La calle es el espacio de la libertad, el sitio sin calambres. A su paso dejaron las banquetas de la colonia regadas por un vómito amarillo, verde, azul con el que protesta el cuerpo por la falta de alcohol. Mezcal, se llama mezcal. En la calle unos a otros se animan mientras la luz mercurial desaparece y surge, como una ilusión, el perro amarillo.
Caminando no se cura una cruda –protestó Ingeniero. No se cura, pero aleja los calambres –respondió Poeta.
En marzo la calle amanece sembrada de flores de jacaranda. Ahí están los ebrios con sus discusiones interminables. La calle los recibe como una madre amantísima, generosa, que cuida de sus hijos.
Ya abrió la Quesera –susurró Margarito. Para junio la calle es una laguna. Los trabajadores del municipio construyeron el puente del arroyo. Los hombres de la borrachera dijeron: no sirve. Arquitectos y albañiles respondieron a coro: no saben nada, son borrachos. Con la primera lluvia las casas cercanas al puente se inundaron; la construcción hizo tapón sobre el arroyo, se represó el agua, subió el nivel; llegó a patios y recámaras, cocinas. Y ni a quién reclamar. El gobierno no se hizo responsable por los daños, sólo dejó un letrero con el anuncio de la obra, costo: un millón de pesos. Los borrachos agarraron el letrero para cubrirse: total, ya está pagado dijeron mientras en el amanecer de lluvia y relámpagos levantaban “el marro” de mezcal. Mañana es martes –apuntó Ingeniero.
_ Ya se chingó la semana –dijo Poeta. Desde las faldas de Monte Albán bajan los hombres con una botella pequeña entre las manos, “el marro”, “el tanque”. Llegan a una casa en obra negra y tocan en la ventana. Los atiende una mujer. Un diez, por favor –suplicó Margarito.
Ya saben que no se atiende temprano –dijo la mujer con enfado. Para noviembre los borrachos continuaron en la calle. Algunos habrán desertado por enfermedad, recluidos en grupos contra las adicciones; buscar sobriedad resulta la peor cura, a veces el enfermo queda loco. Poeta vomita a media calle mientras esperan el marro de mezcal. La mujer les entrega el frasco, lo agradecen y reinician la caminata. En el interior del cuerpo la úlcera punza como un viejo amor, quema el aire que entra a los pulmones. Así se murió un amigo –dijo Margarito.
No hables de eso –atajó Poeta-, no llames a la muerte. Antes de iniciar la subida a la Colosio se detuvieron en la esquina. Forman el grupo de dolientes, sombras que se amparan en a hora de la mañana. Toman aire. Los pulmones reciben un golpe frío, el mezcal es cabrón, nunca sale del cuerpo (a esa hora el barco de la borrachera sortea el mal tiempo). En la esquina esperan que se serene la sangre agitada por el delirio y luego empinan la botella. Curarse la cruda tiene reglas: nunca beber el trago cuando el cuerpo se agita por persecución, ansiedad, delirio; si aguantas eso ya estás del otro lado. Sólo un beso –repitió Poeta.
La botella circula por la derecha. No beben a grandes tragos. Lo que es más, no beben un trago. Juegan el líquido entre la lengua y el diente, lo entibian, escupen. En la cruda no será bueno tomar el primer trago porque se lastima el cuerpo; sangran las hernias esofágicas luego de horas y horas de vómito (así murió un amigo); será necesario dejar en el primer trago que trabajen las papilas gustativas, que metan el alcohol a la sangre.
Sólo un beso a la botella –dijo Poeta. En diciembre, con el frío, la calle permanece sola. La madrugada pasa lenta por la colonia Presidente Juárez; arriba, sobre Monte Albán, el Lucero Flojo enamora a la luna. A esa hora los perros miden el frío con sus ladridos. Hasta el mismo Tentador se la piensa para salir de su agujero a la calle fría. Sólo los borrachos son fieles a la calle, el mezcal es cabrón (lo leí en un libro). Más grande que el infierno, más fuerte que el mismo Diablo. Allá están en la banqueta los de siempre. Los castigados por Dios y por la gente, la iglesia -en el sermón del domingo Monseñor Chávez Botello los condenó al infierno por viciosos. Ella me dijo… -, susurró Margarito, como quien habla en sueños.
¡Ella no te dijo ni madres! – gritó Ingeniero. La botella va de mano en mano, de beso en beso. Por aquí pasó el Ruvalcaba, se quedó a beber con nosotros –dijo Poeta.
El mezcal tiene esa gracia, te vuelve memorioso y recuerdas los hechos del pasado como si fueran cosas recién ocurridas. Los recuerdos son hechos o inventos, nadie sabe nada (a nadie importa). El mezcal es cabrón, te hace recordar fielmente las viejas historias.
Ora, Chaparro, ¡chingar! – grita Margarito. El trago de mezcal jugado en la boca hace milagros, devuelve el habla a los mudos. Entrada la mañana los ebrios están sentados en la banqueta del arroyo, discuten. Las mujeres que llevan a sus hijos a la escuela, al pasar, agachan la cabeza, apresuran el paso. Apúrate, Pepito.
Las adolescentes caminan a la escuela secundaria, el uniforme azul con cuadros rojos. Mientras se apuran despejan los restos del sueño con pasos largos: cabellos mojados, medias altas, blancas, que les llegan hasta las rodillas. Falda que deja ver unas nalgas firmes, paradas (todo visto desde la altura de la banqueta). La blusa remarca el par de pezones bravos que se mantienen erguidos contra el frío de la mañana, sobre el suéter (el mezcal es cabrón). Algunas van acompañadas del padre, serias; miran a los ebrios sentados en la banqueta. El mezcal es cabrón, transforma a la gente; con el asomo del relámpago metido en la mirada el ebrio agacha la cabeza mientras las adolescentes caminan a la escuela.
¡Si yo soy un chingón! –grita Margarito. Calla, perro –susurró Ingeniero.
Los borrachos viejos instruyen a los borrachos nuevos en el arte de curar la cruda.
_ No tragues, sólo pega un pinche beso porque si no vomitas –dijo Poeta.
La banda de payasos delinque en la ciudad entera. Desde temprana hora buscan en el camión a las hijas de odontólogas, contadoras, reporteras de informativos del ciberespacio para engatusarlas con boca dulce, su lengua de la mentira. Bien saben estos hombres de lo infalible de su atuendo, del color rojo y el amarillo que despiertan el hambre del amor; del azul rey y el blanco que levantan los sueños de las criaturas; del poder de las ropas abombadas, el disfraz. Los payasos saben hacer su gracia en los camiones del transporte urbano. Por las calles de la empobrecida ciudad hacen correr narraciones donde aparecen lagos y mares, las islas de la dicha; príncipes y caballos, castillos, ramos de rosas entre nubes de ilusión. En cuestión de minutos enamoran al público con sus cuentos y descienden del destartalado camión entre aplausos y suspiros. Se les mira andar por las calles con sus zapatos enormes, la margarita de plástico pegada a la solapa, nariz de bola enrojecida; peluca verde. Con esa imagen de la risa levantan piedad en el corazón de la pequeña que los mira, la adolescente reaccionará a esa voz y tendrá valor y la estatura suficiente para pedir la bajada; alzará el pequeño cuerpo desde la punta de los pies hasta tocar el timbre para pedir bajada, con el dedo medio, más allá de las advertencias y recomendaciones de la madre y la abuela, del arzobispo Chávez Botello que en su sermón del domingo arremetió contra el vicio y la mentira, los pecados.



