César Rito Salinas
Todo lo que está publicado con mi imagen o mi nombre es verdad; la afirmación es ruda porque incluye en una gran mayoría los motores de búsqueda con lo que están dotados los dispositivos. Esta realidad de la tecnología haría posible otra forma de narrar, donde damos por cierto aquello que disponen los algoritmos.
Nuestra imagen ya no nos pertenece, pertenece a las empresas que elaboran los motores de búsqueda. Esto se presta a grandes confusiones cuando el nombre de la persona tecleada no cuenta con redes sociales y el motor de búsqueda pone la imagen de otra persona en lugar de la persona buscada.
De esta forma los jóvenes se hacen viejos, los viejos jóvenes. Y la gente que consume esa información errada se forma una imagen diferente. Nunca como ahora lo inexacto forma el relato.
La gente ya está adaptada al nuevo modelo, donde el saber -enterarse- de aquello que se desconoce está a distancia de una tecla. Y cuando surgen los equívocos no hay forma de enmendarlos.
Se pierden amistades o se levantan odios. Nadie tiene forma de meter la mano sobre aquella equivocación publicada donde aparecemos con la imagen de un artista famoso o de una chica de cabellera abundante.
No hay forma de sacar la información equivocada. Y esta información circula, crece como bola de nieve cuesta abajo. Conocemos a más de un nombre que se ha visto involucrado en este follón, la vida de telenovela que levanta odios verdaderos y amistades de papel de china.
¿Cómo revelarse ante este hecho de los equívocos?
Conozco gente que renunció a las redes sociales, que hace su vida de espaldas a ese saber, ese tiempo donde vivimos enterados de la forma en que se realiza una bomba de hidrógeno o la manera de elaborar mezcales.
Porque al final de cuentas uno es propietario de su nombre y de su imagen, o por lo menos eso pensamos. Pero ya el tiempo de esta comunicación abierta se opone alos pensamientos propios, a los territorios ocultos.
Este presente elabora la otra forma de presentar la ficción. Lo extraordinario es parte ya de la vida cotidiana, donde todos tienen capacidad de decisión, de elaboración del relato. Y desde ese derecho abordan las viejas escrituras, le cambian el final o le integran un velito del pudor a los cuadros con desnudos.
Esta forma de la narración colectiva se parece más a la piara de cerdos, aquella que mete el hocico por todas partes, que no hay sitio que no enlode.
Porque la gente tiene boca habla. Y las características anatómicas del género humano nos dotan de boca a todos. Así que hay que hablar, de sumar nuestro granito de extravío a la inmensa masa que producen los otres de búsqueda que nos llevan a tener una idea frágil y tambaleante del presente, de aquello que llamamos realidad.



