César Rito Salinas
A veces vivimos en un cuento de hadas.
Natacha es como Catalina, tiene ocasiones en que pretende que le adivinen el pensamiento.
La ciudad arde de calores, esperamos la lluvia de fuego. Cuando todavía no caían las altas temperaturas, alguien dijo o comentó que se podía rentar una habitación de la casa. Estuve opuesto a la idea, pero para cerrar nuevos frentes de batalla dive vale. Que se alquile.
Pensé en la biblioteca, la puse como argumento en contra.
Lo derrumbaron de un solo primer golpe:
Lacasa está llena de ratones, si no conseguimos dinero para arreglar los ratones acabarán con los libros.
Era septiembre.
El viento del otoño entraba por el ventanal sin vidro.
Natacha es una gestora cultural de California, le gusta el silencio, cuando llegó nos contó que rentó cuarto en un convento.
En casa compartimos con ella la cocina, la puerta y el zaguán.
Tiene formas pausadas pata hablar. Una mañana en el almuerzo me dijo que no podía realizar dos operaciones cerebrales al mismo tiempo, comer y hablar.
Le dejé de hablar.
Muy de mañana ocupo la cocina, cuando Catalina despierta y pide el desayuno.
A esa hora encuentro a Natacha preparando atole.
Ella no lava la estufa, la limpio yo cada que ocupo las hornillas aunque el acuerdo fue que cada que se utilicen las cosas se tienen que lavar.
Por los ratones.
Me tocó poner las válvulas del fregadero, hacía más de diez años que estaban descompuestas.
La renta de la habitación trajo cosas buenas, arreglar desperfectos, tener limpia la cocina, las luces -me mantengo al pendiente de apagar y encender los focos.
En ocasiones siento que Natacha nos mira como si ella nos hiciera el favor de dejarnos habitar nuestra casa.
Nunca pregunté por qué decidió Natacha venir a vivir a Oaxaca, a esta zona empobrecida de la ciudad.
Ella tiene a su novio, un francés, que vive en España.
Viaja una vez por año para visitarlo.
Una tarde en la cocina me mostró un video de su novio con su perro, estaban en la sala de una vivienda.
__ Le está enseñando a comportarse -dijo.
La presencia de Natacha entre nosotros me resulta algo incómodo, me resisto a mantener una conversación en inglés.
Ella practica su español con un peruano, cada sábado se conecta vía internet y se ponen a dialogar.
Una mañana me dijo que lleva un diario.
Nachacha no intenta cruzar palabras en inglés conmigo. Al principio intenté hacer plática con ella, pero los gringos tienen eso, no se salen de su lengua y piden que hablemos la nuestra a su tiempo, muy lento.
Para no sentir doble soledad decidí recibir en adopción un gato.
Llegó Catalina.
La tengo en mi habitación.
La alimento dos veces por dúa.
Me la dieron en adopción recién nacida.
Catalina tiene el pelaje atigrado, las uñas largas y buen apetito -come dos cabezas de pollo de una sentada.
En la habitación conservo las ventanas cerradas, el ventilador trabaja las veinte cuatro horas del día.
Nunca tuve un gato.
Puedo decir que Catalina a su corta edad me enseña a mantener la disciplina que se requiere para hacer el día.
Antes que llegara, me daba por mantener la jornada de trabajo hasta ek alba del día siguiente.
Me quedaba dormido por la mañana, despertaba a las tres o cuatro de la tarde.
Catalina madruga.
Tiene esa forma de gritar con los ojos.
Cuando no la atiendo por hacer el trabajo en el trasto de las letras de un salto trepa al escritorio, sube a mi pecho, ronronea.
Si nota que permanezco en la misma actitud de no prestar atención, salta y se escocnde tras el trasto de las letras, sin que lo espere asoma su diminuta cabeza y muerte mis dedos.
Catalina es territorial.
La cama es de ella.
El escritorio es de ella.
La banca y el sofá son de ella,
Le gusta el silencio.
Si quiero escuchar algo de música salgo al pasillo, para luego volver porque revlama mi presencia con lentos maullidos.
A últimas fechas me doy cuenta que la escritura mejora, ya no me sigue el tiempo de la ansiedad porque trabajo al tiempo de Catalina.
Me doy cuenta que resulta una enfermedad obsesionarse con las letras, que los relatos solo requieren de un tiempo entre requerimiento y requerimiento para ser pensados con más tiempo.
El chiste está en utilizar las formas ya recibidas con nuevas relaciones de acción.
Porque nos llenamos de tópicos, espacios narrados donde las acciones resultan previsibles, anticipadas por el lector.
El oficio de escribir necesita del oficio de vivir, porque el escribir no sabe andar solo, es ciego.
Auster dijo que para escribir se requieren dos condiciones, tener tiempo y dinero. Lo que es lo mismo a decir que para realizar solo se requiere tener dinero para sacar los gastos del día, con eso resuelto se alcanza el tiempo que demandan los relatos y el lenguaje. Creo que estoy en el mejor tiempo de mi vida, en aquel que soñé en la infancia -una casa para mis libros, dos perros, un gayo y todo el tiempo sin prisas para dedicarme a saborear las letras frente a la ventana.



