domingo, abril 26, 2026

Al pie de la Bahía del Ángel

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Esos días tan bellos y amables de nuestro arribo a la Bahía del Ángel se quedaron guardados en la memoria selecta de un pasado provechoso. Finales de los sesenta, ya lo he contado, pero lo volvería a contar cuantas veces fuera, llegamos con mi madre a visitar a mi padre que construía una barda para el Doctor Oropeza, marcando el linde entre el Panteón de Puerto Ángel y su incipiente negocio que ya se llamaba La Cabaña.

Nosotros, acostumbrados a la dehesa, al sembradío, llegábamos a un sitio de embrujo, desde donde eran visibles las embarcaciones SENA pintadas de verde, y en ellas los pescadores que izaban sus grampines para hacerse a la mar. Hermosa visión, dulce descubrimiento, en un sitio solo, en donde teníamos por vecinos a esos seres silenciosos que reposan sus sueños para la eternidad, y a enormes cangrejos playeros conocidos como saramullos. Estábamos ahí haciéndole compañía a mi padre, la famosa Playa del Panteón era un sitio solitario por el cual corría un arroyo de aguas limpias en el medio de un bosque caducifolio, que para entonces daba la impresión de no serlo, sino de constituir una selva de bastimento y presencia perenne.

Para esos tiempos creímos estar solo de paso, en tanto mi padre terminaba su cometido de construir la dichosa barda que, hasta hoy día, sigue en pie. El representante de esos años le ofreció toda la ladera sur del área por una cooperación de trescientos pesos, pero mi padre argumentó que, una vez terminada la barda, nos regresábamos a la zona de cafetales, en donde también no contábamos con posesión alguna, pero nuestro ombligo y nuestro corazón habían quedado a resguardo en una casa de piedra ubicada en Xanica. No sé si volverlo a escribir equivale a volverlo a contar de viva voz, pero aquí está el testimonio de nuestro arribo a Puerto Ángel en los años sesenta del siglo pasado, y en lo posterior a Zipolite.

A mediados de los ochenta nos establecimos en Zipolite que, para ese tiempo, era un lugar con regular arribo de turistas. El sitio contaba apenas como con diez negocios donde se ofrecía hospedaje en cabañas y hamacas y comida del lugar; a saber, huevos, cecina, frijoles, sopa de pollo y, por supuesto, todos los derivados del pescado que se sigue consumiendo con asiduidad por estos rumbos. En los años noventa despuntó la actividad turística en Zipolite con la afluencia de visitantes extranjeros, en su mayoría europeos, que se hospedaron en los primeros hoteles construidos por inversionistas locales y el servicio de comida se empezó a diversificar con el surgimiento de cafés, creperías y pizzerías, también establecidas y administradas por locales y nacionales.

Hasta ahí con los recuerdos y las emociones gratas. Por el sur de mi ventana se filtra el sol, y escucho el canto de una tórtola, así como el chasquido que hacen los zanates cuando buscan comida. En lo que nos resta de tiempo en esta vida, seguiremos cantando y contando, que al fin ese parece ser nuestro sino en la afluencia de propósitos e ideas que nos predisponen como seres humanos. Dejo lo dicho aquí, por escrito y firmado, sin otra intención más que la de acercarles mi saludo y mi deseo de tiempos favorables y provechosos.

Fernando Amaya

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