Anoche me creció la panza en forma desmedida, se salió de la cama y fue a dar a la playa en donde, seguramente, los paseantes la confundieron con un cetáceo varado. Hace diez minutos pasó frente a mi casa la vagoneta de los quesos, haciendo un ruido tan extraño que los zanates se petrificaron y, según se sabe, jamás volvieron a cantar en toda su vida. Tampoco sé si Lala pudo conciliar el sueño en toda la noche; se le ha dado, últimamente, por salir a recoger flores de mezquite frente a la acera en donde comparte la vida con sus seres queridos. Elián debe andar por Oaxaca, buscando las mejores cañas para su sax, por si hubiera que tocar algún tema en donde se requiera un temple especial y seguro.
Vuelvo al tema de mi panza, mi cama y mi Playa. Habrá quienes digan qué hay rima interna en lo que he escrito, pero las asonancias no son rimas, son las notas de una guitarra que emprende el adagio de Joaquin Rodrigo en la versión vocal de Andrea Bocelli. Quien, por cierto, fue a Villa del mar a presentar a su vástago, quien canta con la voz de su padre, su encanto y su ceguera.
He estado a punto de asumir mi compromiso de no volver a hablar de política, pero me empeño en hacer consistente un repertorio con temas nuevos, interesantes y, hasta donde se pueda, convincentes, a ver si los de Cultura me programan en alguno de sus eventos, sin tener que echar a perder un traje regional o una canción representativa.
En esas estoy, mientras mi panza, caritativamente, se recoge hasta volver a su tamaño normal; lo siento por los chololos que ahora ya no tendrán donde jugar y por las olas diminutas que, a placer, chocaban con ella, como con un promontorio o un cabo de la ruta de nuestros mares sureños. Ahí les encargo, estamos en las redes sociales o tiendas virtuales como Fernando Amaya-Mar del Sur. Buen día y buen provecho.
Fer Amaya



