Lo vimos llegar con una berenjena a la casa; después, dirigirse a la cocina para colocarla en una rejilla de peltre, a fin de que fuera vista por todos, sin excepción de alguno. Ahí estuvo esa berenjena varios días, semanas, quizá hasta meses. Su apariencia azul carnosa nos movía a pensar que la había colocado ahí más como motivo de ornato, que en la idea de hacerla pasto de su hambruna noble y deliciosa. Nunca dijo algo en relación a tal hecho, se guardó consigo cualquier propuesta o aclaración con respecto a una simple berenjena qué pasó de ser un objeto cualquiera en el pulso de lo cotidiano, a formar parte de nuestra curiosidad e inventiva desde los puntos de vista de cada uno. María pensó en una pieza rellena de queso manchego puesta al horno hasta desfogar los sabores ocultos que la berenjena libera solo en buenas manos, no en otras; Juana se propuso a sí misma elaborar un plato de verduras jugosas en donde la berenjena, tantas veces aludida, cumpliera el papel de contraste entre el rojo del tomate y el verde de las alcachofas; en fin, ideó filetearla en rajas menudas y alargadas para formar con ellas ciertas florituras a fin de darle un mayor atractivo a su plato. Carpo pensó: “Este “berenjena” de Nando trajo esa bola morada para curarse la tristeza, hace buen tiempo que no habla con nadie, y quiere que todos entendamos sus gestos y actitudes como si adivinos fuéramos”. Solo Ala sabía qué onda con la berenjena, porque era en todo parecida a Nando, hasta los raspones y esguinces tenía de él, sus insomnios y dormidas profundas y, sobre todo, el mismo corazón con el mismo ventrículo inflamado; por tal, la bradicardia que les movía el tiempo con menos premura y que ellos notaban en un desliz del suelo cuando caminaban con rumbo al Roquedal de Camarón. “No es arte, ni obsesión”, les dijo Ala, “es simplemente una berenjena que Nando se encontró cuando caminaba hacia la casa, con el horario normal, el de procurarse la comida y el descanso”. Fue ahí en donde Vita desgranó un reclamo sutil aseverando que Nando tuvo que haber dicho algo sobre la berenjena, y no sólo ponerla sobre la rejilla del lavaplatos, pues al ser ella la responsable de la limpieza de los trastos, el no contar con la rejilla la había puesto en un predicamento; muy simple: lavar o no lavar la loza; desafortunadamente , pasó lo último y su vida cambió cuando tuvo que avocarse a acompañar a todos en la tarea imperfecta de especular sobre un hecho que, llanamente no tenía razón ni sentido. Después de tanto, aunque no lo crean, la berenjena sigue ahí y se da unos aires de grandeza que, para que les cuento; se insubordina, es mágica y atroz como una niña; realista y piadosa como la joven que lleva al abuelo a que le suministren su litro de suero para la deshidratación que provocan estos calores con la primavera en vilo, plena de sequías, añorando su verano húmedo que tarda un siglo en llegar.
Fernando Amaya



