César Rito Salinas
Narrar es tomar una posición (…)
sobre el que narra
Juan Goytisolo
En Rincón Brujo me habló de su nombre, Soid, Dios al revés. Las letras llegan con los muertos cargan silencios, causas perdidas, olvidos; buscan, intentan repetir el tono largo del croar de los sapos que enamoran a la lluvia en la laguna que se forma a la entrada de la Colonia Mártires, junto a la carretera Cristóbal Colón, luego del puente del Tecnológico, en la heroica Juchitán. Aquella noche en Rincón Bru Soid Pastrana dijo, tengo una casa en la colonia Mártires. Yo había llegado de Oaxaca con la garganta seca. La lluvia caía larga sobre el techo de palma del burdel, las mujeres eran sombra de Rockola, transparencias. Nada habrá más triste que ser testigo de la música que baila el silencio sobre las sillas vacías.
Ella dijo que las palabras sean de este tiempo, acepté la recomendación sin protestar, aunque, bien podía comenzar con una descripción ya conocida, la de Juan Ramón Jiménez, de su Platero y yo: Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.
__¿Qué libro traes? -dijo Perro Negro.
Una sala, un tajo, el maldito cuero que colgaba del dedo gordo de mi pie izquierdo que dolía hasta las pestañas, las cejas, la frente y la raíz misma de los cabellos en mi cabeza que punzaba y ardía, quemaba mientras mis pies buscaron alejarse de la gente que me perseguía por las calles de la colonia, que venían para golpearme, para convertirme en un montón de quejidos, carne molida que terminará por desaparecer en el aire como los cohetes que anuncian el velorio, entre rojas chispas y luces azules. Dijo Alfonso Caso: “Su afán no era destruir nada de lo ya edificado, los hizo sobreponer una pirámide a otra pirámide, un templo a otro templo, de modo que se tenían seis o siete ciudades encimadas unas sobre otras, cada una de ellas obedeciendo a la evolución de un operativo religioso y estético”, se lo dijo a Fernando Benítez que lo escribió para Los indios de México.
__¿Por qué nos critican?, si Malcolm Lowry era más borracho que nosotros? -dijo Margarito.
Aquella noche la perra Canela guio hasta el velorio en San Martín Mexicapan -agencia municipal que contiene al sitio arqueológico de Monte Albán- a los ebrios que, entrada ya la noche en los mezcales, permanecían en el puente del arroyo.
__No hay borracho sin su ángel -mencionó Margarito.
La acción se genera cada que se junta la banda de los ebrios en el puente, el relato surge hasta cuando los ebrios aclla, pero ¿cómo escoger las palabras que le den el tono al relato si son los gestos los que arman la acción en la borrachera?
__Lee, no platiques, queremos saber el chisme que viene en los libros -dijo Ingeniero.
Por las calles de San Martín, en Oaxaca, a la madrugada el frío aprieta fuerte, muerde como los mil demonios; más si te agarra junto al puente del arroyo, fuera de casa, pegado de muchos días al mezcal, con la bandita teporocha.
__Presta diez o te madreo -dijo Presta Diez.
La imagen se transforma de madrugada, los gatos son pardos y los perros callejeros enredados a los pies de los que padecen la resaca llevan el timón de una nave escorada, a punto de la zozobra.
__Ahí está Canela.
En San Martín, territorio del hampa, hay gente que deposita la seguridad de su persona en un arma o en el guardia armado; no salen, permanecen protegidos por diez cerrojos, pero los ebrios salen a la calle amparados en el alma bondadosa de Canela, la perrita que los cuida entre las calles de las colonias bandidas: Colosio, Moctezuma, Presidente Juárez, Margarita Maza; Pintores.
__Desde aquí se mira Santo Domingo -dijo Chepil.
Si pudiera decirte las cosas que caben en una balada te diría que la niebla avanza sobre el camino, con su paso de las flores azules que brotan por el cerro en julio; si pudiera decirte algo, cualquier cosa, esta noche en la que tú estás en la ventana y yo en la cocina. Si pudiera decirte que necesito dormir cuando la calle me llama, si pudiera te diría que no me sé resistir al llamado del mezcal, a la voz de los amigos; sólo sé hacer los pasos hasta llegar a la ventana y abrir sus hojas antes de agarrar camino. Los maestros de la poesía lo supieron: hay que trabajar sobre aromas; el mezcal trae la llave de la memoria, del espacio donde se guardan los recuerdos de la infancia.
