lunes, junio 8, 2026

Las palabras que levantan poemas

Debes leer

César Rito Salinas

Los poemas deben crecer con oposición, la oposición fortalece el porvenir. Cada poema debe nacer con su oposición. La oposición mira el futuro sin despeinarse por el viento que corre, sin mirar el reloj de pulsera.
La oposición siempre vuelve a pelear por el presente. En la oposición anidan los proyectos que el hombre hace para esta y la otra vida; la oposición sabe esperar, los opositores forman legión, somos más.

El árbol en el baldío de la ciudad atraviesa el océano de fuego con su propia tripulación. El espectáculo lo forma el indigente entre las ramas del pino salado, identidad y masa. De lo que se trata es de atravesar el cristal sin alterar el espacio, algo mágico. Lo endémico de la tierra.
El pino salado se niega a morir, resulta inmune al fuego. Contiene mujeres y hombres sin familia. ¿Quién será el dueño de lo abandonado? ¿Qué angustia sufre un hombre que sólo cuenta con una rama para protegerse de todo mal en esta vida? El amor sigue la extraña cartografía de los baldíos.

Los indigentes cuelgan de las ramas del pino como páginas húmedas del diario puestas a secar luego de la acción de los bomberos en el siniestro. El pino salado sabe de la difusión de la pobreza. El entorno resulta la geografía de los enamorados que buscan huir de los mayores.

La basura que arrojas en la calle llega a las ramas del pino salado, sirve de escenario para los amores furtivos.
Las lenguas de fuego del desierto arden en las hojas del pino salado, hacen que surjan los demonios del fondo de la tierra. En la frontera es cool tomar fotos a los indigentes, aplaca la conciencia social, te convierte en justiciero hecho a la medida de la mirada de todos. Del árbol salado descendió el hombre.

¿El indigente como el primer Adán sobre la arena? Las ramas del pino salado purifican el aire del desierto, le restan velocidades tóxicas.

El lote baldío es el sitio de nadie, lugar de encuentro del amor perseguido; el zapato abandonado narra el futuro del baldío, en la bitácora inmobiliaria reposa el sueño de diseñadores siniestros. Una mañana de invierno mientras el gato atisba por la ventana me levanté en calzoncillos a preparar en la cocina huevos revueltos.

Los calzoncillos blancos, de bolitas azules, si.
Canturrear un folk con el frío de la ciudad para esperar al Demonio y sus amistades, si. Oh, calle larga como la banca donde reposa la guitarra prieta que conoció a mi padre. Buscar en invierno dónde pasar la noche como si nunca se hubiera tenido amigos, si. Entrar a un pleito de cantina, perseguir entre grises edificios las cuentas por cobrar, si.

Ganarse la vida, si.
Los asuntos secundarios socorren en el infortunio, si. Saberse entre gente ingrata. Las empleadas en el restaurante del camino gustan extraviar a los viajeros cuando se les pide información. No importa de dónde vienes. No importa hacia dónde vas. Lo que importa es la belleza de las piernas de la mesera en el frío del camino, si.

La tentación del horno en la tarde, también. El viento busca su balada verde, las revoluciones llegaron ayer. Amamos el horno de la cocina, el lugar donde se puede encontrar la muerte por mano propia. El horno enamora los pensamientos. Los hornos llevan corbatas, pantalones con raya bien planchada.

El viento con reloj lleva retraso para su encuentro con los navíos. La canción de los padres tiene scrash, lo que genera tristeza en el alma. Pasan las naves entre balizas, la navegación persigue las luces.

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