César Rito Salinas
La madrugada deja rastro de su paso sobre hojas sueltas de cuaderno, puestas a serenar en la ventana.
La gente trabaja para que la vida le duela menos. La escritura hormiga, impertinente como sólo pueden ser los zancudos, trepa por la ventana, busca una hoja tierna y dulce de limón en la hoja blanca.
El hombre escribe a ritmo de bachatas y merengues, que no es música para realizar este trabajo; pero ayudan a desglosar leyes y ecuaciones numéricas para explicar el por qué los barcos flotan sobre las olas del mar o por qué perecen algunos hombres ante la mirada de ciertas mujeres o por qué otros hombres se convierten en perro ante la voz de ciertos hombres. O la magia del sonido de la palabra catéter.
El que escribe quisiera tener una barita mágica para explicar en su mundo el patio de la infancia donde aprendió a leer. El nacimiento del seno de la profesora de cuarto año de primaria es una duda permanente y razonable. Y así trabaja en la madrugada, para que la ignorancia le duela menos. Pero antes de ampliar sus límites lo alcanza la luz de la mañana, el canto de los gallos.
La bahía fue refugio de piratas, escenario de amores en una madrugada repleta de oscuridad y estrellas; punto de entrega para concretar una traición en alguna parte de la historia nacional. La bahía soleada es la pesadilla del náufrago en medio del mar iracundo.
_ Pongo mi mano en tu corazón y veo arder mi rostro en la batalla -dijo el hombre al levantar del agua el pecio sucio de corrientes marinas. El sol iluminaba la mañana, en los montes cercanos los árboles huían entre las piedras del risco a esa hora del día.
- Los árboles que rodean la bahía son un ejército en retirada –dijo la mujer antes de encender el cigarro. Las aves volaban en círculos.
La pareja camina por la playa que muere al pie del risco, sus pasos se hunden en la arena húmeda de espuma del mar eternamente en calma. - El único problema del autocinema es la salida tan lenta de los autos –dijo el hombre con la mano izquierda puesta en el volante.
- Pero vale la pena por las películas de amor y guerras que ofrecen –dijo la mujer y recostó su cabeza en el hombro de su enamorado.



