jueves, abril 23, 2026

Las imágenes del puerto

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César Rito Salinas

Donde vivían los estudiantes pobres del colegio era la colonia San Juan.
El colonia San Juan era el último sitio del puerto donde se podría elegir un colegio para adolescentes: limitaba con el cementerio municipal, la playa del mar abierto, un bosque de pinos y el acantilado.
En tiempos de lluvia el camión urbano dejaba a los estudiantes a la entrada del cementerio. Los jóvenes tenían que caminar entre charcos y lluvia; en tiempos de huracanes, el agua de mar salía de la playa y entraba al cementerio, al regresar las aguas arrastraban tumbas con cadáveres a flote. Los estudiantes brincaban sobre las lapidas y era necesario atravesar el cementerio esparcido hasta las puertas de la escuela.
En tiempos de nortes los estudiantes avanzaban contra el aire enloquecido en grupos, para resistir la fuerza del viento fuerte.
Las mujeres, obligadas por la dirección escolar a usar faldas, daban espectáculo por la mañana y por la tarde. Todas andaban con las faldas hasta los hombros, enseñando piernas y calzones donde se apreciaba con claridad su tímido sexo. Los chamacos hacían rondas para protegerlas del aire, pero la verdad es que se les pegaban a los calzones expuestos con el pito parado y alguno de ellos, luego de tanta fricción y en medio del rugir del aire, eyaculaban.
Esos fueron los días de la escuela.
Ninguna autoridad se compadecía de los estudiantes del mar y ordenaba pavimentar la calle que llevaba al colegio. Todavía hoy, luego de tantos años, los estudiantes padecen las inclemencias del tiempo.

Entre ebrios consuetudinarios, alcohólicos anónimos, prostitutas y homosexuales los estudiantes portaban con orgullo sus pantalones en tono azul marino, camisa manga corta blanca y corbata azul, los días de homenaje a la bandera nacional. Pasaban por calles a las que ni Dios ni la autoridad habían puesto nombre, todas podían ser las calles del panteón sin número, colonia San Juan.

La ciencia que delimitaba los lotes y las calles en las ciudades no había llegado al puerto por eso todos podrían nombrar a los sitios como mejor quisieran: callejón del Sapo, calle del Muerto, retorno de María la Bandida o Canta Ranas. La gente se conocía.

Sabían bien qué chamaca ya andaba en maslos pasos con un marino. Qué chamaco tenía el vicio de buscar hombres para el amor, aunque en su casa fuera muy hombrecito. Los estudiantes atravesaban las calles sin pavimentar cercada por una muralla de borrachos.

Eran pescadores de camarón, que al inicio de la veda anual de captura del producto se reducían en las calles del barrio a realizar comilitonas y borracheras que duraban todos los días y las noches que permanecía la veda de camarón impuesta por el gobierno. No faltaba la mañana en que se interrumpieran las clases en el colegio porque los elementos de una patrulla de la policía municipal habían sido baliados por los borrachos de la esquina; y las fuerzas del orden acordonaban todos los puntos donde se podrían haber fugado los ebrios.

Todas las mujeres, y los putos que habitaban en la colonia San Juan les pertenecían a los hombres del barrio eso estaba escrito en los muros de las casas y en las piedras de la calle, y hasta en los árboles. Esa colonia era la boca del lobo, nadie podía pasar salvo conducto. Los estudiantes del colegio y los vecinos de la colonia velaban para que nadie osara meterse, por que de las laderas del cerro y las lagunas emergían cientos de hombres dispuestos a pelear por una mujer del barrio. Fueron celebres las peleas por una mujer, más en los días del festejo del santo patrón, San Juan, el 24 de junio. El dile comenzaba en medio de un diluvio, pero nadie podría faltar. Todos acudían con sus mejores galas. Se coronaban a la reina y a sus princesas que iban vestidas de blanco, largo y escotado atuendo repleto de falsa pedrería. El representante de la colonia le imponía cetro y corona y esa era la indicación para empezar la fiesta. Los mejores grupos musicales interpretaban las melodías largamente en salladas para las fiestas de San Juan.
Nadie se fijaba en la forma de bailar de su pareja ni en las parejas vecinas. Ellos solo querían dar sus mejores pasos de baile con aquella música, para que la colonia los viera, para que todos hablaran de ellos. Llegaba la media noche entre gritos, bailes, cohetes y lluvia.
El mar retumbaba en frente, pasando la calle que conducía a la escuela Técnica Pesquera. Algunas parejas a esa hora se escabullían de la mirada de los padres y agarraban rumbo a la playa, cruzando la calle. La arena húmeda, tibia, en la espalda y los fulgores, casi imperceptibles, que emitía la luna de ves en cuando entre las negras nubes hacían que los cuerpos fueran imperceptibles en la playa, que nadie pudiera verlos: a un costado el retumbar sin descanso de las olas; al otro la música que suena sin parar. En medio de esta oscuridad los gemidos de un adolescente que piensa que se le ensuciara el encaje de su vestido, pero ya el enamorado esta sobre ellas sorbiendo sus senos, buscando bajar las pantaletas para llegar al sexo.

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