__El Diablo.
Hay un polvo de ruinas que flota entre la ventana y la cocina y suena como balada triste que entonan los borrachos en el puente del arroyo.
Tú estás en la ventana y yo en la cocina.
__Ojalá caiga algo.
Es niche no hubo suerte, estaba Margarito, Ingeniero, Chepil y Poeta, Canela condujo al grupo hasta la puerta donde un moño negro, que relucía bajo el foco de 100 watts.
__Murió Cholón.
__¿De qué murió?
En el velorio miran con desprecio a los ebrios, será porque cuando estaba en vida sacamos a beber al compa Teo. En el velorio de los muertos por cirrosis el fallecido lleva el rostro oscuro por la pena, sus familiares desprecian a los amigos.
La caoba del ataúd no luce brío.
La familia llora, sentada junto al muerto.
__Poeta, habla algo -dijo Margarito.
El velorio es una caja china, bien lo sabe Canela.
Igual nos corren -dijo Poeta en el preciso instante en que se escuchó un crujir de huesos.
La Canela, sabia, buscó una esquina. En silencio fuimos tras la perrita.
__¿No tendrá una tacita de café?
Por calles y campos, lagunas, bajo la luz del alba se pueden observar las ondulaciones que deja el viento: hojas esparcidas, ramas desnudas, rostros empolvados. Será necesario recorrer los campos y acercarse al borde de los mares, las lagunas para aceptar que el entorno cambia al paso del aire, que en la naturaleza no existe forma definitiva, permanente.
__¿Un mezcalito?
__A la salud de nuestro finadito.
El buscar las huellas del viento, registrarlas en imágenes, será como acercarse a la poesía y a la tradición de la pintura, perderse dentro de las conexiones distantes hasta armar el símbolo y aproximarse a una nueva relación de las palabras, las metáforas.
“Pintura fresca”, dice el letrero cuelga de las paredes donde velan al compa Teo.
__Los agarró la prisa -dijo Perro negro.
__No avisaron -dijo Margarito.
Afuera, en la calle del puente del arroyo llueve desde el inicio del olvido; la gente corre, busca refugio bajo la manta. Frente al vaso de mezcal la lluvia vuelve a ser el espectáculo de la infancia.
__La lluvia despierta la lombriz del mezcal -dijo Poeta.
Puede ser cierto, ¿quién soy yo para negarlo?
Puedo afirmar que la mano bajo la lluvia persigue al corazón del que canta canciones en el velorio. Se puede hablar del muerto, de las ondas concéntricas que se forman en el río de la conversación que conduce el mezcal, que se agita hasta integrarse con con otras conversaciones con temas diversos. En el velorio las sillas vacías revelan sombras, el grupo de bebedores discutió sobre el tema de la nave que nos hace cruzar el río de la muerte; algunos preguntaron si aquella embarcación se forma con las verdes hojas del almendro. Mientras, las gotas de agua iluminaron el patio; adentro, cirios de llama turbulenta entonaban caminos canciones frente a los sollozos. A esa hora, la mano que escribe tiene comunicación con estrellas y animales, que salen a cazar junto al agua clara del arroyo.
__¿Un tamalito?
A cierta hora de la madrugada, antes de las tres, pude ver que el velorio se desarrolla sobre sillas vacías.
__¿Un pancito?
El velorio marca la hora del mezcal sobre la traslúcida cuerda de la guitarra.
__Fue muy mi amigo, ay.
A esa hora el muerto no se atrevió a desdecir a familiares y amigos. Margarito preguntó: ¿para qué carajos sirve llorar? Todo está echado a la mierda. Me acerqué a la caja, pude ver que el muerto sueña con la botella en la hora solitaria hora de su velorio, cuando sus familiares duermen.
__ ¿En qué piensas? -pregunta ella.
En la tarde el sol camina entre silencios. Por allá sube un perro, ladra; otro se sienta a mis pies. El perro busca rayitos de sol.
__¿En qué piensas?
__La tarde solo atrae ilusión a los gallos -dije.
Pude mirar el ataúd en mi infancia; unas tijeras de plata cortaron la mecha quemada de los cirios.



